CAPÍTULO 11 – ZOEY
No sé cuánto tiempo paso tirada en el suelo, siento una bocanada de aire limpio de tóxicos entrar por la garganta con una fuerza brutal.
Sigo con la visión borrosa, pero cuando abro un poco más los ojos y logro enfocar, veo a un hombre de cabello blanco sobre mí, poniéndome de lado y dándome algo de calma.
—Se te ha ido de las manos, tío. Casi la matas —dice en voz alta, pero no sé a quién y tampoco le responde.
Tengo unas ganas horribles de vomitar, el mareo y las náuseas se arremolinan en la boca de mi estómago. El hombre me incorpora poco a poco y me pone una mascarilla de oxígeno. Respirar con ella hace que me escuezan menos los pulmones.
Examino el lugar, esperando encontrarme en un hospital, pero no, frente a mí tengo la sala de la que he salido y el resto de habitación es una sala grande, con la misma decoración grotesca de Halloween que destaca en el lugar.
El hombre que me ha traído de nuevo a la vida se incorpora de mi lado y yo, lo sujeto por el brazo atrayéndolo hacia mí, con las lágrimas bañándome las mejillas en silencio.
—Sácame de aquí, por favor —suplico en un murmuro doloroso que me raspa la garganta.
—Lo siento, preciosa. Esa decisión no la tomo yo si no quiero acabar con el cuello abierto.
Se zafa del agarre con suavidad.
—Cuando esto acabe, debería verla un médico. Ha tragado mucho humo y está débil.
Una voz a mi espalda gruñe y mi salvador desaparece por el pasillo.
Mi cuerpo está al límite, el sudor me pega el disfraz desgarrado a la piel y mis tobillos tiemblan.
Entonces, algo cae sobre mi regazo, mi muñeca de trapo, no sé por qué, pero la abrazo fuerte contra mi pecho, inhalando su olor, aunque el aroma a cuero me inunda las fosas nasales.
Giro despacio mi cuerpo aún sentado en el suelo y lo veo.
En la penumbra del fondo, apoyado contra la pared, está mi monstruo con su mono negro y la máscara demoníaca.
Mi corazón da un vuelco salvaje cuando se separa de la pared y empieza a acercarse despacio hacia mí.
Lo odio. Dios, cómo lo odio. Hace apenas unos minutos estaba convencida de que iba a morir por su culpa; me ha dejado sin aire, me ha llevado hasta el límite y ha observado cómo luchaba desesperadamente por mantenerme en pie.
Quiero gritarle, golpearlo, arrancarle esa maldita máscara con mis propias manos y descubrir quién coño se esconde detrás para poder odiarlo con un nombre y un rostro. Quiero matarlo por lo que acaba de hacerme.
Pero entonces llega hasta mí y su mano se posa sobre mi cintura con una fuerza que me arrastra contra su cuerpo.
El contacto me roba el aire otra vez, aunque esta vez no es por el humo.
Mi cuerpo responde antes de que mi cabeza pueda impedirlo y una humedad traicionera vuelve a instalarse entre mis piernas.
No debería sentir esto. No después de lo que acaba de hacerme.
Y, sin embargo, lo siento. Esa es la parte que más odio, porque por mucho que mi cabeza me grite que me aparte, que lo golpee, que corra, mi cuerpo sigue reaccionando a él.
Estoy agotada. Cansada de tener miedo, de huir, de intentar entender por qué este monstruo ha conseguido meterse tan dentro de mi cabeza hasta el punto de que una parte de mí lo desea más de lo que le teme.
Quizá debería seguir luchando, pero ya no tengo fuerzas para hacerlo.
Tampoco quiero seguir fingiendo que no sé lo que me provoca.
He descubierto que cuanto más intento resistirme, más deseo dejarme llevar.
Así que me rindo. Me rindo ante él, ante sus juegos perversos y ante esa parte de mí que quiere saber hasta dónde puede llegar esto, porque estoy demasiado cansada para seguir luchando contra lo que siento.
