Homicidio en el puerto de Sète (Misterios entre canales y croissants 3)
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Chapter 2
Parte I – El puerto
Agua salada
En la desembocadura del canal, el agua cambió de color antes que de comportamiento.
El primer cambio que advirtió Elodie fue que el agua parecía menos contenida.
El verde parduzco del canal, familiar tras semanas de viaje bajo árboles y puentes de piedra, se diluía en una superficie más luminosa y uniforme, de un tono pálido que se extendía ante la proa como si hubieran aguado el mundo.
Más allá se abría el Étang de Thau, tan vasto que a primera vista costaba orientarse.
En los canales siempre había un borde que servía de referencia: un camino de sirga, una orilla, el muro de una esclusa, cañaverales, barcos amarrados, plátanos que ponían orden en la perspectiva.
Aquí solo había aguas abiertas, cielo bajo y filas de mesas ostrícolas erguidas en los bajíos como líneas trazadas por una mano paciente.
Al cruzar Le Livre Vagabond aquel límite invisible, el casco empezó a moverse de otra manera.
No era aquel empuje constante del agua del canal deslizándose contra el acero, ni siquiera la agitada turbulencia al aproximarse a una esclusa.
Esta vez se elevaba un costado, luego llegaba un leve balanceo y después otro, como si a la barcaza le hubieran comunicado cortésmente que todo lo que había dado por supuesto hasta entonces dejaba de ser válido.
Nada violento. Hacía buen tiempo. Le habían descrito varias veces la travesía como asequible, sencilla y sin incidentes en condiciones de calma.
Pero asequible no era lo mismo que natural, ni sencilla significaba agradable.
Apretó la caña del timón antes de poder contenerse.
—Ya basta —dijo en voz alta.
No habría sabido decir si se refería al barco, a su propia mano o al Mediterráneo entero.
El aire olía distinto desde el primer momento.
No sencillamente más fresco, como gustaba decir a quienes se empeñaban en idealizar los lugares costeros, sino más desnudo y penetrante.
Sal, desde luego. Algas o plantas acuáticas.
Por debajo, un tenue amargor mineral. Nada de barro del interior.
Nada de hojas mojadas. Nada de la corteza tibia de los plátanos que la habían acompañado durante gran parte del Canal du Midi.
Incluso el olor a diésel se notaba allí más áspero, menos atenuado por el verdor del verano.
En la proa, Pistou mantenía las cuatro patas bien apoyadas y el cuerpo bajo, una postura que sugería que había notado el cambio bajo las patas, aunque aún no había decidido protestar.
Olfateaba sin descanso. Giraba las orejas hacia los gritos que llegaban de lo alto, el rumor del motor y el golpeteo del agua bajo el casco.
No se encogió. No huyó hacia la cabina. Ni siquiera volvió la cabeza para mirarla, algo que, dadas las circunstancias, a Elodie le resultó un poco ofensivo.
—Un poco de apoyo moral —dijo— no sería excesivo.
Pistou siguió ocupado en catalogar la costa.
Por encima de ellos pasó una gaviota con la seguridad de quien se cree dueño del lugar y nunca ha visto una compuerta de esclusa.
Pistou siguió su vuelo con la cabeza, miró luego un grupo de pequeñas embarcaciones de trabajo a babor y después las formas bajas y geométricas de los criaderos de ostras. Elodie siguió su mirada.
Las mesas se extendían por las aguas someras en largas filas ordenadas: estructuras de madera que convertían la laguna, antes paisaje, en lugar de trabajo.
Había ya hombres entre ellas, en botes de servicio de fondo plano, inclinados sobre sus tareas con la economía de movimientos de quienes habían interiorizado hacía mucho el ritmo del trabajo y no necesitaban hacerlo notar.
Nadie saludó. Nadie se quedó mirando. Una embarcación le cruzó por delante a una distancia prudente; el hombre de a bordo, concentrado por entero en su rumbo y en el momento de cada maniobra, siguió adelante sin mostrar el menor interés por una barcaza llegada del interior.
Aquella indiferencia la tranquilizó más de lo que lo habría hecho una bienvenida. También la hizo sentirse expuesta.
En el canal siempre había alguien que formaba parte de su funcionamiento.
Un esclusero. Un ciclista. Una familia de pícnic en la orilla.
Alguien baldeando una cubierta. Alguien esperando su turno.
Incluso la soledad tierra adentro tenía una estructura.
Aquí las dimensiones no lo permitían. Al agua le daba igual que hubiera atracado con elegancia en Béziers, superado la escalera de esclusas de Fonseranes o aprendido a comprar con sensatez en los mercados disponiendo de poco espacio en la nevera.
El Étang no la conocía. No había accedido a recibirla.
Se limitaría a permitirle cruzar si ella actuaba con prudencia.
Apenas movió el acelerador y observó cómo respondía la proa.
La barcaza era más pesada que la mayoría de las embarcaciones locales, de reacciones más lentas, construida para otra clase de viaje.
