Trece años atrás
—¿Tu papá dará una fiesta por tu cumpleaños? —me pregunta Lesslie.
Le digo que no con la cabeza.
—Nunca celebro mi cumpleaños.
Con el ceño fruncido, Lesslie se sienta en mi cama y coge la caja sin envolver que hay en mi almohada.
—¿Es tu regalo de cumpleaños?
Yo se la quito de las manos y vuelvo a dejarla donde estaba.
—No, mi papi me trae regalos todo el rato.
—¿No vas a abrirlo?
Vuelvo a negar con la cabeza.
—No, no lo quiero.
Ella cruza las manos sobre el regazo y suspira mientras mira a su alrededor.
—Tienes muchos juguetes. ¿Por qué no venimos nunca a jugar aquí? Siempre vamos a mi casa, que es un rollo.
Me siento en el suelo y me pongo los zapatos. No le digo que odio mi habitación, mi casa. Que siempre vamos a la suya porque me siento más segura allí. Agarro los cordones y me arrimo a ella.
—¿Me ayudas a atármelos?
Ella me coge el pie y se lo pone en la rodilla.
—Hope, tienes que aprender a hacerlo tú. A los cinco años, Dean y yo ya nos los sabíamos atar. —Se baja de la cama y se sienta en el suelo frente a mí—. Mira cómo lo hago. ¿Ves este cordón? Aguántalo así.
Me coloca los cordones en las manos y me enseña cómo enrollar uno alrededor del otro y tirar hasta que queden como se supone que deben quedar.
Me ayuda a hacerlo dos veces y luego me dice que pruebe yo sola.
Trato de recordar lo que me ha dicho. Mientras tanto, ella se levanta y se dirige a la cómoda.
—¿Esta era tu mamá? —Me muestra una foto.
Yo levanto la vista un momento antes de volver a centrarme en el nudo.
—Sí.
—La echas de menos.
Asiento en silencio mientras me peleo con los cordones y trato de no pensar en lo mucho, muchísimo, que la añoro.
—¡Hope! ¡Lo has conseguido! —celebra Lesslie, que vuelve a sentarse frente a mí y me abraza—. Lo has hecho sola. Ahora ya sabes atarte los zapatos.
Bajo la vista hacia mis pies y sonrío.