Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Domingo, 28 de octubre de 2012. 1715 h
71%

Domingo, 28 de octubre de 2012. 1715 h

Nos saltamos el desayuno y la comida porque estábamos durmiendo.

Cuando Holder entra en la habitación ya por la tarde, agradezco ver que trae provisiones porque me muero de hambre.

Hace más de veinticuatro horas que no como nada.

Acerca dos sillas al escritorio y saca la comida y las bebidas de las bolsas.

Me ha traído lo que le pedí ayer después de la exposición de arte, pero que no llegamos a comprar.

Le quito la tapa al batido de chocolate y le doy un buen trago antes de desenvolver la hamburguesa.

Al retirar el envoltorio, se cae una notita que va a parar a la mesa. La recojo y leo:

Aunque ya no tengas móvil y tu vida se haya vuelto una especie de culebrón, sigo sin querer que te explote el ego, así que debo decirte que ibas muy normalita con la camiseta y las bragas anoche. Espero que te compres un pijama entero, con pies, para no tener que ver otra vez tus patas de alambre.

Cuando le busco la mirada, veo que me está sonriendo. Sus hoyuelos son tan adorables que no puedo resistir la tentación de inclinarme hacia él y lamerle uno.

—¿A qué ha venido eso? —me pregunta entre risas.

Le doy un bocado a la hamburguesa y me encojo de hombros.

—Llevaba deseando hacerlo desde la primera vez que te vi en el súper.

Se echa hacia atrás en la silla con una sonrisa de suficiencia.

—¿Quisiste chuparme la cara la primera vez que me viste? ¿Lo haces con todos los tíos que te parecen atractivos?

Niego con la cabeza.

—No, la cara no. Solo el hoyuelo. Y no, tú eres el único que me ha despertado las ganas de darle un lametón.

Él me sonríe satisfecho.

—Me alegro, porque tú eres la única chica que me ha despertado las ganas de amarla.

Joder.

No me ha dicho que me quiere con todas las letras, pero, solo con oír la palabra «amar» saliendo de sus labios, se me ha hinchado el corazón en el pecho. Doy otro mordisco a la hamburguesa para disimular la sonrisa y dejo su frase colgando en el aire. Quiero tenerla cerca un rato más.

Nos acabamos la comida vorazmente y en silencio. Tras recoger la mesa, me dirijo a la cama para ponerme las zapatillas.

—¿Adónde vas? —inquiere Holder mientras me observa atarme los cordones.

No le respondo al momento porque no estoy segura. Solo sé que quiero salir de la habitación. Cuando termino de atármelos, me dirijo hacia él y lo abrazo.

—Quiero ir a dar una vuelta... y que me acompañes. Estoy lista para empezar el interrogatorio.

Él me besa en la frente antes de alargar el brazo y coger la llave del cuarto.

—Pues vámonos. —Me busca la mano y la entrelaza con la suya.

El hotel no queda cerca de ningún parque ni camino peatonal, por lo que optamos por quedarnos en el patio.

Hay varios bungalós alrededor de la piscina, todos vacíos.

Nos sentamos en las tumbonas, frente a una de las cabañas, y apoyo la cabeza en su hombro mientras contemplo la piscina.

Estamos en octubre, pero todavía no ha llegado el frío.

Me meto los brazos por dentro de las mangas de la camiseta, me abrazo y me acurruco junto a él.

—¿Quieres que te cuente lo que recuerdo o tienes preguntas específicas?

—Las dos cosas —respondo—, pero cuéntame tu historia primero.

Me ha abrazado por los hombros y me acaricia el brazo mientras me da besos en la sien. No importa cuántos me dé, siempre los siento como si fuera la primera vez.

—Tienes que entender que esto me resulta muy surrealista. Llevo trece años pensando en lo que pasó. No he podido olvidarlo ni un solo día y me cuesta asimilar que llevo siete de esos años viviendo a tres kilómetros de tu casa. Y ahora, al fin, estás a mi lado y puedo hablarte de aquello.

Suspira y apoya la cabeza en la tumbona. Tras una breve pausa, sigue hablando.

—Cuando el coche se marchó, entré en casa y le dije a Les que te habías ido con alguien.

