ÚLTIMA PÁGINA
La biblioteca de Longleat House permanecía en silencio. La tarde se colaba por los altos ventanales iluminando los lomos de cientos de libros antiguos.
Sebastian estaba sentado frente al escritorio, revisando unos documentos relacionados con la finca, cuando escuchó unos pasos conocidos acercarse por el pasillo.
Ni siquiera levantó la vista y sonrió antes de verla.
—¿Has terminado de conspirar con mi abuela?
La voz de Charity llegó acompañada por una pequeña risa.
—No era una conspiración.
—Claro que sí.
—Solo estamos organizando el baile de verano.
—Eso sigue siendo una conspiración.
Ella rodeó el escritorio, se apoyó sobre el borde con absoluta naturalidad.
Había algo maravilloso en aquella confianza, porque meses atrás jamás habría imaginado sentirse tan cómoda, compartiendo el mismo silencio con un hombre.
Ahora aquel silencio era su lugar favorito.
Sebastian dejó la pluma a un lado, y le tomó una mano, casi sin darse cuenta, como si necesitara comprobar de vez en cuando que ella seguía allí.
—¿Qué ocurre?
Charity lo observó unos segundos, después dejó escapar una sonrisa nostálgica.
—Hoy encontré algo.
Sacó lentamente un sobre doblado. El mismo sobre un poco amarillento por el paso de los meses.
Sebastian lo reconoció inmediatamente.
Era la carta que había dejado sobre la cama el día que huyó de Londres.
Él la tomó con cuidado, pero no necesitó abrirla porque ya conocía aquellas palabras de memoria.
Guardó silencio unos instantes, y después levantó la vista hacia ella.
—¿Por qué la has traído?
Charity acarició suavemente el borde del papel.
—Porque estuve pensando que, si aquel día no hubiera tenido el valor de marcharme, jamás te habría conocido de verdad.
—Sebastian permaneció inmóvil. Ella continuó hablando muy despacio—.
Durante mucho tiempo pensé que huir significaba tener miedo y luego creí que significaba ser libre.
Ahora sé que ninguna de las dos cosas era completamente cierta.
Tomó la carta entre ambas manos, la observó una última vez y después caminó lentamente hasta la chimenea. El fuego ardía suavemente.
Sebastian no dijo nada, simplemente la siguió con la mirada.
Charity acercó la carta a las llamas. Durante un instante dudó, pero después la dejó caer y el papel comenzó a consumirse lentamente.
Las palabras desaparecieron entre el fuego y con ellas, también desaparecía la joven que había escrito aquella despedida.
Sebastian se acercó despacio, sin hablar y rodeó su cintura con ambos brazos.
Ella apoyó la espalda contra su pecho, y los dos permanecieron contemplando el fuego hasta que no quedó nada. Solo cenizas.
Sebastian besó suavemente su sien.
—¿Te arrepientes de haber huido?
Charity sonrió y negó lentamente con la cabeza.
—Jamás. —Se giró para mirarlo y le acarició la mejilla—. Porque si no hubiera huido, nunca habría tenido la oportunidad de elegir volver.
Los ojos de Sebastian se llenaron de esa ternura tranquila que únicamente ella conocía.
Tomó su mano, depositó un beso sobre sus nudillos como el primer día que prometió no volver a decidir por ella, y dijo:
—Gracias por volver.
Ella se puso apenas de puntillas, rozó sus labios con los de él en un beso breve, sereno de dos personas que ya no necesitaban demostrarse nada.
Cuando se separaron, Charity apoyó la frente contra la suya.
—¿Sabes una cosa? Creo que el título de nuestra historia estaba equivocado.
Sebastian arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
Ella sonrió con esa travesura de la que él seguiría enamorándose toda la vida.
—No, corrijo. Solo estaba incompleto.
Él esperó.
—¿Cómo debería terminar?
Charity entrelazó sus dedos con los de él, miró por la ventana, hacia los jardines donde Timothy corría detrás de Laila y de la pequeña cabrita llamada Sebastian, mientras las carcajadas llegaban hasta la biblioteca.
Después volvió a mirarlo y respondió con la mayor certeza de toda su vida.
—Huir no es de cobardes... pero quedarse al lado de quien uno elige amar es el acto más valiente de todos.
Sebastian no encontró una respuesta, simplemente la abrazó y mientras el sol comenzaba a ocultarse sobre las colinas de Bath, ambos comprendieron que algunas historias de amor no nacen cuando dos personas se encuentran.
Nacen cuando, después de haberse perdido, deciden volver a buscarse.
Fin