Hotel Mallois (Hermanas Taylor 1) Epílogo
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Epílogo

Dos meses después

—Dios mío, qué tarde es —dice Jodie mientras transitan por el camino empedrado situado entre los dos jardines de la residencia de alto standing donde ahora está su madre.

Han ido a visitarla a primera hora y, aunque esta vez Amanda no ha reconocido a su hija, el mal trago no ha sido tan terrible porque no ha tenido que pasarlo sola, Katherine estaba con ella apretando su mano.

—Tenemos tiempo de sobra —responde Katherine para tranquilizarla.

Cruzan la enorme puerta de acceso a la calle y se encuentran con Mike, que las espera con la puerta trasera abierta. Jodie prácticamente se tira dentro ante el pasmo del chófer, que mira a su jefa con gesto desconcertado.

—¿Os persigue alguien? —pregunta, atento como un halcón, con la mano sobre la pistola.

—Los nervios, supongo —contesta Katherine riendo—, hoy abrimos el Magnolis de cara al público y piensa que llega tarde a la cocina.

Mike se relaja y se sube al coche después de que lo haga su jefa.

—Pensaba que ya lo tenías todo controlado, Jodie —dice Mike, haciendo uso de la confianza absoluta que ya tiene con ella.

—Y lo tiene —se adelanta Katherine poniéndole una mano sobre el muslo. Jodie se estremece—. Pero es una perfeccionista redomada y contra eso no podemos hacer nada.

—Y yo pensando que haberme pasado las últimas tres semanas probando platos habría servido de algo —comenta Mike mirando por el retrovisor para cambiar de carril.

Jodie sonríe y se rasca el pelo.

—Sé que todo está bien, pero no puedo evitar los nervios, lo que no comprendo es que tú estés tan tranquila cuando el hotel lleva abierto varias horas —le dice a Katherine.

—Confío en el personal que he contratado, igual que en ti. Llevas dos meses organizando al personal de cocina y elaborando los menús, Jodie, relájate.

A Jodie le encantaría tener esa seguridad que tiene Katherine, pero ella no puede permitírsela porque no solo quiere que salga bien para demostrarse a sí misma que no ha perdido esa mano diestra que siempre ha tenido en la cocina, sino que, tampoco quiere decepcionar a Katherine Taylor.

Cuando llegan al hotel Magnolis, Katherine saluda a varias personas antes de acompañar a Jodie a la cocina.

—Todo irá bien, cariño, nos vemos más tarde —dice y le da un beso en los labios.

Jodie se gira y cruza la doble puerta que da acceso a ese campo de batalla del que piensa salir victoriosa y Katherine se dirige al lobby justo a tiempo para ver entrar a su familia, incluyendo a su hermana Rachel, la mayor de las Taylor.

—Madre mía —dice Katherine, emocionada mientras se funde en un abrazo con su hermana—, pensaba que no vendrías.

—Ya que no venís vosotros, tendré que venir yo —suelta Rachel como un disparo que atraviesa a todos los presentes.

—Te prometo que Jodie y yo iremos en cuanto tengamos un respiro, con esto de la inauguración no hemos tenido tiempo para nada —le asegura Katherine con una mueca de disculpa.

—Y yo en cuanto inaugure el nuevo crucero y arregle unos asuntos, prometido —añade Caroline.

Su padre alza las manos como si la cosa no fuera con él.

—A mí no me dejáis viajar si no es acompañado de una de vosotras, así que, o me llevan tus hermanas, o vienes tú a buscarme.

—Es cierto, papá —dice Rachel y se acerca para besarle la mejilla—, a ver cuándo deja de secuestrarte la enana esta —añade señalando a Caroline—, y vengo a buscarte para que pases unas semanas conmigo y con Ashley.

—¿Dices enana porque yo no tengo arrugas? —suelta Caroline, haciendo que la expresión de su hermana mayor se tense.

—Yo no tengo arrugas, son líneas de expresión —bufa Rachel, pasándose los dedos por esa línea que atraviesa su frente desde hace tiempo—. En serio, papá, tú y mamá podrías haberos puesto un preservativo, ya veis que incluso con cierta edad, se pueden cometer errores tontos.