Ella me preguntó varias veces con quién, pero no lo sabía.

Mi madre estaba en la cocina. Fui a buscarla y se lo conté, pero ella ni me escuchó.

Estaba preparando la cena y nosotros éramos unos niños pesados a los que había aprendido a no escuchar como si fueran ruido de fondo.

Además, tampoco tenía claro que hubiera pasado algo malo, por lo que le hablé sin miedo y a ella no se le encendió ninguna alarma.

Me dijo que saliera a jugar con Les y, al verla tan tranquila, dejé de preocuparme.

Tenía seis años y estaba seguro de que los adultos lo sabían todo.

Les y yo estuvimos fuera un par de horas hasta que tu padre salió de tu casa llamándote.

En cuanto lo oí, me quedé helado. Al verlo buscarte, me di cuenta de que él no sabía que te habías ido con alguien y supe que había hecho algo mal.

—Holder —lo interrumpo—, eras un niño.

Él ignora mi comentario y sigue hablando.

—Tu padre se dirigió a nuestro patio y me preguntó si sabía dónde estabas.

Se detiene y se aclara la garganta. Aguardo con paciencia a que continúe, pero parece que necesita tiempo para poner los recuerdos en orden. Al oírlo relatar lo que pasó aquel día, tengo la sensación de que me está contando un cuento. No siento que me esté hablando de nada ligado a mi vida ni a mí.

—Sky, hay algo que debes entender. Él me daba mucho miedo.

Tenía seis años y sabía que había hecho algo terrible al dejarte sola.

De repente, tu padre, que es comisario de policía, se me plantó delante y, cuando vi la pistola que le asomaba por el uniforme, entré en pánico.

Corrí a mi habitación y me encerré. Mi madre y él se pasaron media hora aporreando la puerta, pero yo tenía demasiado miedo de admitir que sabía lo que había pasado.

Mi reacción los preocupó tanto que tu padre llamó pidiendo refuerzos.

Al ver llegar los coches de policía, pensé que venían a detenerme.

Yo seguía sin entender qué te había ocurrido.

Cuando mi madre logró convencerme para que abriera la puerta, habían pasado ya tres horas desde que te subiste al coche.

Holder sigue acariciándome el hombro, pero noto que sus dedos están tensos y saco los brazos por las mangas para darle la mano.

—Me llevaron a comisaría, donde me estuvieron interrogando durante horas.

Querían saber si me acordaba de la matrícula del coche, qué modelo era, cómo era la persona que conducía, qué te dijo...

Pero yo no sabía nada, ni siquiera me acordaba del color del vehículo.

Solo pude decirles lo que llevabas puesto porque tú eras lo único que recordaba.

Tu padre estaba furioso conmigo. Lo oí gritar en el vestíbulo de la comisaría.

Decía que, si hubiera avisado en el momento en el que sucedió, te habrían podido encontrar.

Me culpó de lo sucedido y, cuando un oficial de policía te responsabiliza de haber perdido a su hija, tiendes a creer que sabe de lo que habla.

Les también lo escuchó y pensó que todo había sido culpa mía.

Se pasó días sin hablarme. Ninguno de los dos entendía lo que había ocurrido.

Llevábamos seis años viviendo en un mundo ideal donde los mayores siempre tenían razón y a las personas buenas nunca les pasaban cosas malas, pero, en menos de un minuto, desapareciste, y el mundo perfecto que nuestros padres nos habían hecho creer que existía se desmoronó.

En ese momento nos dimos cuenta de que los adultos son capaces de hacer cosas horribles, de que los niños desaparecen, de que pueden llevarse a tu mejor amiga y te quedas sin saber ni siquiera si sigue con vida.

»Nos pasábamos los días pegados a la tele por si decían algo en las noticias.

Durante semanas mostraron tu fotografía por si alguien podía aportar alguna pista, pero la más reciente era una que te sacó tu madre poco antes de morir, cuando tenías tres años.

Recuerdo que me enfadé mucho porque no entendía cómo era posible que nadie te hubiera sacado una foto en dos años.

Mostraban imágenes de tu casa y llegó a salir la nuestra también.