Apoyo las manos contra su pecho y lo miro a través de las rendijas de la máscara. Quiero que me toque, quiero sentir hasta dónde está dispuesto a llevarme, quiero dejar de pensar durante unos minutos y entregarme por completo al placer, pero necesito saber quién es.
Quiero ver su rostro, descubrir si todas mis sospechas son ciertas. Estoy convencida de que es Caleb; tiene que ser él. Si voy a entregarme a mi monstruo, si voy a permitirle hacer conmigo lo que quiera, será con una única condición.
—Hazlo —susurro, apretando los dedos contra su pecho—. Hazme lo que quieras.
Trago saliva sin apartar los ojos de la máscara.
—Pero quítate la máscara. Quiero saber quién eres.
Deja escapar un gruñido grave y se inclina sobre mi cuello.
Siento su respiración contra mi piel y cierro los ojos durante un instante, esperando que cumpla mi petición, esperando que finalmente se quite la máscara y me demuestre que todas mis sospechas eran ciertas.
Pero antes de que sus labios lleguen a tocarme, una voz profunda irrumpe desde la penumbra.
—¡Eeehhh!… no te adelantes, hermano.
Abro los ojos de par en par porque al principio no entiendo lo que estoy viendo.
Una segunda figura emerge lentamente de la oscuridad y siento que el aire se me atasca en los pulmones cuando distingo el mismo mono negro, la misma corpulencia y, sobre todo, la misma máscara demoníaca que tengo delante de mí.
Mi mirada salta del hombre que todavía me sujeta al recién llegado y después vuelve al primero, buscando alguna diferencia, cualquier detalle que me permita convencerme de que estoy confundida, de que el miedo me está jugando una mala pasada.
Pero no hay confusión posible, son dos, dos putos monstruos idénticos.
—¿Q-qué...? —balbuceo, arrastrándome hacia atrás hasta que mi espalda encuentra la pared, mientras mi cerebro intenta desesperadamente encontrar una explicación que no existe.
El que me sujeta, suelta mi cintura y me deja espacio, pero no aparta los ojos de mí.
Después mira a su compañero y ambos intercambian una mirada que me provoca un escalofrío mucho más profundo que cualquier cosa que haya ocurrido dentro de esta casa.
El segundo comienza a acercarse con una calma inquietante, con esa misma postura controladora que ya conozco demasiado bien, y entonces la realidad termina de caer sobre mí.
—No... no, esto no puede ser.
Me cubro el rostro con las manos y niego con la cabeza una y otra vez, intentando ordenar mis pensamientos.
Uno. Siempre había pensado que era un solo hombre que me seguía, que conocía mis movimientos, que había convertido mi vida en una sucesión de juegos enfermizos.
Un solo monstruo al que llevaba semanas intentando descubrir.
Y entonces escucho una tercera voz, grave y cargada de una sorna brutal que resuena por mi izquierda.
—¿Ibais a empezar sin mí, hijos de puta?
Levanto lentamente la cabeza y veo una tercera figura que avanza desde la oscuridad.
Durante unos segundos no puedo ni respirar.
Es igual de corpulento que los otros dos, lleva el mismo mono negro y, cuando la luz roja de algún lugar oculto de la sala alcanza su rostro, veo la misma máscara demoníaca observándome desde la penumbra.
Tres. Mi mente se niega a aceptarlo, tres hombres, tres máscaras… tres monstruos.
Todo el aire que me quedaba en los pulmones parece desaparecer de golpe y siento que el corazón empieza a golpearme las costillas con una violencia casi dolorosa.
Miro al primero, después al segundo y finalmente al tercero, incapaz de decidir dónde detener los ojos, porque cada vez que lo hago aparece otro cuerpo, otra máscara, otra presencia que demuestra que todo lo que creía saber era mentira.
