Hora Cero (Blackthorn Security nº 8) Capítulo 2
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Capítulo 2

—¿Qué cojones ha sido eso, Pat?

La voz de Blade era controlada, pero bajo ella se percibía algo más. Conmoción.

Ya estaban fuera, de pie en una bulliciosa calle de D.C.

, con una débil luz solar que apenas lograba mitigar el frío invernal.

Los cláxones atronaban, los neumáticos chirriaban y los peatones pasaban de largo, ajenos al drama que se estaba desarrollando.

La ciudad seguía adelante como si nada hubiera pasado.

Como si él no acabara de intentar estrangular a un hombre hasta matarlo.

Pat se liberó los brazos de las manos que aún lo sujetaban con un tirón. Su pulso todavía retumbaba en sus oídos.

—Nada. Estoy bien.

Blade no se lo tragó. Tampoco Viper, que estaba cerca, de brazos cruzados, mirándolo como si no lo hubiera visto nunca.

—Eso no ha parecido nada —insistió Blade—. Ibas a matarlo.

Pat exhaló con fuerza, pasándose una mano por el pelo. Si no estuviera tan jodidamente furioso, se sentiría avergonzado. Sus hombres nunca lo habían visto perder el control de esa manera. Ni como comandante naval, ni en todos los años al frente de Blackthorn Security. Ni una sola vez.

En los SEALs, la violencia era una herramienta. Un medio para un fin. Golpeabas rápido, golpeabas duro... y cumplías con el trabajo.

¿Pero esto? Esto había sido personal.

Se obligó a respirar. —Me ha provocado —su voz sonó bronca—. Se me ha nublado la vista.

Blade miró a Viper, quien se encogió de hombros lentamente como diciendo: Ni idea.

—Eso es quedarse corto —masculló Blade—. ¿Qué ha dicho?

—No importa. —El tono de Pat no admitía discusión—. Retomaremos la vigilancia mañana. Volvamos a la oficina.

Luego se alejó, dejándolos allí plantados, todavía tratando de procesar qué demonios acababan de presenciar.

De vuelta en el cuartel general de Blackthorn Security, Pat se encerró en su despacho.

Necesitaba un minuto.

No. Necesitaba una puta vida entera para procesar lo que acababa de oír.

Las palabras de Al-Jabiri resonaban en su cabeza.

Tu amante. La modelo brasileña. Pensé que lo sabías. Dejé una nota.

Exhaló con un siseo brusco. No podía ser verdad. La muerte de Astrid había sido un accidente. Un choque de coche. Hielo negro en una carretera invernal.

¿Verdad?

Cerró los ojos y, de repente, estaba allí de nuevo.

* * *

Hace ocho años…

Era la semana antes de Navidad, y Astrid lo había invitado a cenar. Su hija, Izzy, había vuelto de la universidad pero había salido con unos amigos.

Eran las segundas Navidades sin su difunta esposa, Val, que había perdido su batalla contra el cáncer de mama tres años antes, y las primeras sin su hijo, Joe, que estaba desplegado en el extranjero. Las fiestas ahora eran huecas, carentes de sentido sin la familia.

Astrid lo había percibido, como siempre hacía.

—¿Estás segura? —había preguntado Pat cuando ella lo invitó a ir—. Richard estará allí.

—Él no sabe lo nuestro —había dicho ella, con su voz ronca aún teñida de un rastro de Brasil. Le había cogido la mano—. Además, lo hará más llevadero.

No se equivocaba.

Llevaban teniendo una aventura más de un año. O mejor dicho, habían reavivado algo que había empezado mucho antes de que cualquiera de los dos se casara.

Era una locura.

Tras la muerte de Val, Pat nunca esperó volver a encontrar el amor. Ni siquiera estaba seguro de quererlo. Pero eso fue antes de tropezarse con Astrid.

Ella y Richard habían sido amigos de él y de Val antaño.

Habían compartido barbacoas familiares cuando los niños eran pequeños, pero habían perdido el contacto con los años.

La Marina había mantenido a Pat alejado, y Richard había estado demasiado centrado en construir su imperio minero en México y Centroamérica para notar lo que tenía justo delante.

Val siempre había sospechado que entre Pat y Astrid había algo más que una amistad. Pero, fiel a su estilo, nunca lo había confrontado al respecto, nunca había exigido respuestas. Había confiado en que, fuera lo que fuese, se había terminado, y él nunca le dio motivos para dudar de él.

Su matrimonio había sido bueno... hasta que dejó de serlo. Hasta que el cáncer les arrebató todo en una batalla lenta y cruel. Él había quedado destrozado, pero se había mostrado valiente ante Joe, que acababa de alistarse como soldado de infantería en el Cuerpo de Maestranza.

Después del funeral, Joe fue desplegado en el extranjero, dejándolo solo con su dolor. Fue entonces cuando reconectó con Astrid.

Al principio, ella fue un hombro sobre el que llorar y una amiga con la que emborracharse. No le importaba si él ahogaba sus penas y se quedaba frito en su sofá. Pero entonces... se convirtió en algo más. En algo mucho mayor.