De vez en cuando mencionaban al niño que presenció los hechos, pero que no se acordaba de ningún detalle.

Recuerdo que una noche..., la última que mi madre nos dejó ver las noticias...

, abrieron el plano para que se vieran las dos casas a la vez mientras el reportero se ponía creativo y se refería a mí como “el niño que perdió a Hope y le robó la esperanza a su padre”.

Mi madre salió de casa hecha una furia, y les gritó a los periodistas que nos dejaran en paz, que me dejaran en paz.

Mi padre tuvo que volver a meterla en casa a rastras.

»Mis padres hicieron todo lo posible para que nuestra vida volviera a la normalidad.

Tras un par de meses de montar guardia en la puerta, los reporteros se marcharon y se acabaron también las continuas visitas a comisaría para más interrogatorios.

Poco a poco el barrio recuperó la rutina.

Todos volvieron a sus vidas... excepto Les y yo.

Fue como si, además de a nuestra amiga, nos hubieran arrebatado la esperanza.

Sus palabras y, sobre todo, la desolación con la que las pronuncia me hacen sentir muy culpable.

Cualquiera pensaría que un hecho tan traumático me habría afectado más a mí que a cualquier otra persona de mi entorno, y, sin embargo, yo apenas lo recuerdo.

Para mí fue un día más, pero para Lesslie y Holder resultó una tragedia.

Karen era una mujer tan serena y agradable y me llenó la cabeza con tantas mentiras sobre una casa de acogida y el proceso de adopción que ni se me pasó por la cabeza que todo aquello no fuera verdad.

Tal como ha dicho Holder hace un rato, cuando eres tan pequeño, te crees todo lo que cuentan los mayores y no te cuestionas nada.

—Me he pasado años odiando a mi padre por haberme entregado a Servicios Sociales —le confieso en voz baja—. No me puedo creer que Karen me robara sin más y me apartara de él. ¿Cómo pudo hacer algo así? ¿Cómo puede alguien hacer algo así?

—No lo sé, cielo.

Me enderezo en la tumbona y le busco la mirada.

—Necesito volver a la casa. Tengo que verla; tal vez así me vengan más recuerdos. Ahora mismo no me acuerdo de nada, ni de él ni de la casa, y me duele. Solo quiero pasar por delante y echarle un vistazo.

Holder me acaricia el brazo y asiente con la cabeza.

—¿Ahora?

—Sí, antes de que se haga de noche.

Permanezco en silencio durante todo el trayecto.

Tengo la garganta seca y el estómago encogido.

Estoy asustada. Me da miedo volver a la casa y que él esté allí.

¿Y si lo veo? Todavía no quiero hablar con él.

Solo ver el lugar que fue mi primer hogar.

Ignoro si me ayudará a recordar; solo sé que es algo que debo hacer.

Cuando afloja la velocidad y se detiene, paseo la vista por la hilera de casas sin detenerme en ninguna. Tengo miedo de seguir la dirección de la mirada de Holder.

—Ya hemos llegado —me indica en voz baja—. Parece que no hay nadie.

Despacio, vuelvo la cabeza hacia su ventanilla y echo un vistazo al primer sitio en el que viví.

Es tarde y la oscuridad empieza a adueñarse del cielo, pero la luz que queda me permite distinguir la casa con claridad.

Me resulta familiar, aunque no me trae recuerdos de manera inmediata.

Las paredes están pintadas de color canela con molduras en castaño oscuro, pero esos colores no me suenan en absoluto.

—Antes era blanca —comenta Holder como si pudiera leerme la mente.

Cambio de postura para encararme hacia el lugar y me esfuerzo por recordar algo. Trato de visualizarme cruzando la puerta y entrando en el salón, pero no funciona. Es como si la casa y todo lo que tiene que ver con ella se hubieran borrado de mi mente.

—¿Cómo es posible que me acuerde de tu salón y tu cocina, pero no de los míos?

Holder no me responde. Probablemente sepa que, en realidad, no espero una contestación. Apoya la mano sobre la mía y permanecemos así, contemplando en silencio las casas que cambiaron para siempre los caminos de nuestra infancia.