Sábado, 27 de octubre de 2012. 2320 h
Las imágenes son tan vívidas que no consigo entender cómo no las he recordado hasta este momento.
¿Cómo es posible que haya estado viendo su tatuaje día tras día, oyéndolo hablar de Hope o de Les, y no me haya acordado de nada?
Entonces, lo agarro del brazo y le subo la manga.
Sé que está ahí y lo que hay escrito, aunque es la primera vez que lo observo sabiendo lo que significa.
—¿Por qué te lo hiciste? —Ya me lo contó, pero ahora quiero conocer el motivo real.
Él aparta un instante la vista de la carretera para mirarme.
—Ya te lo dije. Es un recuerdo de las personas a las que he fallado en la vida.
Con los ojos cerrados, me desplomo sobre el asiento mientras niego con la cabeza.
Dice que no responde con vaguedades, pero no se me ocurre contestación más vaga que la que me da siempre que le pregunto por el tatuaje.
¿Cómo pudo haberme fallado siendo tan pequeño?
No tiene ningún sentido. No me entra en la cabeza que sintiera un arrepentimiento tan grande que terminara por marcárselo en la piel en forma de enigmático tatuaje.
No sé qué más decir o hacer para que me lleve a casa. No ha contestado a casi ninguna de mis preguntas y, cuando lo ha hecho, ha sido con esas crípticas respuestas que me dejan más confundida que antes. Y yo solo quiero irme a casa.
Se acerca al arcén y tengo la esperanza de que vaya a dar la vuelta, pero lo que hace es apagar el motor y abrir la puerta.
Al mirar por la ventanilla, veo que volvemos a estar en el aeropuerto, lo que me toca mucho las narices.
No quiero estar aquí mientras él contempla las estrellas en silencio.
O me da respuestas o ya podemos largarnos.
Abro mi portezuela y lo sigo con desgana hasta la valla con la esperanza de que, si le sigo la corriente, acabe obteniendo las contestaciones que necesito. Me ayuda a saltar y, cuando llegamos al lugar de la otra vez, nos tumbamos sobre la pista de aterrizaje.
Miro al cielo por si veo caer una estrella fugaz. No me vendría mal pedir un deseo o dos ahora mismo. Desearía poder viajar al pasado, un par de meses atrás, para no ir al súper aquel fatídico día.
—¿Estás preparada para las respuestas?
Vuelvo la cabeza hacia él.
—Solo si piensas ser sincero conmigo.
Él se pone de lado y se apoya en el brazo para mirarme.
De nuevo se queda observándome en silencio, como de costumbre.
Está más oscuro que la vez anterior y me cuesta distinguir la expresión de su cara, aunque sí noto que está triste; nunca logra disimularlo.
Se inclina sobre mí y me apoya la mano en la mejilla.
—Necesito besarte —me dice.
Estoy a punto de echarme a reír, pero tengo miedo de que me salga una risa histérica, de esas que me asustan porque me hacen temer que esté volviéndome loca. Niego con la cabeza porque no concibo que crea que voy a dejar que me bese después de haber descubierto que lleva dos meses mintiéndome.
—No —enfatizo aun así en voz alta, con convicción.
Él mantiene la cara muy cerca de la mía y no aparta la mano de mi mejilla.
Odio el efecto que tiene sobre mí. Aunque la rabia que no logro quitarme de encima se la debo a él y a sus mentiras, mi cuerpo sigue respondiendo al suyo.
En mi interior se está librando una curiosa guerra entre la parte de mí que quiere darle un puñetazo en la boca y la que preferiría comérsela.
—Necesito besarte —insiste, y sus palabras son un ruego desesperado—.
Por favor, Sky. Tengo miedo de que, después de compartir contigo lo que estoy a punto de contarte, no pueda volver a hacerlo nunca más.
—Se aproxima un poco más a mí y me acaricia la mejilla con el pulgar sin dejar de mirarme a los ojos—. Por favor.
Asiento dudosa, sin acabar de entender por qué me cuesta tanto resistirme a él.
Se inclina sobre mí hasta que nuestros labios entran en contacto y me besa.
Cierro los ojos y le doy permiso para hundirse en mi boca porque una gran parte de mí comparte su miedo.
Temo que esta sea la última vez que sienta su piel junto a la mía.
Me aterra también pensar que esta sea la última vez que vaya a sentir algo, porque él es la única persona con la que he querido compartir mis emociones.
Se recoloca hasta quedar de rodillas, con una mano en mi cara y la otra apoyada en el suelo de hormigón, junto a mi cabeza.
Levanto la mano y lo agarro por el pelo para atraerlo hacia mí.
