Epílogo
—Niñas, ¡a cenar! —Papá grita desde la cocina y nos sobresaltamos del susto.
—¡Ya vamos! —respondo, nerviosa—. Corre, deprisa, guárdalo todo.
Mi corazón va rápido y sé que el de mi hermana también. No deberíamos estar haciendo eso. Nadie nos ha dado permiso.
Descubrimos aquel tesoro unas semanas antes, cuando llegué a casa después de clase y Sofía me dijo que había encontrado algo.
Pensé que sería otra de las suyas. Siempre anda vacilándome y creyéndose que es más lista que yo por ser la mayor.
Pero yo ya tengo trece años, ya soy casi una adulta y no me trago sus bromas.
Aun así, le hice caso y la seguí, pensando que sería una buena idea devolvérsela cuando intentara quedarse conmigo.
Dejó de parecérmelo en cuanto me llevó por la zona secreta del jardín, hacia la caseta prohibida.
La caseta prohibida es una casa grande de color marrón con tejado y puerta, donde mamá guarda trastos que no quiere tirar, pero que no caben en casa.
Como un trastero, pero secreto, porque está cerrado con llave y nunca nos la deja.
Hasta que Sofía encontró una copia en un cajón de su escritorio.
Yahora aquí estamos, con el corazón en un puño al escuchar la voz de papá llamándonos desde la cocina, que tiene una ventana enorme que da al jardín, mientras recogemos veloces los papeles, cuadernos y cajas entre los que tanto nos gusta perdernos.
Reviso que Sofía cierre bien y se gira guiñándome un ojo. ¿Ella no está nerviosa? ¿Por qué nunca parece estarlo?
Corremos por el jardín y subimos los tres escalones de mármol de color aterciopelado que llevan hasta la puerta de casa.
Antes de entrar, me doy la vuelta y observo el mar, que se ve desde nuestra parcela.
Se ha quedado un día perfecto para coger la tabla y pillar algunas olas.
Inspiro hondo y dejo que la tranquilidad del mar destense mis músculos.
Me siento a la mesa y como, sin decir palabra, pensando en todo lo que mi mente ha descubierto esa mañana en la caseta secreta.
—Estáis muy calladas, niñas. —Mamá nos mira y siento que nos ha pillado—. ¿Qué ocultáis?
—Nada, estamos cansadas —suelta Sofía encogiéndose de hombros con naturalidad—. Hemos estado practicando un baile nuevo. Menos mal que papá ha hecho un plato proteico.
Mi padre le guiña un ojo y mamá no aparta la mirada de mí. Odio cuando hace eso. Sabe que yo no sé mentir. Aguanto como puedo, con la rodilla de mi hermana llamándome la atención por debajo de la mesa.
—Sí —respondo al final—. Aun así, esta tarde surf, ¿verdad, papi? —consigo cambiar de tema.
—¿Toda la mañana bailando y aun así quieres surfear? Cariño, eres incansable —me responde—. Pero, bueno, depende de cómo estén las olas.
—¡Están suaves! Las he visto. Hace día de long . Si cogemos el barco y entramos hasta el pico de las gaviotas, estoy segura de que la ola se forma perfecta hoy.
Mamá le mira sin decir nada. Papá hace un gesto que no entiendo y los dos sonríen. Nunca llegaré a comprender cómo lo hacen para comunicarse sin intercambiar palabras.
—Está bien, pero no hasta más tarde de las ocho.
—¡Toma! —celebro.
Nos terminamos el postre y nos levantamos, ansiosas por seguir inspeccionando nuestro nuevo lugar favorito de la casa. Tras recoger la mesa, salimos escopetadas con la excusa de seguir practicando la nueva coreografía.
Estamos a punto de salir por la puerta, pero mamá me llama.
—¡Adhara! ¡Ven un momentito!
Me acerco a ella despacio. Mamá se agacha y me da las manos.
—Tú ya sabes que cualquier cosa que quieras compartir conmigo puedes hacerlo, ¿verdad? —me dice con ese tono dulce que tanto la caracteriza.
—Claro, mami. —La abrazo para que se quede tranquila.
Salgo despacio y acelero el paso. En cuanto estoy fuera de su campo de visión, corro por la parcela sintiendo envidia por Sofía, que ya está de nuevo escondida dentro de la caseta descubriendo cosas sin mí.
Mamá puede estar tranquila porque no estamos siendo malas. Tan solo somos dos hermanas leyendo. Ellos leen mucho. Leer no es nada malo.
Me arrodillo junto a Sofía, que me da una caja llena de cartas, y yo la dejo a un lado. Esas ya las hemos leído. Alcanza la caja de detrás, la que está llena de cuadernos. Saca el mismo en el que nos habíamos quedado y lo abre, luego retira una hoja seca del jardín que utilizamos como marcapáginas.
Nos acomodamos y ella, en voz alta, comienza a leer.
«Toda mi vida escribiendo en diarios y, por primera vez, no sé qué poner aquí…».