SUS HISTORIAS. LA HISTORIA DE PARK MYEONG-JA
SUS HISTORIAS
LA HISTORIA DE PARK MYEONG-JA
Hubo un tiempo en el que la señorita Park Myeong-ja, una mujer de unos sesenta años que ahora estaba acostumbrada a que la llamasen «mamá de Eun-hye», fue una estudiante de bachillerato que quería ser pintora.
Sin embargo, ante la oposición de sus padres, renunció a su sueño para matricularse en una escuela de formación profesional sanitaria y, tras graduarse, se hizo enfermera.
Aun así, la señorita Park Myeong-ja nunca pensó que aquella decisión fuera injusta o triste, porque había visto a muchas compañeras de la escuela primaria ser arrastradas directamente al mercado laboral sin ni siquiera pisar la puerta de la escuela secundaria. Así era aquella época.
Cuando su padre murió de improviso, la señorita Myeong-ja, que era la primogénita, se convirtió en la encargada de mantener a la familia.
Mientras trabajaba en un hospital, tuvo una cita a ciegas con vistas al matrimonio con el nieto de uno de sus pacientes.
Accedió solo por la insistencia del anciano, que repetía: «No me queda mucho tiempo de vida, solo por esta vez, escucha el deseo de este viejo que está a punto de morir».
Aquel hombre de rostro apuesto, con el que se citó en una cafetería al lado de la estación de metro, transmitía candidez.
Se presentó brevemente, diciendo que se llamaba Seo In-cheol, se había graduado en una universidad de prestigio y trabajaba en el sector de las finanzas.
Se podía decir que solo había abierto la boca para sorber el café marrón clarito con leche en polvo y azúcar que estaba sobre la mesa, pero, por extraño que pareciese, a la señorita Myeong-ja le cayó en gracia.
Al menos, no parecía tener la personalidad de alguien capaz de insultar a su mujer o cometer actos violentos.
En aquel entonces, aquello bastaba para ser un magnífico candidato a futuro marido.
Además, la madre de la señorita Myeong-ja no tenía motivo alguno para oponerse a que se casara con un hombre de buena familia y trabajo respetable.
La señorita Myeong-ja se casó con In-cheol y, cuando se quedó embarazada, naturalmente dejó de trabajar.
El primer bebé de la señorita Park Myeong-ja fue una niña.
Sus suegros se esforzaron en esconder su decepción.
Por suerte, el abuelo de In-cheol amparó a su nieta política.
Arguyó que había un dicho sobre que las primogénitas eran las que traían el capital de la familia, y le agradeció el esfuerzo de dar a luz a un valioso bebé.
La señorita Myeong-ja no se tomó muy bien aquellas palabras, pero igualmente se las agradeció a su abuelo político, el único que estaba de su parte.
El abuelo, que había sido el encargado de elegir el nombre de su nieta —Eun-hye, que quería decir «gracia»—, estaba recibiendo los cuidados de la señorita Myeong-ja, pero dejó el mundo antes de que pasase un año desde el nacimiento de la pequeña.
El segundo bebé de la señorita Myeong-ja también fue una niña.
Sus suegros no escondieron su decepción.
El suegro, que, gracias a la herencia de su padre vivía como un holgazán, le puso a la segunda niña el nombre que le pareció adecuado, muy parecido al de la primera, y pasaba los días ganduleando fuera de la casa.
La suegra se desquitaba del estrés que le causaba su marido maltratando a la señorita Myeong-ja.
Decía que aquella rama de la familia iba a desaparecer por haber metido en ella a alguien a quien no debían, que les había traído la desgracia.
La señorita Myeong-ja le pidió ayuda a su marido, In-cheol, pero él siempre mantenía la boca cerrada.
«¡No es que este hombre sea cándido, es que todo le da igual! », se lamentaba la señorita Myeong-ja.
Cuando su hija mayor, Eun-hye, entró en la escuela primaria, la señorita Myeong-ja se dio cuenta de que In-cheol estaba teniendo una aventura. Al insinuárselo a su suegra, esta la insultó diciendo que debía tener muy poco atractivo si ni siquiera era capaz de tener a su marido bajo control.
Entonces fue a casa de su madre.
—Myeong-ja, esta es la vida de las mujeres.
