Hora Cero (Blackthorn Security nº 8) Capítulo 18
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Capítulo 18

Jasmine recogió los restos de la cena, llenó el lavavajillas y se fue a sentar al salón. Era donde se sentía más cerca de Patrick.

Fue pasando canales hasta que se detuvo en una película romántica. Ya iba por la mitad, pero la dejó puesta de todos modos. ¿La estaría observando ahora mismo?

Su mirada recorrió la habitación. La cámara no estaría en un lugar obvio, pero habrían tenido que pasar el cable desde el exterior. Sus ojos siguieron la pared por donde subían los cables, deteniéndose allí.

Era extraño, pero habría jurado que podía sentir su mirada sobre ella. Esa mirada cálida e intensa, estudiándola, registrando cada uno de sus movimientos.

Se pasó una mano por el pelo, dejando que los mechones cayeran sueltos sobre sus hombros. La idea de tener sus ojos encima la hizo estremecerse. No de miedo, sino de algo mucho más seductor.

Se acurrucó y trató de concentrarse en la película. No funcionó. No cuando podía percibir su presencia a su alrededor.

Aquello era una locura. Estaba como rehén en casa de un terrorista y fantaseaba con el rudo y sombrío agente de seguridad privada que la espiaba a través de una cámara oculta.

Soltó un suspiro trémulo. Mañana volvería a verlo. Si todo salía según lo planeado y Amir le permitía quedarse en casa, el equipo de Patrick podría colocar el dispositivo de escucha. Entonces, con suerte, serían capaces de averiguar cuál era el objetivo y evitar que ocurriera lo impensable.

Después, ella y Ryan serían libres.

Por favor, que todo salga como está previsto.

La puerta del despacho se abrió. Se tensó al oír cómo las voces se filtraban por el pasillo. Un momento después, Amir entró en el salón.

—¿Qué estás viendo? —preguntó.

—Nada especial —dijo ella con ligereza, esperando que eso lo disuadiera.

No fue así.

En lugar de ocupar el sillón como solía hacer, se sentó a su lado en el sofá. Ella descruzó las piernas, moviéndose incómoda.

Riad asomó por el umbral de la puerta. —Me voy a la cama.

Jasmine captó la mueca de suficiencia que él le dirigió antes de desaparecer.

Se le revolvió el estómago. Aquello no era bueno. Amir tramaba algo, lo notaba. La advertencia anterior de Riad cruzó su mente.

Tus días están contados.

Forzó un bostezo mientras estiraba los brazos con pereza. —Estoy cansada. Me voy a la cama.

Se puso en pie, pero antes de que pudiera alejarse, la mano de Amir se cerró alrededor de su muñeca. —Todavía no. Quédate conmigo un rato.

El pulso le golpeaba las costillas. —Amir, me duele la cabeza. De verdad debería ir a tumbarme.

La presión en su muñeca no dejaba lugar a discusiones. —He dicho que te quedes.

Lentamente, volvió a hundirse en el sofá; sentía que la piel le hormigueaba de desagrado donde él la tocaba.

No era como cuando Patrick había posado su mano sobre su mejilla.

En aquel momento, lo único que había deseado era acurrucarse contra él, dejar que su seguridad la envolviera, aunque solo fuera por un instante, para poder olvidar la pesadilla que estaba viviendo.

Un silencio tenso se extendió entre ellos. Amir clavó sus ojos oscuros en los de ella.

—No he ocultado mis sentimientos por ti —susurró—. He sido increíblemente indulgente. Ha llegado el momento de que me lo compenses.

A ella se le detuvo el corazón.

¿Indulgente? ¿Bromeaba?

Me tienes prisionera, bastardo.

Tragó saliva, obligando a su voz a mantener la calma. —Amir, soy tu terapeuta. Estoy aquí para tratarte. No estropees eso.

Un destello de duda cruzó el rostro de él, pero desapareció con la misma rapidez. —Estoy harto de esperar. ¿Por qué no podemos ser amantes?

