Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Miércoles, 29 de agosto de 2012. 615 h
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Miércoles, 29 de agosto de 2012. 615 h

Empecé a correr hace casi tres años. No recuerdo qué me impulsó a probarlo ni qué fue lo que me gustó tanto como para que se convirtiera en una rutina diaria.

Creo que en gran parte se debe a lo sobreprotegida que he estado toda la vida.

Me resulta muy frustrante y, aunque trato de mantener una actitud positiva al respecto, es duro ver cómo la gente de mi edad interactúa y tiene relaciones de las que yo no formo parte.

Unos años atrás no habría pasado nada por no tener acceso a internet, pero hoy en día equivale prácticamente al suicidio social.

Por suerte, me importa bien poco lo que piensen los demás.

Reconozco que tengo unas ganas tremendas de buscar a Holder en internet.

Cuando me pasaba esto alguna vez, iba a casa de Six y lo mirábamos allí.

El problema es que mi amiga se encuentra ahora mismo en un avión sobrevolando el Atlántico y no puedo contar con su ayuda, por lo que me siento en la cama y me hago preguntas.

¿La mala reputación que lo precede estará justificada?

¿Causará en las demás chicas el mismo efecto que tiene sobre mí?

¿Quiénes serán sus padres? ¿Tiene hermanos?

¿Sale con alguien? Me gustaría saber por qué parece tan empeñado en enfadarse conmigo sin conocerme.

¿Se enfadará así con todo el mundo? ¿Se mostrará siempre tan encantador cuando no está ocupado cabreándose?

Odio que pase de un extremo al otro sin detenerse nunca en un punto medio.

Estaría bien ver una faceta suya más tranquila y relajada.

¿Existirá siquiera? Me hago todas estas preguntas porque no puedo dejar de pensar en el absoluto desastre de chico que se ha colado en mi mente y al que no le da la gana largarse.

Salgo del trance y termino de atarme las zapatillas.

Me consuela la idea de que, tras la riña de ayer en el pasillo, ya no vendrá a correr conmigo.

Mejor así; hoy más que nunca necesito un poco de calma para poner en orden mi cabeza, aunque no sé si servirá de algo porque me temo que voy a pasarme el rato pensando.

En él.

Abro la ventana de mi habitación y me escabullo.

Está más oscuro de lo habitual para estas horas de la mañana.

Al levantar la vista al cielo, veo que está cubierto, a juego con mi estado de ánimo.

Me fijo en qué dirección viajan las nubes y echo un vistazo hacia la izquierda para saber si me va a dar tiempo a correr antes de que se abra sobre mi cabeza.

—¿Siempre sales por la ventana o pretendías escabullirte sin que te viera?

Me vuelvo hacia su voz. Me está esperando en la acera, vestido con pantalones cortos y zapatillas. No se ha puesto camiseta.

Joder.

—Si quisiera huir de ti, me habría quedado en la cama.

Me dirijo hacia él con paso seguro, tratando de disimular el hecho de que verlo sin camiseta me ha causado un cortocircuito.

Aunque una pequeña parte de mí lamenta que haya venido, el resto se alegra y va dando patéticos saltitos de felicidad.

Paso por su lado, me siento en la acera y me pongo a estirar.

Extiendo las piernas ante mí y me inclino hacia delante.

Me agarro las deportivas y hundo la cabeza entre las rodillas, en parte para estirar los músculos, pero también para no tener que mirarlo.

—No estaba seguro de que fueras a venir. —Se sienta en la otra acera, frente a mí.

Levanto la cara.

—¿Y por qué no iba a hacerlo? No soy yo la que ve problemas en todo. Además, ninguno de los dos es dueño de la calle —le suelto molesta, aunque no acabo de saber por qué.

Él vuelve a reaccionar de esa manera tan suya, contemplándome y reflexionando en silencio hasta que no sé qué decir.

Se está convirtiendo en una práctica tan habitual que me siento tentada de buscarle un nombre.

Es como si me mantuviera paralizada con la mirada mientras reflexiona en silencio, sin delatar ninguna emoción.

Nunca he conocido a nadie que dedique tanto tiempo a pensarse las respuestas.

Como si dejara las cosas en remojo mientras decide lo que va a decir, como si pudiera usar un número limitado de palabras y solo quisiera recurrir a las imprescindibles.

Dejo de estirar y le sostengo la mirada. No quiero ser la primera en retirarme de esta especie de pulso visual. No voy a permitir que realice sus truquitos de jedi conmigo, pese a que me gustaría practicarlos yo con él. Además de inescrutable, es de lo más impredecible y eso me ataca los nervios.

Extiende las piernas delante de mí.

—Dame las manos; yo también necesito estirar.

Ha alargado los brazos hacia mí y, por la postura de sus manos, parece que estemos a punto de cantar «Palmas palmitas».

Si alguien pasara por aquí ahora mismo, no me puedo imaginar cómo volarían los rumores.

