ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) CAPÍTULO 14. LA CAMPAÑA RESPIRA #2
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CAPÍTULO 14. LA CAMPAÑA RESPIRA #2

—El segundo párrafo sigue oliendo a incienso corporativo —dijo Vega.

Teresa suspiró.

—Yo he dicho «tono excesivamente celebratorio».

—Lo mío ahorra tiempo.

Claudia no la miró, pero eliminó una frase del documento.

Vega notó el gesto. La obediencia silenciosa de Claudia a una crítica bien hecha seguía siendo una forma peligrosísima de intimidad.

—¿Algo más? —preguntó Claudia.

La pregunta fue general. El tono, neutro. La mirada, por fin, se levantó hacia ella.

Vega sintió el impacto con una falta de profesionalidad alarmante.

—Sí —dijo—. Quitaría «hemos escuchado». Pondría «estamos escuchando». El pasado suena a trámite cerrado.

Claudia asintió una sola vez.

—De acuerdo.

Dos palabras. Secas. Correctas.

Pero no frías.

Nerea, que no era idiota por vocación ni por descanso, cambió de tema con la habilidad de quien aparta una cerilla de una cortina.

—Entonces vamos con esa versión. Mañana, Círculo de Bellas Artes. Puntualidad obscena, por favor.

—¿Obscena en sentido agencia o en sentido humano? —preguntó Paula desde la puerta, recién llegada.

—En sentido Claudia —dijo Vega.

La sala se quedó medio segundo en silencio.

Claudia arqueó apenas una ceja.

—Eso significa diez minutos antes.

—Quince —corrigió Nerea.

—Veinte si hay prensa —añadió Teresa.

Paula señaló a todas con un dedo.

—Sois una secta con calendarios.

Y por primera vez en días, Claudia casi sonrió.

Casi.

Vega lo vio. Eso fue lo malo. Eso fue lo bueno.

Al día siguiente, el Círculo de Bellas Artes recibió la campaña con esa solemnidad madrileña que convierte cualquier evento cultural en una mezcla de museo, cóctel, examen oral y juicio sumarísimo.

Había cámaras en la entrada, periodistas con acreditaciones colgadas al cuello, invitadas que sabían mirar sin parecer que miraban y gente de Altamar+ moviéndose con la elegancia nerviosa de quien teme que una frase mal puesta le vacíe la cotización moral.

Claudia llegó antes que casi todos.

Por supuesto.

Desde el vestíbulo, observó cómo el equipo distribuía materiales, comprobaba sonido, revisaba nombres y ajustaba la colocación de las sillas.

La agencia funcionaba. Esa era una de las cosas que más orgullo le daban y que menos podía permitirse sentir en público.

Paula resolvía un problema con los créditos impresos.

Nerea hablaba con una representante de Altamar+ con una sonrisa que no prometía nada bueno para la otra persona.

Teresa revisaba la zona reservada para prensa.

Todo tenía la tensión limpia de lo bien preparado.

Y entonces llegó Vega.

No hizo nada especial. Ese fue el inconveniente.

Entró con una americana verde oscuro, el pelo suelto y el cuaderno rojo contra el costado, hablando con una de las asesoras como si el edificio no estuviera lleno de cámaras, ejecutivos y trampas de reputación.

No caminaba como alguien que pretendiera conquistar una sala.

Caminaba como alguien que necesitaba que la sala dejara espacio a otras personas.

La diferencia, Claudia empezaba a entenderlo, era enorme.

Vega levantó la vista y la encontró.

La distancia entre ambas era profesionalmente adecuada. Emocionalmente ridícula.

Claudia inclinó la cabeza, apenas. Un saludo. Una señal neutra. Una estupidez.

Vega respondió igual.

Después siguió hablando con la asesora.

Bien.

Claudia notó una incomodidad absurda, casi adolescente. La aplastó debajo de una revisión mental del orden de intervención.

Rodrigo apareció diez minutos antes de empezar, lo que en él equivalía a entrar tarde moralmente. Llevaba traje claro, sonrisa de relación institucional y la seguridad restaurada de quien cree que un problema empieza a resolverse cuando vuelve a haber fotógrafos.