Al notar cómo su sabor y su aliento se mezclan con los míos, por un momento, me olvido de todo.
Solo pienso en él y en mi corazón, que se hincha y se rompe al mismo tiempo.
Pensar que mis sentimientos hacia él se asientan sobre una mentira me resulta muy hiriente.
El dolor invade cada resquicio en mí: la cabeza, la barriga, el pecho, el corazón, el alma.
Antes pensaba que sus besos podían curármelo todo, pero ahora siento que me están provocando una enfermedad cardiaca terminal.
Él nota que tiro la toalla cuando no puedo contener más los sollozos. Me besa en la mejilla y luego en la oreja.
—Lo siento —se disculpa mientras me abraza—. Lo siento muchísimo. No quería que te enteraras.
Cierro los ojos y lo aparto de un empujón antes de incorporarme y respirar hondo. Me seco las lágrimas de un manotazo, me abrazo las rodillas con fuerza y hundo la cara entre ellas para no tener que mirarlo.
—Solo quiero que hables, Holder. Ya te he hecho todas las preguntas que tenía que hacerte. Necesito que me contestes para poder irme a casa. —Mi voz no puede sonar más derrotada.
Me apoya la mano en la nuca y me acaricia el pelo una y otra vez, como si le costara encontrar la manera de responder. Tras aclararse la garganta, empieza a hablar.
—Cuando te vi, en un primer momento no estaba seguro de que fueras Hope.
Estaba tan acostumbrado a verte en cualquier chica que se pareciera un poco a ti que años atrás me rendí y acepté que no iba a encontrarte nunca.
Pero, al verte en el súper y mirarte a los ojos, tuve la sensación de que sí lo eras.
Por eso, cuando me enseñaste la documentación y vi que no, me sentí ridículo y me lo tomé como una señal de que había llegado el momento de olvidarme de ti.
Deja de hablar, pero no de acariciarme. Del pelo pasa a la espalda, donde me traza círculos con el dedo. Aunque noto el arrebato de apartarle la mano, las ganas de que se quede justo donde está ganan la partida.
—Fuimos vecinos durante un año. Tú vivías con tu padre y nosotros, en la casa de al lado.
Les, tú y yo éramos muy amigos, aunque es muy difícil recordar la cara de alguien después de tanto tiempo.
Me pareció que eras Hope, pero también pensé que, si de verdad lo fueras, no tendría dudas.
Siempre había pensado que, si algún día te encontraba, estaría seguro.
»Tras verte en el súper, lo primero que hice fue buscar en internet el nombre que me habías dado, pero no había nada sobre ti, ni siquiera en Facebook.
Me pasé una hora indagando y acabé tan frustrado que salí a correr.
Cuando te vi delante de mi casa, me quedé sin aliento.
Estabas ahí, exhausta y sudorosa después de haber corrido, y...
Joder, Sky, estabas tan guapa... Seguía sin estar seguro de si eras Hope o no, pero en ese momento ni se me pasó por la cabeza.
Me daba igual quién fueras; solo quería conocerte.
»Después de haber pasado tiempo contigo durante la primera semana, no pude resistir la tentación de ir a tu casa aquel viernes.
No fui con la intención de rebuscar en tu pasado, ni siquiera con la esperanza de que pasara algo entre nosotros.
Fui porque quería que me conocieras de primera mano, que no te quedaras con lo que te habían contado de mí.
Y, tras aquella noche, lo único en lo que podía pensar era en cómo pasar más tiempo contigo.
Nunca había conocido a nadie que me afectara tanto, a quien me sintiera tan unido.
Seguía preguntándome si sería posible que fueras Hope, sobre todo después de que me contaras que eras adoptada, pero tampoco descartaba que se tratara de una coincidencia.
»Sin embargo, cuando vi la pulsera... —Deja de hablar y aparta la mano de mi espalda.
Me desliza los dedos bajo la barbilla para forzarme a mirarlo a los ojos—.
Se me rompió el corazón, Sky. Ya no quería que fueras ella.
Quería que me dijeras que te la había regalado Six, que te la habías encontrado o comprado.
Después de tantos años buscándote en cada cara, cuando al final te encontré, no pude soportarlo.
No deseaba que fueras Hope, solo que fueras... tú.
Niego con la cabeza porque sigo tan confundida como antes.
—Pero ¿por qué no me lo contaste entonces? ¿Tanto te habría costado admitir que nos conocíamos de antes? No entiendo por qué me has estado mintiendo todo este tiempo.
Él me observa en silencio, como si buscara una respuesta válida, y me aparta el pelo de la cara antes de preguntarme:
—¿Qué recuerdas de tu adopción?
