Martes, 28 de agosto de 2012. 755 h
Cuando entro en el aula para la primera clase del día, distingo a Breckin sentado en la última fila, en todo su esplendor rosa chillón. No entiendo cómo es que ayer no me fijé en esas deportivas fucsias ni en el chico que las llevaba antes de conocerlo en la cafetería.
—Hola, guapísimo —lo saludo mientras ocupo un asiento libre a su lado.
Le arrebato el vaso de café que lleva en la mano y le doy un sorbo. Él me lo permite porque no me conoce lo suficiente para protestar. O tal vez porque no quiere pagar las consecuencias de enfrentarse a una adicta confesa a la cafeína.
—Anoche descubrí mucho sobre ti —me dice—. Lástima que tu madre no te deje tener internet. Es el sitio ideal para enterarte de cosas sobre ti que ni tú mismo sabías.
Me echo a reír.
—No sé si quiero saberlas.
Inclino la cabeza hacia atrás para apurar el café y le devuelvo el vaso vacío. Tras echarle un vistazo, él lo deja en mi pupitre.
—Te lo voy a contar igual. Según fuentes de Facebook, el viernes te visitó un tal Daniel Wesley y la noche terminó con un susto por posible embarazo.
El sábado te lo montaste con un tal Grayson, al que luego largaste a patadas de tu cama.
Y ayer... —Tamborilea con los dedos en su barbilla—.
Ayer se te vio corriendo con un tal Dean Holder después de clase, lo que me preocupa un poco porque, según las malas lenguas, no le gustan los... mormones.
La verdad es que a veces doy gracias por no tener acceso a internet.
—Vamos por partes —me dispongo a afrontar la lista de rumores—.
No sé ni quién es ese tal Daniel Wesley.
El sábado Grayson vino a mi casa, eso es verdad, pero casi no le dio tiempo a ponerme la mano encima porque, en efecto, lo eché a patadas.
No soporto a los borrachos. Y sí, también es verdad que estuve corriendo con un tal Holder ayer, pero no lo conozco.
Coincidimos en la calle y, como no vive lejos de mi casa, me acompañó un rato.
Al momento me siento culpable por quitarle importancia a mi salida con él, pero es que aún no lo conozco lo suficiente y tengo miedo de que se interponga en la alianza que Breckin y yo firmamos hace la friolera de veinte horas.
—Por si te hace sentir mejor, también me enteré por una tal Shayna de que vengo de una familia de ricos de toda la vida; vamos, que estoy forrado.
Me echo a reír.
—Genial. Así no te importará traerme el café cada mañana.
Cuando la puerta se abre, los dos miramos hacia allí al mismo tiempo y vemos entrar a Holder con el pelo recién lavado y vestido con vaqueros oscuros y una camiseta blanca.
Entonces tengo una recaída de mi enfermedad, que aún no sé si es un virus estomacal, sofocos o una nube de mariposas despistadas.
—Mierda —murmuro.
Holder se acerca a la mesa del señor Mulligan, donde deja un impreso antes de dirigirse hacia el fondo de la clase sin apartar la vista del móvil, donde está ajustando algo, supongo que poniéndolo en silencio.
Se sienta justo delante de Breckin y no se da cuenta de que estoy aquí.
Cuando termina de quitarle el sonido al teléfono, se lo guarda en el bolsillo.
Me he quedado tan sorprendida al verlo que no se me ocurre saludarlo. Me pregunto si mi opinión habrá tenido algo que ver con su inesperada vuelta a clase. Y, si ese fuera el caso, ¿me alegraría? No estoy segura; una parte de mí ya se está arrepintiendo.
El señor Mulligan entra y deja las cosas sobre la mesa. Luego se dirige a la pizarra, donde escribe su nombre y la fecha. No sé si piensa realmente que de ayer a hoy ya nos habremos olvidado de cómo se llama o si es una manera retorcida y educada de decirnos que somos idiotas.
—Dean —dice todavía de cara a la pizarra. Se da la vuelta y clava la vista en Holder—. Bienvenido, aunque sea con un día de retraso. Confío en que no tengas previsto causar problemas este semestre.
Me quedo boquiabierta ante ese comentario tan condescendiente que no parece venir a cuento de nada.
Si así es como lo tratan todos los profesores, no me extraña que no quisiera volver.
Al menos los que se meten conmigo son alumnos.
El profesorado no debería ser tan impertinente ni con Holder ni con nadie; tendría que ser la primera regla de su manual.
La segunda debería ser que los docentes tuvieran prohibido escribir su nombre en la pizarra más allá de tercero de primaria.
Holder se revuelve en la silla y le responde en el mismo tono:
—Confío en que no tenga previsto hacer comentarios que me inciten a causar problemas, señor Mulligan.
Vale. Ya veo que el mal rollito es cosa de los dos. Quizá la próxima vez que nos veamos, aparte de las ventajas de la asistencia a clase, pueda enseñarle el significado de las palabras «respeto a la autoridad».
El señor Mulligan encoge la papada y observa a Holder por encima de las gafas.