—Claudia —dijo, acercándose—. Parece que hemos conseguido reconducir el clima.

Claudia lo miró.

—Hemos conseguido que algunas personas acepten evaluar medidas concretas.

—Siempre tan precisa.

—Es una enfermedad útil.

Rodrigo sonrió sin entender del todo si debía ofenderse.

—Hoy necesitamos proyectar confianza.

—Hoy necesitamos no mentir.

La sonrisa de Rodrigo perdió medio grado.

—No son conceptos incompatibles.

—No, si se ordenan bien.

Antes de que él pudiera responder, Nerea apareció con una carpeta.

—Rodrigo, necesitamos validar la ubicación de vuestra intervención. Será breve.

—Por supuesto.

Nerea se lo llevó con la delicadeza con que se retira un objeto inflamable de una cocina. Claudia respiró una vez. No mucho. Lo justo.

El acto empezó con puntualidad indecente. La moderadora explicó el nuevo marco de trabajo: retirada de materiales, revisión de créditos, compensaciones, diálogo con asesoras, apertura de un proceso verificable. No sonó perfecto. Sonó mejor: sonó inacabado.

Claudia escuchaba desde un lateral, fuera del foco principal.

Esa ubicación era deliberada. No quería que la agencia pareciera protagonista del arrepentimiento de nadie.

Vega estaba al otro lado de la sala, cerca de las participantes, pendiente de cada gesto, de cada incomodidad, de cada frase que pudiera deslizarse hacia el autobombo.

En varias ocasiones, Claudia la vio corregir en voz baja a alguien, pasar una nota, tocar apenas el brazo de una asesora antes de que interviniera.

Cuidado sin apropiación.

Vega sabía hacerlo.

Claudia, no siempre.

La conversación avanzó con una tensión extraña: había desconfianza, pero no demolición; crítica, pero no linchamiento; una posibilidad mínima de que el daño dejara de ser material promocional y empezara a convertirse en responsabilidad.

Para una campaña que había amanecido días atrás oliendo a incendio, aquello era casi aire.

Durante el turno de preguntas, una periodista de melena corta y labios rojos tomó el micrófono. Claudia la reconoció: Ángela Castaño. Cultura, reputación, industria audiovisual. Buena, rápida, peligrosa porque escuchaba las respuestas hasta el final.

—Me gustaría preguntar por la estructura de decisión —dijo Ángela—. Se ha hablado de escuchar a voces afectadas, pero menos de quién tiene poder real para impedir que vuelva a ocurrir. ¿Qué cambia dentro de la campaña y no solo en su relato?

Buena pregunta.

Rodrigo se movió medio centímetro hacia delante.

Claudia también.

Pero Vega llegó antes. No al micrófono, sino al margen de la moderadora. Le susurró algo. La moderadora asintió y cedió la palabra a una de las asesoras acreditadas.

Perfecto, pensó Claudia.

No porque evitara el riesgo. Porque lo devolvía al lugar correcto.

La asesora respondió con serenidad: explicó los mecanismos de revisión, los límites de uso de materiales y la capacidad de veto pactada sobre ciertas piezas.

No era una respuesta cómoda para Altamar+, pero sí defendible.

Más importante: no usaba a la comunidad como decorado. Le daba poder verificable.

Claudia miró a Vega.

Fue un impulso breve. Un error de menos de un segundo.

Vega también la miró.

No hubo sonrisa. No hubo gesto. Solo reconocimiento. Una corriente silenciosa cruzando una sala llena de gente entrenada para detectar corrientes silenciosas. Orgullo, deseo, alivio, dolor. Todo comprimido en una mirada demasiado exacta para ser casual y demasiado rápida para ser prueba.

Claudia apartó la vista primero.

Tarde.

Ángela Castaño había dejado de mirar a la asesora. Ahora las miraba a ellas.

La periodista no sonrió. No escribió nada de inmediato. Eso fue peor. Las buenas periodistas no siempre apuntaban el hallazgo en el momento; a veces lo guardaban con una calma carnívora.

Claudia sintió cómo el éxito de la tarde cambiaba de temperatura.

La campaña respiraba, sí.

Pero alguien acababa de notar el pulso.