Todas viven así. Ahora estás muy resentida y sientes como si te estuviesen despedazando el corazón, pero, si aguantas, tu marido se dará cuenta de que no hay nadie mejor que su propia esposa y regresará.
Al cuidar de los niños, los años pasan en un abrir y cerrar de ojos.
Tu marido no se emborracha todos los días ni apuesta ni te pega, ¿verdad?
¿Quieres romper con tus propias manos la paz doméstica? —le dijo su madre.
La señorita Myeong-ja, que lloraba desconsolada, se detuvo a pensar.
El esposo de su prima estaba siempre borracho y maltrataba a su mujer e hijos; el marido de una amiga estaba loco por el juego e incluso había robado todos los ahorros de los padres de ella; de vez en cuando escuchaba historias similares.
Las palabras de su madre acabaron teniendo efecto.
In-cheol solo tenía una breve aventura, pero en lo básico no era un mal marido.
Igual que otros esposos amancebados, al final acabaría por volver con su familia, y bastaría simplemente con mantenerse firme hasta entonces.
Eso se dijo la señorita Myeong-ja para calmarse.
Cuidó de sus suegros y crio a las niñas sin una queja.
Siempre se acostaba tarde; la noche del sábado, la única en la que tenía un poco de tiempo libre, ver Preguntas sin responder reemplazaba todas sus aficiones.
Dicen que no hay miel sin hiel. Después de una terrible adolescencia, su hija mayor, Eun-hye, había entrado en la facultad de Bellas Artes de una universidad prestigiosa, y la señorita Myeong-ja estaba tan feliz que podría volar.
Le parecía que su hija mayor había podido cumplir su viejo sueño, aquel que ella no había podido hacer realidad.
Aunque durante la adolescencia habían surgido disputas entre sus hijas, esperaba que aquellos problemas se fueran solucionando de forma natural a medida que fueran creciendo.
De todas formas, nadie estaba al tanto de aquellos pequeños roces que ocurrían dentro de la familia, y las madres de los compañeros del colegio de sus hijas solo sentían envidia de la señorita Myeong-ja.
Su marido estaba a punto de ascender a jefe de departamento en una famosa empresa de finanzas, su hija mayor había entrado en una distinguida agencia de publicidad de gran tamaño tras graduarse en una universidad de renombre, su segunda hija era tan adorable y tan afable como una vieja amiga, y ella era la mamá todoterreno que administraba aquella familia perfecta.
Aquel era el nuevo apodo de la señorita Myeong-ja.
Entonces ocurrió un suceso que hizo peligrar aquella reputación de mamá todoterreno que había construido con tanto ahínco.
Su hija mayor, que llevaba tres años en la agencia de publicidad, se derrumbó por exceso de trabajo.
Todos aquellos que la habían envidiado no tardaron en culpar a la señorita Myeong-ja.
Le preguntaron entre reproches qué había hecho para que la hija que vivía con ella hubiese llegado hasta ese punto y ponían en duda sus habilidades como madre.
Aquellas palabras acabaron teniendo efecto.
Todo le parecía culpa suya. Escuchó con atención lo que decían los demás y empezó a seguir a rajatabla sus consejos: le preparaba a su hija cualquier remedio que le recomendaran y acompañaba a sus conocidas al templo para ofrecer oraciones y ofrendas, pero al final su hija dejó el trabajo y se incorporó a una pequeña empresa de diseño.
La gente rumoreaba que la culpa la tenía su madre, por su falta de dedicación.
Su hija mayor era para la señorita Myeong-ja un dedo enfermo.
Ya desde muy pequeña había sido una niña inteligente y de fuertes convicciones, pero siempre estaba preocupada por ella, porque su personalidad testaruda e insolente hacía que chocase con los mayores.
En comparación, había sido mucho más fácil criar a su segunda hija.
Mi-hye era obediente y tenía mucha gracia, así que todos la adoraban.
¡Y hasta se había prometido con un estudiante de medicina! No se podía quejar.
Sus conocidas le decían que, incluso hoy en día, no era muy adecuado que la segunda hija se casase antes que la primera, y que en situaciones así lo mejor era que la madre allanase el camino para que la primogénita pudiese contraer un buen matrimonio.
—Oye, mamá de Eun-hye, ¿y de verdad estará bien que tu hija se case con alguien de una familia de médicos?