Me encojo de hombros.
—No gran cosa. Sé que estuve en una casa de acogida después de que mi padre me entregara a Servicios Sociales, que Karen me adoptó y que vinimos a vivir aquí cuando yo tenía cinco años. Aparte de eso y de algún recuerdo vago, nada más.
Holder se mueve hasta que quedamos frente a frente y me apoya las manos en los hombros, como si la situación le resultara frustrante.
—Todo eso te lo ha contado Karen. Lo que quiero saber es si tú te acuerdas de algo, Sky.
Niego con la cabeza de nuevo, aunque esta vez más despacio.
—No, de nada. En los primeros recuerdos que tengo, ya aparece Karen. El único recuerdo anterior es la pulsera, porque la conservo y eso me ayuda a no perderlo del todo, pero ni siquiera me acordaba de quién me la había dado.
Holder me sostiene la cara entre las manos y me besa en la frente. Permanece así, sin apartar los labios de mi piel, como si no deseara separarse para no tener que hablar. No quiere revelar lo que sea que me oculta.
—Dilo de una vez —susurro—. Dime ya eso que desearías no tener que contarme.
Se aparta un poco de mí y apoya la frente en el lugar que ocupaba su boca.
Con los ojos cerrados, me sostiene la cara con fuerza.
Su expresión es tan triste que me entran ganas de abrazarlo, a pesar de mi enfado.
Cuando lo envuelvo entre los brazos, él me estrecha también y aprovecha el impulso para sentarme sobre su regazo.
Le rodeo la cintura con las piernas sin separar la frente de la suya en ningún momento.
Su abrazo me parece distinto esta vez, como si se estuviera aferrando a mí porque el mundo se ha salido de su eje y yo me he convertido en su núcleo.
—Dilo sin más, Holder.
Desliza las manos hacia la parte baja de mi espalda mientras abre los ojos para mirarme mientras habla.
—El día en que Les te regaló la pulsera, estabas llorando.
Me acuerdo de todos los detalles como si hubiera sido ayer.
Estabas sentada en el jardín con la espalda apoyada en la pared de la casa.
Les y yo estuvimos contigo mucho rato, pero no parabas de llorar.
Después de regalarte la pulsera, ella se metió en casa, pero yo fui incapaz de marcharme.
Me sentía mal dejándote ahí sola porque pensé que debías de estar enfadada con tu padre otra vez.
Siempre llorabas por su culpa, tanto que acabé detestándolo.
No me acuerdo de él, solo que lo odiaba a muerte por hacerte sentir tan mal.
Claro, yo tenía seis años, por lo que nunca sabía qué decirte cuando llorabas.
Creo que entonces te dije algo como «No te preocupes... ».
—«No vivirá para siempre» —termino la frase por él—. Me acuerdo de ese día, de Les dándome la pulsera y de ti diciéndome que no viviría eternamente. Esas eran las dos cosas que recordaba; lo que no sabía era que fuiste tú quien me lo dijo.
—Sí, eso fue lo que te dije. —Me sujeta el rostro antes de continuar—. Y luego hice algo de lo que me he arrepentido el resto de mi vida.
Niego con la cabeza.
—Holder, no hiciste nada. Te marchaste.
—Exacto. Me fui a mi casa aunque sabía que tendría que haberme quedado contigo sentado en la hierba.
Permanecí en mi jardín y te observé mientras seguías llorando sola cuando deberías haber estado entre mis brazos.
Me quedé ahí como un pasmarote... y vi el coche que aparcó frente a la casa.
Vi que se bajaba la ventanilla del acompañante y que alguien te llamaba por tu nombre.
Vi cómo te secabas los ojos y mirabas hacia el vehículo.
Te levantaste y, tras sacudirte el polvo de los shorts, te acercaste.
Te vi montar y supe que, fuera lo que fuese lo que estaba pasando, no debería haberme quedado quieto sin hacer nada.
Pero eso fue lo que hice en vez de estar a tu lado.
Si hubiera permanecido junto a ti, no habría pasado.
El miedo y el arrepentimiento que distingo en su voz hacen que se me desboque el corazón. No sé de dónde saco fuerzas para hablar sin que el miedo me paralice.
—¿Qué es lo que no habría pasado?
Él me besa la frente con delicadeza mientras me acaricia las mejillas con los pulgares; me mira como si tuviera miedo de romperme el corazón.
—Te secuestraron. La persona que conducía ese coche te raptó de casa de tu padre. Te apartó de él, de Les y de mí. Llevas trece años desaparecida, Hope.