Katherine piensa en levantar un escudo para parar los dardos entre sus dos hermanas, pero la risa se lo impide.

Las tres hermanas se llevan muy bien, sin embargo, la diferencia de edad entre Caroline y Rachel —de casi veinte años porque Rachel ya ha cumplido los cincuenta y Caroline apenas tiene treinta y uno— es tan notoria, que en ocasiones se buscan la una a la otra como si fueran dos adolescentes.

A sus cuarenta y dos años, Katherine está en una franja más neutral y sabe sobrellevarlas a ambas.

—¿Podemos ir a comer? —pregunta Warren Taylor ofreciéndole su brazo a Katherine—, me están entrando ganas de mandarlas a su cuarto.

—Por supuesto —dice Katherine, colgándose del brazo de su padre para caminar hacia el salón privado donde comerá la familia—, y en cuanto a visitar a Rachel, Mike puede llevarte cuando quieras.

—La verdad es que todo ha quedado genial, Katherine, enhorabuena —la felicita Rachel mientras toman asiento.

—Ya lo creo —concuerda Caroline—, espero que la inauguración de mi siguiente crucero vaya la mitad de bien que esta.

—Seguro que sí —dice su padre.

—Bueno, ¿cuándo voy a conocer a Jodie? —pregunta Rachel.

—Más tarde, cuando toda la comida esté servida, ahora está al borde del infarto y no quiero sacarla de la cocina —responde Katherine.

La familia pasa la siguiente hora charlando sobre todo de esa pequeña sala de conciertos que Rachel está haciendo en su bar y que se ha retrasado por culpa de las obras.

Degustan cada plato mientras beben y, cuando ya están con las copas de la sobremesa, Katherine hace llamar a Jodie, que aparece unos minutos después con las mejillas sonrosadas por el calor de la cocina.

A Katherine el corazón le late desbocado al verla como si fuera el primer día y se pregunta en qué momento desaparecerá esa sensación que la suele dejar con cara de imbécil. Se levanta y se acerca para besarla y cogerla de la mano, para después presentarle a Rachel.

—Por fin te conozco —dice la mayor de las Taylor, envolviéndola en un abrazo afectuoso que Jodie agradece.

—Lo mismo digo —responde Jodie, que se lo devuelve y después se acerca a saludar al resto de la familia.

—Tan increíble como siempre, cuñada —suelta Caroline lanzándole una mirada entre lasciva y divertida que enfurece a Katherine.

No es porque se ponga celosa, es porque Caroline lo hace para joderla y ella es tan estúpida que entra en su provocación cada vez que su hermana y Jodie se encuentran.

—Cada vez que haces eso me entran ganas de apuñalarte —masculla mientras se sienta.

—Por mí no te cortes —la apoya Rachel en medio de una carcajada.

Caroline se sienta y se pega a su padre, aferrándose a su brazo como cuando era pequeña y sus dos hermanas respondían a sus provocaciones silenciosas, pareciendo siempre las malas, como ahora.

—¿Podemos tener la fiesta en paz? —pregunta Warren Taylor, irritado.

—Qué fuerte —dice Rachel, negando con la cabeza, todavía riendo.

—¿Sabes que yo siempre quise tener un hijo varón? —le dice Warren a Jodie—, y fíjate, tres mujeres, y todas con el mismo carácter fuerte de su madre.

Las carcajadas se escuchan desde fuera del salón privado.

—Bueno, yo he de volver a la cocina, tengo que empezar con el menú de la noche —dice Jodie, despidiéndose de toda la familia.

Cuando la chef abandona la cocina, está cansada como si hubiera arrastrado piedras durante toda la jornada, pero está muy satisfecha.

—¿Dónde está Katherine? —le pregunta a Mike cuando sale a la entrada del hotel y ve que frente al coche solo está el chófer.

Él sonríe y saca una tarjeta.

—En la última planta —dice y se la entrega sonriendo, mientras señala la parte más alta del hotel.

Jodie pone cara de circunstancias mientras la acepta, sin poder evitar que su pulso se dispare ante la incertidumbre.

