Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Lunes, 29 de octubre de 2012. 1615 h
82%

Lunes, 29 de octubre de 2012. 1615 h

Llevamos diez minutos aparcados frente a la casa cuando mi padre se para en la entrada. Anda que no hay minutos en el día y hemos tenido que elegir los mismos que él. En cuanto detiene el coche frente al garaje, Holder agarra la llave de contacto.

Apoyo la mano sobre la suya para impedir que arranque.

—Espera un poco —le pido—. Necesito saber cómo es.

Holder suspira y golpea el reposacabezas con fuerza al echarse hacia atrás, consciente de que deberíamos marcharnos, pero también de que no pienso permitirlo.

Dejo de mirarlo a él y me vuelvo hacia el coche de policía que acaba de detenerse al otro lado de la calle.

Cuando se abre la portezuela, baja un hombre vestido de uniforme.

Aunque nos da la espalda, veo que está hablando por teléfono.

Sumido en la conversación, se para en el jardín y no entra.

Lo contemplo sin notar ningún tipo de reacción.

No siento nada hasta que se da la vuelta y le veo la cara.

—Dios mío —susurro. Cuando Holder se gira rápido hacia mí, niego con la cabeza—. No pasa nada. Es que... me resulta familiar. Hasta ahora no tenía una imagen mental de él, pero, si me hubiera cruzado con él por la calle, lo habría reconocido.

Permanecemos observándolo en silencio. Holder sujeta el volante con tanta fuerza que los nudillos se le han vuelto blancos. Cuando bajo la vista hacia mis manos, veo que estoy sujetando el cinturón de seguridad de la misma manera.

Al fin mi padre se aparta el móvil de la oreja, se lo guarda en el bolsillo y echa a andar en nuestra dirección.

Holder se dispone a arrancar a toda prisa mientras yo contengo el aliento y rezo pidiendo que no nos haya visto.

Cuando nos damos cuenta de que se dirige hacia el buzón, nos relajamos al mismo tiempo.

—¿Has tenido bastante? —me pregunta Holder con la mandíbula apretada—. Porque, si me quedo aquí un segundo más, voy a bajar del coche y le voy a romper la cara.

—Casi —respondo, porque no quiero que haga una tontería, pero tampoco que nos vayamos todavía.

Mientras observo a mi padre recoger el correo y dirigirse de vuelta hacia la casa, me asalta una idea alarmante.

¿Y si se ha vuelto a casar?

¿Y si ha tenido más hijos?

¿Y si le está haciendo lo mismo a alguien más?

Las palmas me empiezan a sudar, por lo que suelto el cinturón de seguridad y me las seco en los vaqueros.

El temblor de las manos ha empeorado; de repente, no logro quitarme de la cabeza que no puedo permitir que siga con esto.

He de impedir que se escape antes de averiguar si sigue haciéndoles lo mismo a otras niñas.

O niños. Necesito saberlo por mí misma y por todos los pequeños con los que mi padre entra en contacto.

Tengo que asegurarme de que no actúa como el monstruo que vive en mis pesadillas con nadie más.

Y, para eso, tengo que enfrentarme a él, lograr que hable.

Porque también necesito saber por qué hizo lo que hizo.

Cuando mi padre se mete en la casa y cierra la puerta, Holder suelta el aire, aliviado.

—¿Podemos marcharnos ya? —Se vuelve hacia mí.

Sé que, si sospechara lo que estoy a punto de hacer, me haría un placaje aquí mismo para evitarlo. Por eso, para pillarlo por sorpresa, le dirijo una sonrisa forzada.

—Sí, ya podemos irnos.

Mientras él gira la muñeca para poner el coche en marcha, me suelto el cinturón, abro la puerta y echo a correr.

Cruzo la calle, el jardín, y llego al porche, donde Holder me alcanza.

No era consciente de que me estaba persiguiendo, porque se mueve en completo silencio.

Me atrapa entre sus brazos y baja los escalones cargándome.

Cruza el jardín conmigo a cuestas mientras yo pataleo y trato de liberarme.

—¿Qué demonios estás haciendo? —me recrimina sin soltarme, y sigue avanzando hacia el coche como si mis patadas no le afectaran.

—¡Suéltame, Holder, o gritaré! Te lo advierto. ¡Voy a gritar!

Mi amenaza surte efecto al fin. Me suelta y, una vez en el suelo, me da la vuelta y me sacude por los hombros mientras me dirige una mirada de profunda decepción.

—No lo hagas, Sky. No tienes por qué hablar con él, no después de lo que te hizo. Creo que necesitas más tiempo para procesarlo todo.

Estoy segura de que puede ver en mis ojos el dolor que nace de lo más hondo de mi corazón.

—Tengo que saber si les está haciendo lo mismo a otros niños. Si tiene más hijos. No puedo ignorarlo sabiendo de lo que es capaz. Tengo que mirarlo a la cara y preguntárselo. Necesito asegurarme de que ya no es el mismo hombre antes de que nos vayamos.

Él niega con la cabeza.

—No lo hagas. Aún no. Lo investigaremos por internet o por teléfono. Por favor, Sky.

Me suelta los hombros para sujetarme por los brazos y tira de mí hacia el coche. Yo titubeo porque sigo sintiendo la necesidad de encararme con él. Nada de lo que descubra en la red me dará la información que puedo conseguir con solo mirarlo a los ojos o escucharlo.

—¿Algún problema por aquí?

Ambos nos volvemos al mismo tiempo hacia la voz. Mi padre se encuentra al pie de los escalones del porche y observa fijamente a Holder, que sigue sujetándome con fuerza.

—Señorita, ¿la está agrediendo este hombre?

El sonido de su voz hace que se me doblen las rodillas. Holder nota que estoy perdiendo las fuerzas, por lo que me sostiene pegada a su pecho.

—Vámonos —susurra mientras me rodea con un brazo y se dirige conmigo hacia el coche.

—¡No se mueva!

Yo me quedo inmóvil, pero Holder me empuja con más fuerza para alejarme de ahí a toda prisa.

—¡Dese la vuelta!

La voz de mi padre se ha vuelto más autoritaria. Holder hace como yo y se detiene, consciente de las consecuencias que puede acarrear no hacer caso a la autoridad.

—Disimula —me dice al oído—. Tal vez no te reconozca.

Asiento e inspiro hondo. Nos volvemos a la vez hacia mi padre, que se está acercando a nosotros con la mano en la funda de la pistola.

Agacho la cabeza aterrada porque he visto en su mirada que me ha reconocido.

Se detiene a un par de metros de distancia; Holder me sujeta con más fuerza, pero yo no levanto la vista del suelo, demasiado asustada hasta para respirar.

—¿Princesa?