Se le revolvió el estómago. El sentido del bien y del mal de aquel hombre estaba totalmente distorsionado. —Porque soy tu prisionera. No funciona así.

Su expresión se ensombreció. —Harías bien en recordar quién manda aquí, Jasmine. Tú no pones las reglas, las pongo yo.

Ella exhaló despacio. Era importante mantenerlo calmado. —Lo sé. Lo único que digo es que...

—Basta —ladró él.

Ella se calló de golpe. Él extendió una mano. —Acércate a mí.

—No. —Le temblaba la voz—. Dije que te ayudaría, pero no acepté esto.

Él entrecerró los ojos. —No tienes elección. Te deseo.

Su respiración se volvió rápida y desesperada. —¿Por qué? ¿Por qué haces esto?

—Porque no nos queda mucho tiempo. —Bajó la voz—. Después de este fin de semana, me marcharé.

A ella se le hundió el estómago.

—¿Ah, sí?

Una sonrisa lenta se dibujó en la cara de él. —Sí, nuestro «acuerdo» habrá terminado. Mis asuntos en este país habrán concluido.

Se le cerró la garganta. —¿Y qué pasará conmigo?

Él no la miró a los ojos. —Podrás volver a tu vida.

Mentiroso.

—Ahora, ven aquí.

La agarró del brazo y tiró de ella para sentarla en su regazo. Ella soltó un jadeo, forcejeando, pero él era demasiado fuerte.

—¡Amir, no! Por favor, no hagas esto.

La empujó contra el respaldo del sofá, aplastándola con su peso. —Esto será mucho más fácil si simplemente te relajas.

—¡Para! Me estás haciendo daño.

Ella se revolvió y logró liberar una mano. Le arañó la cara, clavándole las uñas en la mejilla.

—¡Zorra!

La bofetada fue rápida y brutal. Jasmine vio las estrellas.

Las manos de él forcejearon con su cinturón mientras el corazón de ella tronaba contra sus costillas. No podía creer que aquello estuviera ocurriendo de verdad.

Alzó la vista y miró alrededor de la habitación. ¿La estaba mirando Patrick? ¿Estaba allí?

Amir se abalanzó sobre ella y ella gritó: —¡Ayudadme!

Sus ojos brillaban con un fulgor oscuro, excitado ante la perspectiva de tomarla, de que ella se resistiera. Era un animal. —Nadie va a venir. Riad te ignorará. Si no te portas bien, puede que deje que él sea el siguiente.

Las lágrimas le escocían en los ojos mientras sus dedos tiraban de la cintura de su pantalón.

Un estruendo sordo.

Él levantó la vista. —¿Qué ha sido eso?

Entonces, un estrépito infernal.

¡CRAC!

Amir saltó de encima de ella, subiéndose los pantalones de un tirón. —¿Qué demonios?

Jasmine apenas procesó las palabras. Jadeaba buscando aire, con todo el cuerpo temblando violentamente.

Riad apareció. —¿Qué coño ha sido eso?

Amir señaló hacia el ventanal. —Un todoterreno. ¡Alguien acaba de atravesar el puto muro del jardín!

¡Patrick!

Tenía que ser él.

La adrenalina la recorrió, obligándola a incorporarse. Tenía las piernas débiles y la mejilla le latía donde él la había golpeado.

Amir y Riad se dirigieron a la puerta principal. Un momento después, salían corriendo al jardín.

Cada instinto de su cuerpo le gritó: ¡corre!

Salió disparada. Corrió por el pasillo, atravesó la cocina y buscó a tientas la puerta trasera. El cerrojo se liberó. Salió a la noche, pero entonces tropezó, mareada y desorientada. El mundo se inclinó. Se estaba cayendo.

Unos brazos fuertes la sujetaron.

Ella jadeó. —¡Patrick!

Él apretó el agarre y su voz fue un gruñido en su oído.

—Ya te tengo.