Lunes, 3 de septiembre de 2012. 720 h
No la saco demasiado a menudo, pero, por alguna razón, hoy me apetecía echarle un vistazo.
Supongo que haber hablado del pasado con Holder durante el fin de semana me ha dejado un poco nostálgica.
Sé que le dije que no se me ocurriría ir a buscar a mi padre, aunque a veces se me despierta la curiosidad.
No puedo evitar preguntarme cómo puede alguien criar a un hijo durante varios años y luego desprenderse de él como si nada.
Nunca lo entenderé, pero tal vez no sea necesario.
Por eso no dejo que el tema me quite el sueño ni le pregunto nada a Karen.
Me cuesta separar los recuerdos de los sueños y no me esfuerzo demasiado por hacerlo porque... no me hace falta.
Saco la pulsera de la caja y me la pongo en la muñeca.
No sé quién me la regaló, aunque me da bastante igual.
Estoy segura de que, durante los dos años que pasé en el centro de acogimiento familiar, hice bastantes amigos y de que algunos de ellos me regalarían cosas, pero esta pulsera es distinta porque va ligada al único recuerdo que tengo de aquella otra vida.
Me confirma que es un recuerdo real, no un sueño.
Y saber que tengo un recuerdo auténtico me sirve para corroborar que fui otra persona antes de quien soy ahora.
Fui una niña de la que no me acuerdo, que lloraba mucho y que no se parece en nada a la chica que soy.
Llegará el día en el que pueda desprenderme de la pulsera, porque será lo que necesite entonces, pero hoy me apetece ponérmela.
Holder y yo decidimos darnos un respiro ayer.
Y si uso la palabra «respiro» es porque, durante la tarde noche del sábado, pasamos un buen rato en mi cama sin respirar.
Además, Karen tenía previsto regresar en algún momento de la tarde y lo último que me apetecía era que volviera a ver a mi...
lo que sea. Todavía no hemos llegado a la parte de ponerle una etiqueta a lo nuestro.
Siento que no lo conozco lo suficiente como para llamarlo «novio», porque, además, ni siquiera nos hemos besado, pero la idea de que alguien más se acerque a sus labios me desquicia.
Así que no sé si estamos saliendo o no, pero lo que tengo claro es que quiero que lo nuestro sea algo exclusivo.
¿Puede una pareja declararse exclusiva sin haberse besado antes?
¿Van las citas y la exclusividad siempre de la mano?
Me echo a reír yo sola. ¿O debería decir «lol»?
Cuando me desperté ayer, tenía dos mensajes en el móvil.
Me estoy acostumbrando rápido a que me lleguen.
Me pongo muy contenta cuando recibo uno y empiezo a imaginarme lo adictivo que debe de ser tener correo electrónico, Facebook y todas esas cosas tecnológicas.
Uno de los mensajes era de Six, que me soltó un rollo sobre mis impecables cualidades como repostera seguido de instrucciones precisas para que la llamara por teléfono el domingo por la noche desde el fijo de su casa para ponernos al día de todo.
Y eso hice. Estuvimos una hora charlando y se quedó tan sorprendida como yo al darse cuenta de que Holder no es como pensaba.
Le pregunté por Lorenzo, aunque ella ya no sabía de quién le estaba hablando, así que me reí y lo dejé correr.
La echo de menos y odio que no esté aquí, pero está disfrutando mucho y me alegro por ella.
El segundo mensaje era de Holder. Lo único que ponía era:
Me horroriza la idea de volver a verte el lunes. No lo puedo soportar.
Antes mi momento favorito del día eran los ratos en los que salía a correr, pero su lugar lo han ocupado sus mensajes insultantes.
Y, hablando de correr y de Holder, tras pasarnos el día de ayer enviándonos mensajes, decidimos que no saldríamos a correr juntos todos los días porque podríamos acabar empachados.
Aunque lo justifiqué diciendo que no quería que las cosas se complicaran entre nosotros, lo cierto es que no me gusta correr acompañada porque sudo, huelo mal, resoplo como una locomotora y se me caen los mocos.
Me he quedado embobada ante la taquilla, alargando el momento de entrar en clase porque no me apetece nada.
Es primera hora, la única que comparto con Holder, y estoy nerviosa porque no sé cómo lo vamos a llevar.
Saco de la mochila el libro de Breckin y dos más que he traído para prestarle y dejo el resto de las cosas en la taquilla.
Entro en el aula y me dirijo a mi asiento, pero mi amigo todavía no ha llegado y Holder tampoco.
Me siento y me quedo observando la puerta.
La verdad, no sé por qué estoy tan nerviosa.
Supongo que se debe a que, cuando nos vemos en casa, estoy en mi terreno, mientras que aquí, en el instituto, todo es demasiado... público.
Cuando se abre la puerta, aparece Holder, seguido de cerca por Breckin.
Los dos se dirigen a la parte trasera del aula.
Holder me sonríe y recorre uno de los pasillos.
Sonriendo, Breckin llega por el otro con un café en cada mano.
El primero llega a mi lado y empieza a dejar la mochila al mismo tiempo que el segundo se dispone a dejar los vasos en la mesa.