No era él, nunca fue él.
—Mírala… —murmura, la misma voz que anoche me acusaba de haber dejado que Kai me besara —. Se ha disfrazado de lo que es... una muñequita rota.
Reconozco su voz, el mismo tono, la misma seguridad y crueldad.
Siento que se me llenan los ojos de lágrimas mientras vuelvo a mirar a los tres.
De repente, todos los encuentros, las voces y todas las veces que pensé que el monstruo estaba en un lugar concreto mientras yo intentaba escapar de él empiezan a mezclarse dentro de mi cabeza.
Por eso estaba en todas partes. Nunca fue uno, no había estado huyendo de un monstruo, sino de tres.
—Tienes que ser una chica muy mala, Zoey…
—añade la voz del que parece el líder dando un paso lento—.
Porque no tienes a uno solo detrás de ti.
Tienes a tres monstruos reclamando tu cuerpo.
Un temblor violento me sacude entera. Giro desesperadamente hacia la salida, decidida a escapar, pero no llego a dar ni medio paso antes de que un par de brazos me agarren por los hombros con una fuerza descomunal y me estampen de espaldas contra su pecho, aprisionándome los brazos contra el cuerpo.
—¡Ah! —grito cuando me estampa. Ahora noto algunas diferencias, el que me sujeta es más alto y ancho. ¿Como no me he dado cuenta antes?
Instintivamente, los otros dos se cierran sobre mí como una jauría hambrienta. Siento las manos del que gruñe deslizándose por mis caderas, mientras el tercero se inclina, pasándome la lengua caliente y áspera por la línea de la mandíbula y el cuello.
—¡No! ¡Soltadme! ¡Que me dejéis joder! —suplico gritando, retorciéndome en vano.
—Tranquila, muñequita… —sisea el que me lame la piel—. Si te ha gustado cómo te tocábamos de uno en uno, no imaginas lo que te espera con los tres a la vez.
—¡Quitaros la máscara! —grito, fuera de mí—. ¡Quitaos la puta máscara! ¡Tened el valor de mostrarme vuestras caras, malditos enfermos!
Un silencio pesado cae sobre la estancia.
El que me sujeta me gira bruscamente hacia él.
Sus ojos se fijan en mí a través de la rejilla y, lentamente, agarra su máscara y tira hacia arriba.
Su rostro queda al descubierto bajo la luz tenue: sus facciones duras, la mandíbula marcada y esa sonrisa arrogante.
—Como quieras, Zoey —murmura Caleb.
Lo sabía. Lo dijo, lo prometió y ahora, va a terminar de cobrarse su venganza.
A su lado, el segundo hombre se retira la máscara con lentitud, dejando ver su rostro, en un movimiento rápido se retira una lentilla oscura y deja al resplandor ese ojo verde, que ahora es más tétrico que nunca.
La diferencia de color en sus ojos me resulta extrañamente hipnóticos, a pesar de los años lo reconozco.
—Zane —digo y él me dedica una sonrisa torcida, diabólica, que me pone nerviosa.
Y finalmente, el tercero se lleva la mano a la máscara y un escalofrío me recorre el cuerpo sabiendo quien hay bajo ella antes incluso de que se la quite con un movimiento seco.
El chico al que había rechazado años atrás, el que me miraba con un deseo posesivo, sonríe con crueldad, mostrándome los dientes.
—Sorpresa, muñequita —sisea Noah.
«Algún día, tú me lo pedirás…».
El recuerdo de esta frase me golpea con fuerza. Ahora sé que fue él, antes de dejarme inconsciente me la dijo. Igual que hace años cuando intentó besarme en el instituto y lo humillé delante de todos, dándole un empujón que lo hizo caer al barro.
El impacto de la verdad me deja completamente aturdida, con los pensamientos agolpándose unos sobre otros mientras intento asimilarlo. Los tres monstruos. Las tres sombras que han regresado de mi pasado.