Solo de pensarlo se me escapa la risa. Uno las manos con las suyas y dejo que tire de mí durante unos segundos.

Cuando afloja la tensión, me echo hacia atrás mientras él se inclina hacia delante, pero solo el torso.

Mantiene la cabeza alta y clava en mí esa mirada que me roba las fuerzas.

—Que conste —me dice— que ayer no era yo el que tenía un problema.

Tiro de sus brazos con fuerza, más por mala leche que por ganas de ayudarlo a estirar.

—¿Insinúas que el problema lo tenía yo?

—¿Acaso no es verdad?

—Habla más claro —le recrimino—. No me gustan las vaguedades.

Él se echa a reír, pero es una risa molesta.

—Sky, si hay algo que debes saber sobre mí es que odio las vaguedades. Te dije que siempre sería sincero contigo y, para mí, hablar de manera poco clara es lo mismo que ser deshonesto. —Tira de mis manos y se echa hacia atrás.

—Pues acabas de darme una respuesta de lo más vaga —señalo.

—Porque no me has hecho ninguna pregunta. Ya te lo dije: si quieres saber algo, pregúntamelo. Actúas como si me conocieras, a pesar de que nunca me has preguntado nada.

—No te conozco.

Él se echa a reír de nuevo y niega con la cabeza antes de soltarme las manos.

—Olvídalo. —Se pone en pie y echa a andar.

—Un momento. —Yo también me levanto y voy tras él. Si alguien tiene derecho a cabrearse aquí soy yo—. ¿Qué he dicho ahora? Es verdad que no te conozco. ¿Por qué te mosqueas otra vez?

Holder se detiene, se da la vuelta y da un par de pasos hacia mí.

—Supongo que, tras haber pasado un poco de tiempo contigo, pensé que reaccionarías de otro modo al verme en el instituto.

Te he dado un montón de oportunidades para que me preguntes lo que quieras, pero, por alguna razón, prefieres creer lo que te cuentan sobre mí, a pesar de no haberlo oído de mis labios.

Teniendo en cuenta la de cosas que se dicen de ti, pensaba que no serías de las que juzgan a los demás por lo que se rumorea sobre ellos.

¿Lo que se dice de mí? Si su intención es ganar puntos por tener algo en común conmigo, lo lleva claro.

—Ah, entonces, ¿la cosa va de esto? ¿Pensabas que el zorrón de la chica nueva encajaría bien con el capullo que va dando palizas a los gais?

Él gruñe y se pasa las manos por el pelo, frustrado.

—No vayas por ahí, Sky.

—Ah, ¿no? ¿No quieres que te llame «capullo machacagáis»? Pues venga, vamos a poner a prueba esa honestidad tuya de la que tanto presumes. ¿Es verdad o no que le pegaste una paliza tan brutal a un alumno que te pasaste un año en un centro de menores?

Él se lleva las manos a las caderas y niega con la cabeza antes de dirigirme una mirada que definiría como decepcionada.

—Cuando te he dicho que no fueras por ahí, no me refería a que no me insultaras a mí, sino a ti. —Da un paso en mi dirección—. Sí, casi lo mato a golpes, y, si pillara a ese cabrón ahora mismo, volvería a hacerlo.

Veo tanta furia en sus ojos que no me atrevo a preguntarle por qué. Tal vez su intención sea ser honesto, pero sus respuestas me aterran. Doy un paso atrás y él hace lo mismo. Ninguno de los dos habla; me pregunto cómo hemos llegado a esta situación.

—No quiero correr contigo hoy —musito.

—La verdad es que a mí tampoco me apetece demasiado.

Y, sin añadir nada más, nos damos la vuelta y echamos a andar en direcciones opuestas, él hacia su casa y yo hacia la ventana. Ni siquiera me apetece ya correr sola.

Mientras me cuelo en mi cuarto, empieza a diluviar.

Por un instante, me sabe mal por Holder, que tiene que volver hasta su casa, pero luego pienso que el karma, que es un cabrón, se está vengando de él.

Cierro la ventana y me acerco a la cama.

Tengo el corazón desbocado, como si hubiera corrido los cinco kilómetros, aunque no late rápido por el esfuerzo, sino por lo enfadada que estoy.

Solo hace dos días que lo conozco y ya se ha convertido en la persona con la que más he discutido en toda mi vida.

Aunque juntara todas las discusiones que he tenido con Six a lo largo de estos cuatro años, no llegarían ni de lejos a estas últimas cuarenta y ocho horas con Holder.

No sé ni por qué se molesta en venir hasta aquí, aunque me imagino que, después de esta mañana, no volverá más.

Cojo el sobre que hay en la mesilla de noche y lo rasgo. Saco la carta de Six, me recuesto en la almohada y la leo con la intención de escapar del caos de mi cabeza.