Podía hacerlo, desde luego. Así lo acreditaban otros navegantes, las cartas, los partes meteorológicos, los consejos de personas en cuyo criterio confiaba y lo que veía con sus propios ojos.
Pero Le Livre Vagabond seguía un poco fuera de contexto, como un profesor visto inesperadamente en una discoteca: no era imposible; tan solo obligaba a todos a revisar una imagen que les había resultado cómoda.
La idea la divirtió más de lo debido. También la llevó a pensar en algo que habría preferido evitar, como le ocurría ya inevitablemente con ciertos pensamientos.
Después de Aviñón y Carcasona se había convertido —no públicamente ni a una escala que importase, sino dentro de un círculo pequeño e irritante— en una persona a la que le ocurrían cosas.
Peor aún, en una persona que luego se involucraba.
No se consideraba investigadora porque la palabra sugería profesión, afición y vanidad.
No tenía bastante de ninguna de las tres.
Hacía preguntas. Se fijaba en las cosas.
Había pasado treinta años interpretando lo que ocurría en aulas, salas de profesores y reuniones de padres, lo cual podía calificarse de labor detectivesca por darle un nombre halagador, aunque ella no veía razón para hacerlo. Aun así, los hechos eran los hechos.
Aviñón. Carcasona. Hombres muertos. Preguntas después. Llamadas telefónicas. La mirada de los demás cuando habían oído apenas lo suficiente de la historia para contarla mal.
La mujer de la barcaza que se mete en todo. La frase le desagradaba incluso al imaginarla.
—Me gustaría que este viaje —le dijo a Pistou— incluyera ostras, una vieja amiga, quizá un café excelente y absolutamente ninguna muerte.
Pistou se sentó con cuidado, afirmándose para compensar el leve balanceo de la cubierta, y miró hacia la laguna, donde había una segunda gaviota.
—Eso no es asentimiento —dijo Elodie—. Es neutralidad administrativa.
Sobre el Étang, la luz se extendía sin los límites de los canales y parecía aún más amplia que sobre los tramos de río que había conocido.
No caía en haces ni en manchas. Estaba en todas partes a la vez.
El agua la reflejaba en fragmentos resplandecientes que no ayudaban a orientarse.
Todo parecía estar cerca y, a la vez, fuera de alcance.
La orilla opuesta parecía flotar en vez de permanecer quieta.
Elodie echó de menos el práctico desorden del canal: argollas de amarre, muros de esclusa, puentes bajos, cañas, ropa tendida, un niño en bicicleta haciendo preguntas que nadie pensaba contestar.
A una barcaza le gustaba tener orillas cerca.
Si era sincera, a ella también. Pero ser sincera, en este caso, exigía admitir algo más.
Había deseado aquello. Había deseado aguas nuevas y una pequeña prueba de que la vida que se había construido no era tan estrecha como a veces imaginaban los demás.
Le Livre Vagabond no era una fantasía decorativa de jubilación.
Era una embarcación de verdad que transportaba a una mujer de verdad hacia una vida que, para su propia sorpresa, había empezado a ensancharse en vez de encogerse.
Los canales le habían enseñado una forma de moverse.
No había razón para tratarlos como una frontera en lugar de como un comienzo.
Además, hacía años que Hélène la invitaba.
Solo por eso quizá habría acabado yendo tarde o temprano.
Hélène Vidal era una mujer curtida y práctica; en el instituto había sido una de las pocas compañeras con quienes el silencio nunca necesitaba explicación.
Había dejado la enseñanza antes que Elodie y regresado a la costa de un modo que varios miembros del claustro calificaron de temerario y uno o dos, de romántico.
La propia Hélène había dicho que le salía más barato que quedarse donde estaba.
Ahora trabajaba con ostras en el Étang y todos los años enviaba mensajes que combinaban un afecto verdadero con el tono de una mujer que esperaba otra negativa y no pensaba permitir que aquello continuara eternamente.
Ven mientras el tiempo aún acompañe. Ven cuando empiece la fiesta. Ven antes de inventarte otra excusa.
Al fin, Elodie se había quedado sin maneras respetables de decir que no.
Sonó el teléfono dentro de la cabina.
Masculló algo poco acorde con la placidez del día, dejó una mano en la caña y se inclinó por la puerta abierta lo justo para coger el teléfono del estante junto al libro de cartas náuticas. El nombre de Lucien en la pantalla le hizo sonreír antes de responder.
—Estoy al timón —dijo.
—Eso supuse.
—Y estoy en agua salada.
Hubo una pausa: Lucien no estaba confundido, sino que prestaba más atención. Al principio, Elodie oyó un ruido tenue al otro lado: quizá una puerta, tráfico o alguien moviendo algo metálico. Luego el sonido desapareció y solo quedó su voz.
—¿Por primera vez?
—Por primera vez.
—¿Y?
—Me parece una grosería.
Él se rio por lo bajo. —¿En qué sentido?