Los hermanos Sinclair.
Noah se inclina sobre mí, ladeando la cabeza con crueldad.
—¿Truco o trato, muñequita?
El terror que me paraliza empieza a transformarse en algo más denso, oscuro y adictivo. Permanezco erguida frente a los tres, todavía con el cuerpo temblando, pero sin apartar la mirada de ninguno.
—¿Cuál es el trato? —pregunto con voz firme.
—Durante los días que quedan hasta Halloween, serás nuestra. Vivirás con nosotros, te someterás a nuestras reglas y a cada uno de nuestros juegos. Cuando llegue Halloween, serás libre —responde Caleb.
—Suena tentador, pero no —sentencio sin dudar—, no me voy a largar con vosotros, después de todo lo que me habéis hecho. No estoy tan loca.
—Esto va a ser muy divertido, muñequita —dice Noah.
Intento dar un paso para salir corriendo, pero las piernas se me convierten en papel mojado.
Pierdo el equilibrio y colapso, cuando Noah clava una aguja en mi cuello.
Antes de tocar el suelo, sus manos me atrapan en el aire, me sostiene contra su pecho duro, firme y posesivo.
Nos quedamos mirándonos fijamente, a milímetros de distancia mientras la visión se me nubla y empiezo a distorsionar las voces.
—Si no vienes por las buenas, lo harás por las malas —me susurra al oído con una frialdad sobre actuada—. No tenías opción, muñequita. Y cuando salgamos ahí fuera, les dirás a tus amigas que todo está bien, que pronto las llamarás. Te vas a subir a la camioneta sin decir una sola palabra más.
Noah me sostiene por la cintura mientras Caleb abre la puerta principal y salimos al aire fresco de la noche.
La música continúa sonando al otro lado, mezclándose con las risas, los gritos y el murmullo de cientos de personas disfrazadas que siguen disfrutando de la fiesta como si nada hubiera ocurrido.
Nadie se detiene ni parece reparar en nosotros. Entre vampiros, brujas, monstruos y máscaras, tres hombres vestidos de negro y una chica con aspecto de muñeca de trapo no llaman demasiado la atención.
Solo algunas personas que se encuentran cerca de la entrada nos miran dos veces porque reconocen a los Sinclair.
Y cuando me ven salir rodeada por ellos, las expresiones cambian de inmediato. Algunos se quedan con la boca entreabierta; otros intercambian miradas nerviosas y cuchichean entre ellos, incapaces de entender qué estoy haciendo con los tres hermanos más temidos de Ravensdale.
Yo quiero detener mis pasos, pero lo que me han pinchado hace que mi cuerpo no responda como debería. Las piernas avanzan, aunque mi cabeza me grita que me detenga, mientras Noah mantiene su brazo firme alrededor de mi cintura y Caleb camina a nuestro lado.
Emma y Mía se abren paso a empujones, desencajadas.
—¡Zoey! —grita Emma—. ¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado?
Me giro levemente desde el brazo de Noah.
—Estoy bien —respondo con voz serena—. Han sido las salas que me han tocado, pero tranquilas, os llamaré mañana.
Las chicas se quedan petrificadas mientras subo a la camioneta, fijo la mirada en ellas, viendo posiblemente por última vez a mis amigas.
—¿Dónde coño la lleváis? —dice Mía con preocupación.
—A un sitio más tranquilo. Tranquilas, viene con nosotros porque quiere. ¿Verdad? —me dice Caleb mirándome por la ventanilla.
No consigo articular palabra, solo sonrío y asiento para que mis amigas no insistan y no se metan en ningún lío por mi culpa.
—¿ Q..Qu é me ha..has… pinchado? —las palabras salen a trompicones de mis labios dirigiéndome a Noah dentro del vehículo.
—Es solo un poco de escopolamina, cariño —responde Noah con un tono despreocupado— verás que así es todo más fácil, muñequita.