Cuando las puertas del ascensor se abren en el último piso del hotel Magnolis, se dirige a la puerta de una de las seis suites que ocupan la planta.

Pasa la tarjeta por el lector y la puerta se desbloquea con un clic muy parecido al del ático de Katherine.

—¿Kate? —pregunta en cuanto entra, pero no obtiene respuesta.

Lo único que se escucha es una suave música de fondo y Jodie se guía hacia la terraza gracias a la luz de las velas que le van indicando el camino.

Allí, encuentra a Katherine de pie junto a una mesa camuflada bajo un mantel blanco y dos sillas acolchadas.

En el centro, hay un pequeño jarrón con flores y más velas, además de dos copas que Katherine está rellenando con su vino favorito.

—¿Qué es esto? —pregunta Jodie mientras se acerca, sobrecogida.

—Una cena especial para una chica guapa —responde Katherine, ofreciéndole la copa antes de besarla.

Después deja su copa y retira la silla de Jodie, invitándola a sentarse.

—¿Me tengo que preocupar? —pregunta Jodie, nerviosa y abrumada .

—¿Crees que te voy a pedir matrimonio? —se mofa Katherine con media sonrisa que derrite a Jodie.

—Pues no sé, pero la situación podría ser perfectamente la indicada, porque es la inauguración del hotel con un lleno absoluto y tú vas y desperdicias una de las habitaciones más caras para preparar esta cena conmigo.

—Cenar contigo no es ningún desperdicio, ni aquí ni en ningún sitio —aclara Katherine—, pero igual me he pasado de romántica, ¿no? —pregunta, haciendo una mueca divertida.

—Tal vez, pero me gusta —reconoce Jodie.

—Genial, porque quiero proponerte algo y me interesa que estés receptiva —dice Katherine y Jodie frunce el ceño.

—¿Tratas de condicionar mi respuesta? —pregunta tratando de aguantar la risa.

—Jamás haría eso —Katherine le guiña un ojo.

—Vale, dime ya lo que me tengas que decir porque me estoy poniendo muy nerviosa —exige Jodie.

—Está bien.

De repente, Katherine nota un sudor frío invadir sus manos por culpa de los nervios. Su temple ha desaparecido y se sorprende al darse cuenta de que algo tan común como lo que quiere proponerle a Jodie, sea tan importante y trascendental para ella.

—Bueno, ya sé que llevamos poco tiempo saliendo, Jodie, pero pasamos casi todas las noches juntas, la mayoría en mi ático y otras en tu casa, y me parece absurdo estar así —dice y de repente se queda callada, buscando las palabras para continuar.

Jodie se adelanta.

—¿Me estás proponiendo que vivamos juntas? ¿Es eso? —pregunta, a punto de escupir el corazón sobre la mesa .

Katherine la enfoca con sus ojos azules y asiente.

—Sí, justo eso, pero en mi ático, no en tu casa —siente la necesidad de aclarar.

Jodie se muerde los labios para contener la carcajada que amenaza con dominarla.

—¿Insinúas algo? —pregunta y el aire de la risa se le escapa por la nariz, contagiando a la dueña del hotel.

—Digamos que estoy hasta las narices de ducharme con agua fría —dispara Katherine y las dos dejan que el ataque de risa se apodere de ellas hasta relajarlas.

—Eso ha sido un golpe bajo —dice Jodie finalmente.

—¿Ha funcionado? —pregunta Katherine.

Jodie se levanta y se sienta sobre las piernas de su chica, rodeándole el cuello con los brazos.

—¿Me lo puedo pensar?

—Venga ya, cariño, ¿en serio? —dice Katherine y esta vez la sonrisa que se curva es la de Jodie.

—No —dice y le da un beso casto y suave en los labios—, la verdad es que no tengo que pensármelo. Quiero vivir contigo.

Las manos de Katherine resbalan por sus mejillas y el azul de sus ojos se oscurece cuando la enfoca con seriedad antes de besarla, como si el mundo estuviera a punto de acabarse y Jodie fuera lo único que necesita para seguir respirando .