He escuchado que hoy en día lo normal es que se casen entre ellos.
Si por un casual le dan mucha importancia a la diferencia de posición, puede que consideren a su nuera poca cosa y le hagan la vida imposible.
¡Tienes que asegurarte de crear un buen ambiente en la primera reunión entre las dos familias!
—le dijo por aquel entonces la presidenta de la asociación de mujeres de los apartamentos, que tenía fama de condescendiente.
La señorita Myeong-ja, que pensó que lo que decía la presidenta tenía sentido, comenzó a buscar información sobre artículos de marca, un tema que no le había interesado hasta entonces; obviamente, el problema era el precio.
La mujer le habló a la angustiada señorita Myeong-ja de una tienda de alquiler de productos de lujo.
Se trataba de una empresa que alquilaba por horas productos de marcas de lujo difíciles de encontrar en tiendas comunes, pero que exclusivamente se compartían, en exclusiva, entre sus socios.
La señorita Myeong-ja le pidió insistentemente a la presidenta que le pasase información de aquella empresa.
Ella, con la barbilla bien alta, aceptó, asintiendo con la cabeza.
Un día, mientras arrastraba su cuerpo cansado de vuelta a casa tras haber participado en un servicio budista de madrugada, se detuvo delante de un poste eléctrico ante el que pasaba todos los días. Le había llamado la atención el cartel de un anuncio. Se acercó a mirarlo con detenimiento.
Vuelva a dibujar su sueño azul.
Los materiales de pintura son gratis en la primera visita.
Hoy especialmente, solo para usted.
—El atelier de la esperanza—
Recordó su sueño, que había dejado olvidado durante muchos años de su vida.
Por eso arrancó el último papel que quedaba con el número y llamó inmediatamente.
Contestó una empleada con voz juvenil. La señorita Myeong-ja le dijo que le gustaría ir de visita ese mismo día, que no tenía nada especial que hacer.
Tras aceptar la reserva alegremente, la empleada le envió al móvil un mapa con la dirección del atelier.
La señorita Myeong-ja se puso de buen humor. Sentía que iba a ocurrir algo bueno.
Cuando, después de haber cocinado unos cuantos acompañamientos, iba a cambiarse de ropa para salir de casa, le llegó una llamada de la presidenta de la asociación de mujeres.
La empresa de alquiler de artículos de lujo había abierto la posibilidad de alquilar artículos por horas a los no miembros por un tiempo limitado, y tenía que ir en ese mismo momento a la dirección que le daba.
La señorita Myeong-ja, contenta, fue a la empresa de alquiler de productos de lujo, pero pasó más tiempo allí del previsto y cuando, demasiado tarde, decidió comprobar a qué hora tenía la reserva en el atelier, no pudo encontrar el mensaje.
El papel donde estaba escrita la dirección también había desaparecido y en el registro de llamadas no aparecía el número del atelier.
Sintió como si durante unos instantes hubiera estado bajo los efectos de algún hechizo, pero no tardó en olvidar el asunto.
Aunque hubo algún que otro altibajo, la reunión con la familia del prometido de Mi-hye marchó bien.
Al conocerlos en persona, le dio la impresión de que los suegros de Mi-hye no iban a tratarla mal.
El problema que le quedaba ahora era su hija mayor, Eun-hye.
Sus conocidas le decían que, solo con que perdiese un poco de peso, su hija no tardaría en encontrar a un buen hombre con el que salir.
Ella pensaba lo mismo. Si su primogénita, que destacaba en varios campos, tenía algún fallo, era solo su corpulencia poco femenina.
Preocupada por ella, le aconsejaba que hiciese dieta y saliese con un hombre, pero cada vez que lo hacía Eun-hye temblaba de rabia.
Y encima ayer, durante la cena, le había replicado, se había enfadado con su hermana y se había ido sin más, ¡a pasar la noche fuera!
Mientras extendía los ingredientes para preparar el kimchi y mezclaba los condimentos, la señorita Myeong-ja pensaba: «¿Qué rayos está haciendo esta cría, que no contesta?
Cuando vuelva, va a ver. Voy a ponerle la espalda bonita».
Pii, pii, pii. Justo entonces escuchó cómo alguien introducía la contraseña en la cerradura inteligente.