Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Lunes, 3 de septiembre de 2012. 720 h #2
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Lunes, 3 de septiembre de 2012. 720 h #2

Presiona con fuerza el pulgar en el centro de mis labios y por un instante conecta su boca con la mía sin apartar el pulgar de donde está.

Sus labios desaparecen, el pulgar se esfuma también y todo sucede tan deprisa que no me doy cuenta de que Holder se ha marchado hasta que el pasillo deja de dar vueltas y recupero la fuerza en las piernas.

No sé cuánto tiempo más voy a aguantar esto. Me acuerdo del momento en el que, atacada de los nervios, le pedí que me besara de una vez en la cocina para quitárnoslo de encima. No tenía ni idea de lo que me esperaba.

—¿Cómo?

Solo eso, una palabra, pero, en cuanto dejo la bandeja frente a Breckin, sé exactamente qué conlleva.

Riendo, decido soltárselo todo antes de que Holder se presente en nuestra mesa.

Si es que se presenta. Lo de ponerle una etiqueta a nuestra relación no es el único tema que no hemos tocado.

Tampoco hemos hablado de cómo vamos a organizarnos a la hora de comer.

—Se presentó en casa el viernes y, tras unos cuantos malentendidos, llegamos a la conclusión de que habíamos malinterpretado las cosas. Luego preparamos dulces, le leí tu novela picante y se fue a su casa. El sábado volvió, me preparó la cena y luego fuimos a mi habitación y...

Dejo de hablar cuando Holder se sienta a mi lado.

—Sigue, sigue —me anima—. Me encantaría oír cómo cuentas lo que pasó después.

Hago una mueca y me vuelvo hacia Breckin.

—Luego batimos el récord de mejor primer beso de la historia sin llegar a besarnos.

Mi amigo asiente con la cabeza de manera parsimoniosa mientras me mira con escepticismo. O curiosidad.

—Impresionante.

—Ha sido un puto peñazo de fin de semana. Qué aburrimiento —le dice Holder a Breckin, que me mira como si estuviera loca cuando me oye reír.

—A Holder le encanta aburrirse —le aseguro—. Lo dice como un halago.

Breckin pasea la vista entre nosotros dos y niega con la cabeza. Se echa hacia delante en la silla y coge el tenedor.

—No hay muchas cosas que me sorprendan en la vida —comenta mientras nos señala con el cubierto—, pero vosotros sois una excepción.

Asiento entusiasmada porque no puedo estar más de acuerdo con él.

Mientras comemos, logramos mantener una conversación que podría considerarse normal y decente.

Los dos se ponen a comentar el libro que Breckin me dejó el otro día.

El hecho de que Holder esté hablando sobre una novela romántica ya sería entretenido de por sí, pero verlos discutir la trama con tanta pasión es tan adorable que da asco.

De vez en cuando me apoya la mano en la pierna, me acaricia la espalda o me da un beso en la sien.

A él estos gestos le salen de manera natural, aunque para mí cada uno de ellos es muy especial.

Trato de asimilar el cambio que ha experimentado nuestra relación de la semana pasada a esta y no puedo librarme de la sensación de que estamos demasiado bien.

Sea lo que sea lo que estamos construyendo, parece demasiado bueno, ideal, perfecto.

Me hace pensar en las novelas que he leído y me asusta porque, cuando en los libros las cosas son demasiado buenas, ideales, perfectas, es porque todavía no ha llegado el giro argumental que lo cambiará todo y...

—¿Sky? —Holder chasquea los dedos ante mi cara. Cuando lo miro, veo que me observa con cautela—. ¿Adónde has ido?

Sonrío y niego con la cabeza, porque no sé qué me ha provocado este mini ataque de pánico. Él me apoya la mano en el cuello, bajo la oreja, y me acaricia la mejilla con el pulgar.

—Tienes que dejar de evadirte de esa manera. Me asusta un poco.

—Lo siento. —Me encojo de hombros—. Me distraigo con facilidad. —Levanto la mano para apartar la suya, que sigue en mi cuello, y le doy un apretón en los dedos para tranquilizarlo—. Estoy bien, en serio.

Baja la vista hacia mi mano. Le da la vuelta, me levanta la manga y me gira la muñeca a ambos lados.

—¿De dónde has sacado esto? —me pregunta sin apartar la vista de mi brazo.

Sigo la dirección de su mirada para ver a qué se refiere y me doy cuenta de que aún llevo la pulsera que me he puesto esta mañana. Cuando me mira a los ojos, me encojo de hombros. No me apetece explicárselo. Es complicado, me hará un montón de preguntas y está a punto de acabarse la hora de comer.

—¿De dónde la has sacado? —repite en tono más exigente.

Me aprieta la muñeca con fuerza y me observa con frialdad mientras espera una explicación, pero yo aparto la mano con brusquedad porque no me gusta el cariz que está tomando la conversación.

—¿Crees que me la regaló un tío o qué?

Me sorprende su comportamiento. No me había parecido un tipo celoso, aunque su reacción es más la de alguien que no está bien de la cabeza.

Él no me responde; sigue observándome como si pensara que le debo una gran confesión que me niego a revelarle. No sé qué espera, pero, como siga así, es más fácil que acabe recibiendo una bofetada que una explicación.