Era impresionante. Eterna. Una antigua supermodelo de ojos azules brillantes y una mente más aguda que la de la mayoría de los hombres que conocía. Ella lo hacía sentir vivo de nuevo. Entonces, una noche, simplemente... pasó.

Él la había detenido en la cocina, sujetándola por la muñeca cuando pasó por su lado. —Estoy enamorado de ti.

Cuatro simples palabras.

Ella lo había mirado... y él supo que sentía lo mismo.

Habían hecho el amor sobre la alfombra del salón junto a la chimenea. Fue mágico. No podía creer que hubiera encontrado a alguien que le importara tanto como Val, alguien con quien quisiera pasar el resto de su vida.

Después de eso, fueron inseparables, excepto en las ocasiones en que el marido de ella regresaba. Richard no era un hombre malvado, pero era egoísta. Ponía a su empresa por delante de su familia, y durante diez meses de cada año vivía en México.

—Déjalo —le dijo Pat un día, pasándole los dedos por el cabello oscuro y sedoso—. Yo puedo cuidar de ti y de Izzy.

Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, pero asintió. —Sí. Creo que es el momento. Se lo diré cuando Izzy haya vuelto a la facultad.

Nunca tuvo la oportunidad.

Aquella fría noche de diciembre, Richard se dio cuenta de todo.

Pat había esperado enfado. Un puñetazo. Qué demonios, una puta trifulca. Pero nada podría haberlo preparado para lo que vino después.

—¿Cuánto tiempo lleva esto ocurriendo? —había exigido saber Richard.

—Más de un año —admitió Astrid—. Nos queremos. Iba a decírtelo después de Navidad... No quería arruinar las fiestas.

—¿Te refieres a cuando yo estuviera de vuelta en México sano y salvo?

—No. Cuando Izzy estuviera de vuelta en la universidad. Lo siento, Richard, pero ¿qué esperabas? Nunca estás aquí. Nos dejaste solos. Me sentía sola.

—Y Pat andaba convenientemente cerca, ¿verdad?

En ese momento, Pat entró en la cocina. —Mira, amigo. Si dejas que te lo explique.

Richard se volvió hacia él. —No soy tu amigo, y quiero que te largues de mi casa.

Pat se mantuvo firme. —No es culpa suya. No es culpa de nadie. No lo planeamos así. Simplemente ocurrió.

—¿Y pretendes que me crea eso?

—Es verdad —terció Astrid, empezando a llorar—. Estaba enamorada de Pat mucho antes de conocerte. Intenté darle una oportunidad a nuestro matrimonio, de verdad, pero nos abandonaste. De alguna manera, Pat y yo encontramos el camino de vuelta el uno al otro.

Pat fue a ponerse a su lado. —Es cierto. Nos conocíamos desde hace mucho tiempo.

Richard miró a su mujer, y luego a Pat. Pasó un largo momento. —Por eso tiene los ojos oscuros, ¿no?

Astrid se quedó helada, como si se hubiera convertido en piedra.

Pat frunció el ceño. —¿Qué?

Richard cerró los puños. —Me dijiste que era una mutación genética, pero no lo es. ¿Verdad?

Astrid susurró: —Richard... no.

Él señaló a Pat. —Ella es suya, ¿a que sí?

Silencio.

El corazón de Pat le latía con fuerza en los oídos. —Astrid, ¿de qué cojones está hablando?

La voz de ella se quebró. —Lo siento muchísimo, Pat. Quise decírtelo mil veces, pero... Izzy es tuya. Estaba embarazada cuando conocí a Richard.

Pat retrocedió tambaleándose como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

Joder.

—Deberías habérmelo dicho —raspó.

Su voz era cruda. —¿Para qué? ¿Qué diferencia habría habido? Para cuando me enteré, ya había conocido a Richard. Solo habría servido para complicarlo todo.

Richard golpeó la encimera con el puño, haciendo que Astrid se sobresaltara. —Me has mentido todo este tiempo. He criado a la hija de otro hombre, le he pagado los estudios.

—¡Eh! Hizo lo que creyó que era mejor por Izzy —intervino Pat, disgustado por la repentina muestra de agresividad de Richard.

—Lárgate —le espetó Richard—. Lárgate de mi casa. Ahora.

Pat miró a Astrid. —¿Estás bien?

Su voz era un susurro. —Estoy bien. Es mejor que te vayas. Te llamaré luego.

Pat vaciló. Richard parecía a punto de explotar. —¿Estás segura?

—Segura. Necesito hablar de esto con Richard.

Pat asintió y salió de la cocina. Se subió a su coche y condujo la corta distancia hasta su casa con el corazón a mil.

Tenía una hija. Una hija adulta.

Izzy.

Dos horas más tarde, recibió una llamada de la policía; Astrid había tenido un accidente de tráfico y había fallecido en el acto.

Por segunda vez en su vida adulta, su mundo se vino abajo.