CAPÍTULO 13. PROCEDIMIENTO INTERNO
Claudia llegó a la agencia antes de que la ciudad terminara de quitarse la noche de encima.
Madrid tenía a esa hora una forma extraña de sinceridad: los camiones de reparto ocupaban calles que luego fingirían elegancia, los portales olían a lejía reciente, los primeros cafés salían con una espuma demasiado optimista para cualquier lunes y Las Salesas parecía todavía sin maquillar, como si alguien hubiera retirado por un instante la capa de barniz que la convertía en barrio caro.
Claudia caminó desde el coche hasta Valcárcel el problema era lo que la gente intentaba hacer pasar por excepción.
Claudia se sentó en el lado más cercano a la pantalla. Nerea quedó frente a ella. Teresa ocupó el lateral, con la carpeta abierta y un bolígrafo de punta fina preparado para convertir cualquier emoción en acta.
Era una escena tan ridículamente propia de la agencia que Claudia sintió ganas de reír. No lo hizo. Había aprendido hacía mucho que el humor, en reuniones de cumplimiento interno, era una especie de autolesión mal vestida.
—Necesito entender el alcance —dijo Teresa—. No los detalles personales. El alcance profesional.
—Vega Serrano dejará de depender directamente de mí en el proyecto Todas las Luces —dijo Claudia—. Propongo que pase a depender de Nerea para seguimiento estratégico y de Paula para coordinación operativa diaria.
—Paula no tiene rango suficiente para supervisión final —objetó Teresa.
—No supervisión final. Coordinación diaria. La aprobación de entregables pasaría por Nerea.
Nerea no dijo nada. Solo anotó.
Teresa giró una página.
—¿Motivo documentable?
Claudia había preparado tres respuestas. Ninguna le gustaba. La verdad completa era innecesaria, imprudente y probablemente injusta para Vega. La mentira era inaceptable. La versión útil olía a pólvora.
—Prevención de conflicto de interés y preservación de independencia profesional en una fase sensible del proyecto.
Teresa levantó los ojos.
—Eso es defendible. Necesito que no parezca castigo, ascenso encubierto ni retirada de confianza.
—No lo es.
—Lo sé. Necesito que tampoco lo parezca.
Nerea intervino entonces, con la voz baja.
—Vega debe conservar visibilidad estratégica ante Altamar+ y ante el equipo. Si desaparece del eje del proyecto, Rodrigo lo leerá como debilidad.
Claudia sintió el nombre de Rodrigo como una presión desagradable en la mandíbula.
—Rodrigo no recibirá explicación interna.
—Rodrigo no necesita recibirla para explotarla —dijo Nerea—. Le basta con olerla.
Teresa hizo una marca en la hoja.
—La comunicación interna debe ser breve. Nada de justificar demasiado. Cuanto más se explica una decisión limpia, más parece sucia.
Claudia miró el reflejo de la ventana en la mesa. Fuera, la ciudad ya había recuperado su impostura diurna. Cristales, motos, tacones, un mensajero cruzando con una bolsa térmica. Vida normal. Qué descaro.
—Lo comunicaré yo.
—No —dijo Nerea.
Claudia la miró.
—Soy la directora del proyecto.
—Precisamente por eso no.
El silencio fue mínimo, pero afilado.
Teresa sostuvo el bolígrafo entre los dedos.
—Estoy de acuerdo con Nerea. La comunicación formal debe salir de dirección operativa. Si la haces tú, parece una decisión personal. Si la hago yo, parece sanción. Debe hacerla Nerea.
Claudia notó el impulso de recuperar el control con una frase helada. No llegó a pronunciarla. Ese era exactamente el músculo que tenía que dejar de usar.
—De acuerdo.
Nerea la miró con una atención casi imperceptible. Claudia no se lo agradeció. Agradecer habría sido demasiado íntimo para una sala con acta.
—También conviene que, en reuniones de equipo —añadió Teresa—, mantengáis un trato profesionalmente neutro.
Claudia dejó el café en la mesa.
—Mi trato siempre es profesional.
Nerea soltó una respiración muy breve. No llegó a risa. Teresa, menos piadosa, levantó una ceja.
—Claudia.
Ahí estaba. Su nombre dicho como advertencia. Como espejo.
Claudia apretó los dedos sobre la taza.
—Entendido.