Breckin se revuelve incómodo en la silla y se aclara la garganta antes de decirle:

—Holder, cálmate, tío.

Sin embargo, su expresión no cambia. En todo caso, diría que cada vez es más fría. Se echa unos centímetros hacia delante y me pregunta en tono grave:

—¿Quién te dio la jodida pulsera, Sky?

Sus palabras se transforman en un peso insoportable que me aplasta el pecho y no me deja respirar.

Las mismas señales de alarma que se encendieron en mi cabeza el día en que lo conocí se vuelven a encender, aunque esta vez en grandes luces de neón.

Sé que tengo la boca abierta, igual que los ojos, pero me alegro de que la esperanza no sea visible, porque entonces todo el mundo habría visto como la mía se desmenuzaba.

Él cierra los ojos y apoya los codos en la mesa. Se lleva las manos a la frente e inspira hondo, despacio. No sé si lo hace para tranquilizarse o para no ponerse a gritar. Se pasa la mano por el pelo y se agarra la nuca.

—¡Mierda! —suelta en un tono tan abrupto que me encojo.

De pronto se levanta y se marcha sin recoger la bandeja, que se queda en la mesa.

Lo observo mientras cruza la cafetería sin mirar atrás ni una sola vez.

Abre las puertas golpeándolas con las dos manos y desaparece.

No pestañeo ni respiro hasta que las puertas dejan de balancearse y se quedan quietas del todo.

Cuando me vuelvo hacia Breckin, soy consciente de que mi cara tiene que ser un poema.

Pestañeo y sacudo la cabeza mientras revivo mentalmente estos últimos dos minutos.

Mi amigo alarga el brazo y me aprieta la mano, pero guarda silencio.

No hay nada que decir. Los dos nos quedamos sin palabras en cuanto Holder salió por esa puerta.

En ese momento suena el timbre y el comedor se convierte en un hervidero de actividad, aunque yo no puedo moverme.

A mi alrededor todo el mundo se levanta, vacía las bandejas y recoge las mesas, mientras que el universo de la nuestra permanece inmóvil hasta que Breckin me suelta la mano y hace varios viajes para recoger las tres bandejas.

Coge mi mochila, me da la mano y me ayuda a levantarme.

Se echa la mochila al hombro y me saca de aquí.

No me acompaña a la taquilla ni a clase; me da la mano y tira de mí hasta la salida.

Una vez fuera, tampoco me suelta. Cruzamos el aparcamiento hasta un coche que me es desconocido, abre la puerta y me mete dentro de un empujón.

Tras rodearlo y sentarse en su sitio, pone en marcha el motor y se vuelve hacia mí.

—Ni siquiera voy a molestarme en darte mi opinión sobre lo que ha pasado ahí dentro. Ha sido una mierda tan grande que no entiendo por qué no estás llorando, pero sé que te duele el corazón y probablemente también el orgullo, así que que les den a las clases. Nos vamos a tomar un helado.

Pone marcha atrás y sale del aparcamiento.

No sé cómo lo ha logrado, porque estaba a punto de llenarle el coche de lágrimas y mocos, pero, tras esas últimas palabras, se me escapa una sonrisa.

—Me encanta el helado.

El helado ha ayudado, aunque no ha resuelto las cosas, porque Breckin acaba de dejarme en mi coche y aquí estoy, sentada, incapaz de moverme. Estoy triste, asustada y enfadada. Siento un montón de emociones, todas ellas justificadas por lo que acaba de suceder, pero no lloro.

No pienso hacerlo.

Cuando llego a casa, hago lo único que sé que puede ayudarme: me voy a correr. Sin embargo, cuando vuelvo y me meto en la ducha, me doy cuenta de que tampoco me ha servido de mucho.

Hago las mismas cosas que cualquier otro día entre semana.

Ayudo a Karen a preparar la cena, me siento a la mesa con ella y Jack, hago los deberes, leo un libro.

Trato de actuar como si no estuviera disgustada porque así es como me gustaría sentirme, pero, en cuanto me meto en la cama y apago la luz, mi mente empieza a divagar.

Aunque no se va demasiado lejos, porque me quedo dándole vueltas y más vueltas a una sola cosa: ¿por qué demonios no se ha disculpado?

Parte de mí anhelaba que estuviera esperándome en el aparcamiento cuando Breckin y yo volvimos de la heladería, pero no estaba.

Y, cuando llegué a casa, tenía la esperanza de encontrarlo allí, dispuesto a disculparse, a suplicar mi perdón, a ofrecerme aunque fuera una mínima explicación, pero tampoco estaba.

Me he guardado en el bolsillo el móvil —el que Karen aún no sabe que tengo— para echarle un vistazo de vez en cuando; sin embargo, el único mensaje que he recibido es de Six, y ni siquiera lo he leído.

Y ahora estoy aquí, abrazada a la almohada, sintiéndome culpable en vez de furiosa.

Debería ir a tirarle huevos a su casa, pincharle las ruedas, darle una patada en las pelotas.

Eso es lo que me gustaría estar sintiendo.

Ojalá estuviera loca de rabia porque sería mucho más satisfactorio que tener que admitir que el Holder con quien he pasado el fin de semana... no existe en realidad.