Hora Cero (Blackthorn Security nº 8) Capítulo 17
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Capítulo 17

Pat sacó una foto de la nota adhesiva y se la envió a Anna.

Frente a él, Jasmine temblaba, con su esbelta figura rígida por la tensión.

Nunca la había visto tan vulnerable, ni tan hermosa.

Sus ojos verde jade brillaban, con una intensidad cruda.

Una señal inequívoca de estrés. Su labio inferior tembló ligeramente mientras hablaba y, por primera vez, él reparó en lo exuberante que era.

En lo carnoso y sensual. De pronto, le invadió un deseo inoportuno de saborearlo.

Maldita sea. ¿A santo de qué venía eso?

Apartó la mirada, obligándose a centrarse de nuevo en la conversación.

Concéntrate, Burke.

—¿Crees que es eso? —preguntó ella.

—Definitivamente es una posibilidad. ¿Por qué si no lo iba a subrayar tres veces?

—¿Quizá se reúna con alguien importante el sábado?

—Podría ser. —Pero sus instintos le gritaban que era entonces cuando iba a suceder.

El día.

—Faltan tres días para el sábado —dijo ella.

—Lo cual no nos deja mucho tiempo. ¿Has dicho que había otros papeles en su despacho?

—Sí, esparcidos por su escritorio, pero también estaban en árabe, y dudo que Amir dejara nada crucial a la vista.

Aun así, habría sido útil verlos.

—No creo que pueda volver a entrar —dijo ella con vacilación—. Cierra su oficina con llave. Solo estaba abierta por el ataque de ansiedad. No le había dado tiempo a asegurarla.

—¿Por qué te importa tanto Amir? —preguntó Pat.

—No me importa.

—Lo has cuidado.

—Lo trato como trataría a cualquier paciente.

—Pero él no es un paciente cualquiera. Te tiene prisionera. Ha amenazado a tu hijo. Así que, ¿por qué eres tan... considerada con él?

Ella tragó saliva con esfuerzo. —Porque si dejo de serle útil, estoy muerta.

Se mordió el labio. Otra vez. Y otra vez, la mirada de él se quedó prendida allí.

Joder. Tenía que controlarse.

—Vale —dijo él, con una voz más áspera de lo que pretendía—. Lo entiendo. Me preocupaba que pudieras estar empezando a sentir algo por él.

—En absoluto. —Parecía sinceramente horrorizada—. Es un terrorista. Mató a mi marido; directa o indirectamente, es el responsable. ¿Por qué iba a sentir algo por él?

Pat se encogió de hombros. —Se han dado casos.

—¿Hablas del síndrome de Estocolmo?

Él asintió. Por supuesto que ella lo sabría todo al respecto, siendo psicóloga.

Ella negó con la cabeza bruscamente. —Eso no es lo que está pasando aquí. Lo único que me mantiene allí es Ryan. —Su voz bajó ligeramente—. Mientras no le hagan daño a él, es lo único que me importa.

Pat se inclinó un poco hacia delante, bajando la voz. —No le pasará nada a tu hijo. Lo tenemos vigilado desde anoche. Está a salvo.

Ella exhaló temblorosamente. —Gracias, Patrick. De verdad. Ayuda saber que no estoy sola en esto. —Había algo en la forma en que pronunció su nombre que le llegó. Como si significara algo.

—Jasmine, necesitamos saber cuál es el objetivo. —Obligó a su mente a volver a la nota—. Si el sábado es el día, no tenemos mucho tiempo.

—Mantendré los oídos abiertos, pero no hablan delante de mí. O salen fuera o se encierran en el despacho de Amir.

—Es una lástima que no podamos poner un micrófono allí.

—Ya no tengo la llave —dijo ella.

Él tamborileó los dedos sobre la mesa. —No, pero podrías dejarnos entrar. Si estás allí, la alarma estará desactivada.

Ella vaciló, mordiéndose el labio inferior de nuevo.

Maldita sea. Deja de hacer eso. Lo estaba volviendo loco.

—Está bien. Diré que no me encuentro bien y me quedaré cuando salgan mañana por la mañana.

—Eso servirá. Sabremos cuándo está el camino despejado.

—¿Estaréis observando? —A él le gustó cómo se le iluminaron los ojos ante la idea.

—Siempre estoy observando.

Ella contuvo el aliento, y un ligero rubor tiñó sus mejillas.

—¿Dónde está la cámara? —preguntó.

—No puedo darte detalles.

Ella asintió levemente. —Aun así, ayuda saber que estás ahí. —Algo parpadeó en sus ojos, y él sintió un pequeño escalofrío recorrerlo. Sabía que debía irse. Debería levantarse y marcharse de allí pitando. Pero no lo hizo.

En su lugar, bajó la mirada hacia la curva de su cuello, donde palpitaba su pulso. ¿Era su imaginación o estaba respirando un poco más rápido ahora? ¿Ella también estaba sintiendo esto?

Sin saber por qué, alargó la mano y le colocó un mechón rebelde de pelo rubio detrás de la oreja. Tenía la piel cálida y suave, y pudo oler su aroma, embriagador, flotando entre los dos.

Ella abrió mucho los ojos y sus labios se entreabrieron, haciendo que a él se le encendiera la sangre. El aire entre ambos se volvió denso, cargado de algo que no podía explicar.

Sus dedos se demoraron, rozándole la mejilla. Debía detener esta locura ahora mismo. Tenía que levantarse, salir por esa puerta y fingir que nada de esto había pasado nunca... pero no se movió.

Ella tampoco.

Movió la cabeza, apoyándola en la mano de él para que le acariciara el rostro. Fue un gesto íntimo, de confianza.

Él pasó el pulgar por sus labios, necesitando saber si eran tan suaves como parecían. Lo eran.

—¿Puedo traerles algo más? —preguntó el camarero, acercándose a su mesa.

Pat retiró la mano como si se hubiera quemado.

Maldita sea.

¿A qué diablos estás jugando, Burke?

Jasmine parpadeó. —Oh. Eh, no, gracias, Tony. Estamos bien.

Patrick se puso de pie, haciendo chirriar la silla contra el suelo. —Debería irme.

—Sí, yo también.

Cuando él hizo ademán de moverse, ella le agarró el brazo. —¿Patrick⁠—?

Él se detuvo. —¿Sí?

—Gracias. Por estar ahí.

Él asintió con brusquedad y luego salió del establecimiento, llevándose consigo el fantasma de su aroma y el tacto de su piel bajo los dedos.