—Dean, ¿por qué no te acercas y te presentas a tus compañeros? Hay varias caras nuevas desde que te fuiste el año pasado.
Él no protesta, aunque esa era obviamente la intención del señor Mulligan.
En cambio, se levanta con tanta energía que casi salta de la silla y se dirige a la pizarra con rapidez.
Su súbita muestra de vigor hace que el profesor dé un paso atrás.
Holder, por su parte, se enfrenta a la clase con seguridad.
—Encantado. —Mira al señor Sullivan mientras dice—: Soy Dean Holder, aunque todos me llaman Holder.
—Se vuelve hacia nosotros y añade—: Entré a estudiar aquí en tercero de secundaria, pero me tomé un semestre y medio sabático.
Según el señor Mulligan, me gusta crear problemas, por lo que esta clase promete ser divertida.
Varios compañeros se ríen al oírlo, pero yo no le veo la gracia.
No acababa de fiarme de él por lo que me habían contado y, ahora que lo estoy viendo en acción, me parece que no me engañaban.
Holder abre la boca para seguir hablando, pero se detiene y me dirige una sonrisa radiante al reconocerme.
Cuando me guiña el ojo, me entran ganas de esconderme debajo del pupitre.
Le devuelvo una sonrisa tensa y bajo la vista hacia la mesa al darme cuenta de que la gente se gira a ver a quién le sonríe.
Hace una hora y media se marchó de un humor de perros y me dejó tirada en la acera. Ahora, en cambio, me sonríe como si acabara de encontrarse con una vieja amiga a la que llevaba años sin ver.
Sí, este chico tiene algún problema.
Breckin se inclina hacia mí.
—¿Qué demonios ha sido eso? —susurra.
—Te lo cuento al mediodía.
—¿Alguna perla de sabiduría más que quieras compartir con nosotros? —pregunta el señor Mulligan.
Holder niega con la cabeza y regresa a su pupitre sin apartar los ojos de mí.
Ni siquiera cuando se sienta deja de mirarme.
El señor Mulligan empieza a hablar y todo el mundo concentra la atención en la parte delantera del aula, menos Holder.
Bajo la vista al libro, que abro por el capítulo que toca.
Confío en que él haga lo mismo, pero, cuando levanto la vista, sigue observándome fijamente.
—¿Qué? —vocalizo, y levanto las manos con las palmas hacia arriba.
Él entorna los ojos y sigue contemplándome en silencio un poco más hasta que acaba respondiendo:
—Nada.
Por fin se da la vuelta y abre el libro que tiene delante.
Breckin me golpea los nudillos con el lápiz y me dirige una mirada de curiosidad antes de volver a centrarse en la lección. Si espera una explicación sobre lo que acaba de pasar, se va a llevar una decepción porque no voy a poder dársela. No sé a qué ha venido todo eso.
Miro a Holder de reojo varias veces durante la clase, pero él no se gira hacia nosotros ni una sola vez. Cuando suena el timbre, Breckin se levanta de un brinco y tamborilea con los dedos sobre la mesa.
—Tú. Yo. Comida —me dice con la ceja alzada.
Mientras se marcha, yo me vuelvo hacia Holder, que tiene la vista clavada en la puerta por la que acaba de desaparecer Breckin. Su mirada no es precisamente amable.
Recojo mis cosas y salgo de clase antes de que a Dean le dé tiempo a entablar una conversación.
Me alegra que haya decidido retomar los estudios, pero me inquieta su modo de mirarme, como si fuéramos colegas de toda la vida.
No quiero que nadie —y mucho menos Breckin— piense que estoy de acuerdo con su actitud.
Preferiría que no me asociaran con él, aunque algo me dice que no me lo va a poner fácil.
Voy a la taquilla a cambiar de libro y cojo el de lengua. Me pregunto si Shayna/Shayla me reconocerá hoy. Probablemente no, porque ya han pasado veinticuatro horas y dudo que sus neuronas funcionen a tan largo plazo.
—Hola, tú.
Cierro los ojos con fuerza, inquieta, y me resisto a girarme porque sé que me lo voy a encontrar frente a mí en toda su gloriosa presencia.
—Has venido —replico.
Ordeno los libros de la taquilla antes de volverme lentamente hacia él, que me sonríe mientras se apoya en la de al lado.
—Pareces otra cuando te arreglas. —Me observa de arriba abajo—. Aunque la versión sudada tampoco está tan mal.
Él tampoco está nada mal, pero no pienso decírselo.
—¿Te has matriculado en serio o has venido para seguir acosándome?
Se le escapa una sonrisa traviesa mientras tamborilea con los dedos en la taquilla.
—Las dos cosas.
Tengo que dejar de hacer bromas de acosadores de una vez por todas. Sería gracioso si no lo creyera capaz de hacerlo.
Echo un vistazo al vestíbulo, que se está vaciando.
—Bueno, tengo que irme a clase. Bienvenido.
Holder entorna los ojos como si se hubiera dado cuenta de mi incomodidad.
—Estás rara.