Tras cruzar una mirada, ambos bajan los ojos hacia mí.
Ups, qué incómodo.
No me queda más remedio que echar mano de mi arma favorita en este tipo de casos: el sarcasmo.
—Parece que tenemos un dilema, chicos. —Les sonrío a los dos y luego clavo la vista en el café que Breckin aún sostiene en las manos—.
Veo que el mormón le ha traído a la reina su ofrenda.
Impresionante. —Me vuelvo hacia Holder y alzo una ceja—.
¿Y tú, chico sin remedio? ¿Vas a revelar tu ofrenda para que pueda decidir quién va a acompañarme hoy en el trono escolar?
Breckin me mira como si hubiera perdido la cabeza. Holder se echa a reír y levanta la mochila.
—Parece que alguien necesita recibir un mensaje que le baje un poquito el ego.
Mueve sus cosas a la silla de delante de Breckin, su asiento habitual. Mi amigo sigue de pie con un café en cada mano y expresión de no estar entendiendo nada. Tras arrebatarle uno de los vasos, le digo:
—Enhorabuena, escudero. Hoy eres tú el elegido de la reina. Puedes sentarte. Ha sido un fin de semana muy intenso.
Breckin ocupa su asiento despacio. Deja el café en su pupitre y se quita la mochila sin dejar de observarme con desconfianza. Holder está sentado de lado y no me pierde de vista. Lo señalo con la mano y digo:
—Breckin, él es Holder. No es mi novio, pero, como lo pille tratando de batir el récord de mejor primer beso con otra chica, pronto será mi no-novio, el que no respira.
Holder arquea una ceja y se le escapa una sonrisa ladeada.
—Lo mismo digo.
Sus hoyuelos me están provocando, por lo que tengo que obligarme a mirarlo a los ojos o tal vez acabaría haciendo algo que sería motivo de expulsión.
Señalo hacia Breckin.
—Holder, él es Breckin, mi nuevo favoritísimo amigo del mundo mundial.
Breckin mira a Holder, quien le sonríe y le ofrece la mano. Él se la estrecha no muy convencido y luego se vuelve hacia mí.
—¿Tu no-novio es consciente de que soy... mormón?
Lo tranquilizo asintiendo con la cabeza.
—Resulta que no tiene ningún problema con los mormones; su problema es con los capullos.
Breckin se echa a reír y se vuelve hacia Holder.
—Vale, en ese caso, bienvenido a la alianza.
El otro le dirige una sonrisa discreta sin dejar de observar el vaso.
—Pensaba que los mormones no tenían permitido tomar café.
Mi amigo se encoge de hombros.
—Decidí romper esa norma la mañana en que me desperté y descubrí que era gay.
Holder se echa a reír, Breckin sonríe y todo es paz y armonía en el mundo. O por lo menos en el universo de la primera hora de clase. Me echo hacia atrás en la silla y sonrío. Esto va a ser pan comido. Creo que me está empezando a gustar el instituto.
Holder me sigue hasta la taquilla después de clase, pero no hablamos. Mientras él arranca notitas con insultos, yo hago el cambio de libros. Hoy solo me han pegado dos pósits, lo que me entristece un poco. Se están rindiendo ya y eso que solo estamos en la segunda semana de curso.
Mientras Holder engurruña las notas y las tira al suelo, cierro el armarito con llave y me vuelvo hacia él. Ambos nos quedamos apoyados en las taquillas, frente a frente.
—Te has cortado el pelo —comento. Hasta ahora no me había fijado.
Él se pasa la mano por la cabeza y sonríe.
—Sí, había una chica que no paraba de quejarse de que estaba muy largo. Era un incordio.
—Me gusta.
Él sonríe.
—Me alegro.
Frunzo los labios y me balanceo sobre los talones.
Cuando me sonríe, me resulta adorable. Si no estuviéramos en un vestíbulo lleno de gente, lo agarraría por la camiseta y lo atraería hacia mí para demostrárselo.
Pero me contengo, aparto de mi mente las imágenes de lo que me gustaría hacerle y le devuelvo la sonrisa.
—Creo que deberíamos ir a clase.
Holder asiente lentamente.
—Sip —replica sin moverse del sitio.
Permanecemos así medio minuto hasta que se me escapa la risa.
Me aparto de la taquilla y echo a andar.
Él me agarra del brazo y tira de mí con tanta fuerza que contengo el aliento.
Sin darme tiempo a reaccionar, me encuentro con la espalda pegada a las taquillas, prisionera entre sus brazos.
Me dirige una sonrisa canalla antes de levantarme la cara.
Lleva una mano a mi mejilla, la desliza bajo la mandíbula y me inmoviliza mientras me acaricia los labios con el pulgar de un modo tan delicado que tengo que recordarme que estamos en público y que no puedo seguir mis impulsos ahora mismo.
Dejo caer mi peso en los armaritos metálicos, tratando de compensar con su solidez el apoyo que las rodillas han dejado de proporcionarme.
—Ojalá te hubiera besado el sábado —se lamenta mientras baja los ojos hacia mi boca, que sigue acariciando—. No puedo dejar de imaginarme tu sabor.