Sky:

Ojalá cuando al fin leas esta carta (porque sé que no la leerás enseguida) yo me haya enamorado hasta las trancas de un guapo italiano y ya no piense en ti.

Pero sé que eso no pasará y que pensaré en ti todo el rato.

Pensaré en las noches que hemos pasado juntas con los helados, las pelis y los chicos. Pero, sobre todo, pensaré en ti y en todas las razones por las que te quiero.

Por poner solo unos cuantos ejemplos:

Me encanta lo mal que llevas las despedidas, los sentimientos y las emociones en general porque a mí me pasa lo mismo.

Adoro que siempre comas el helado por el lado de la fresa y la vainilla porque sabes lo mucho que me gusta el chocolate, aunque a ti también te guste.

Me encanta que no seas tímida ni una friki introvertida, a pesar de que te han dejado socializar tan poco que hasta los amish parecen modernos a tu lado.

Pero lo que más me gusta de ti es que no me juzgas.

Te adoro porque, durante estos cuatro años, ni una sola vez has cuestionado mis decisiones (por muy equivocada que estuviera), ni los chicos con los que he salido, ni el hecho de que no crea en el compromiso.

Podría pensar que no lo has hecho porque tú eres tan zorrón como yo, pero las dos sabemos que no es verdad.

Y por eso te doy las gracias. Gracias por no tratarme con condescendencia ni actuar como si valieras más que yo (aunque las dos sabemos que es así).

Por mucho que me ría de las cosas que la peña dice sobre mí, me mata que las digan también sobre ti, y por eso te pido perdón.

Aunque no demasiado, porque sé que, si te dieran a elegir entre ser mi mejor amiga y compañera de zorrerío o ser una chica con buena reputación, te lo montarías con todos los tíos del mundo.

Porque me quieres a saco. Y yo te lo permitiría porque también te quiero una burrada.

Y otra cosa que me encanta de ti (y ya paro, porque estoy escribiendo esto a dos metros de tu cuarto y me está costando la vida no saltar por la ventana para ir a darte un abrazo) es tu indiferencia.

Me flipa que te importe una mierda lo que la gente piense de ti.

Me alucina lo centrada que estás en labrarte un futuro y que lo demás te importe tres pepinos.

Y me parece increíble que, después de convencerte para que te apuntaras al instituto, cuando te conté que me iba a Italia, sonrieras y te encogieras de hombros.

Sé que eso habría supuesto el final de muchas amistades.

Te he dejado tirada para ir a perseguir mis sueños y tú no has dejado que te afecte. Ni siquiera me has insultado.

Y me encantó (la última, te lo juro) tu reacción cuando vimos Las fuerzas de la naturaleza y, en la escena en la que Sandra Bullock se marcha, yo estaba gritando furiosa por el desenlace, pero tú te encogiste de hombros y dijiste: «Es un final realista, Six.

No puedes enfadarte por eso. A veces las cosas terminan mal.

Son los falsos finales felices los que deberían cabrearte».

Nunca olvidaré tus palabras porque tenías toda la razón del mundo. Sé que no pretendías darme una lección, pero lo hiciste. No todo me va a salir bien y no todo el mundo consigue un final feliz. La vida es real y, a veces, fea; hay que aprender a aceptar los golpes con estoicismo y seguir adelante.

En fin, en todo caso, ya vale. Solo quiero que sepas que voy a echarte mucho de menos y que a tu nuevo favoritísimo amigo del mundo mundial ese del instituto más le vale no dar por saco cuando yo vuelva dentro de seis meses.

Espero que nunca te olvides de lo increíble que eres, pero, por si acaso se te olvida, te mandaré un mensaje cada día para recordártelo. Prepárate para medio año de bombardeo constante y cansino de comentarios positivos sobre Sky.

Te quiero,

6

Doblo la carta y sonrío, pero no lloro. Sé que su intención al escribirme no ha sido esa, aunque reconozco que he estado a punto de soltar alguna lágrima. Abro el cajón de la mesita de noche y saco el móvil que me regaló antes de irse. Ya se han acumulado dos mensajes sin leer.

¿Te he dicho últimamente lo increíble que eres? Te echo de menos.

Segundo día. Más te vale contestarme. Tengo que hablarte de Lorenzo. Por lo demás, solo quiero recordarte lo asquerosamente lista que eres.

Sonriendo, me pongo a escribirle una respuesta. No me sale al primer ni al segundo intento, pero al quinto lo consigo. Aunque tengo casi dieciocho años, este es el primer mensaje de texto que escribo. Debería salir en el libro Guinness de los récords.

Creo que podría acostumbrarme a este refuerzo positivo diario.

No te olvides de recordarme lo guapa que soy y el impecable gusto musical que tengo.

Ah, y que soy la corredora más rápida del mundo.

(Te paso unas cuantas ideas para inspirarte).

Yo también te echo de menos. Y ya tardas en contármelo todo sobre ese tal Lorenzo, putón.