VEINTITRÉS
Luke
L a luz blanquecina de la mañana de lunes se filtraba a través de los estores bajados, dibujando franjas doradas sobre las sábanas revueltas.
Me desperté antes de que sonara la alarma.
Estaba tumbado bocabajo, con un brazo extendido de forma protectora por encima de la cintura de Gia.
Ella dormía de lado, enfrentada a mí, con las rodillas ligeramente encogidas.
Nuestros rostros estaban tan cerca que, con cada respiración lenta y acompasada que daba, sentía el leve roce de su aliento contra mis labios.
No me moví ni un milímetro. Me limité a observarla dormir.
Daba igual que hubieran pasado semanas desde que volvimos a estar juntos, desde que me mudé extraoficialmente a su cabaña, no me acostumbraba a esto.
Me negaba a acostumbrarme a la rutina de abrir los ojos y encontrarla ahí.
Era, sin ninguna duda, la mejor sensación del mundo.
Cada mañana, sin excepción, la miraba y me maravillaba de lo increíblemente preciosa que era en su estado más puro: con la piel limpia, el pelo caoba revuelto formando un halo oscuro sobre la almohada blanca y los labios ligeramente separados.
Sonreí, sintiendo una calidez en el pecho a la que no me acostumbraba.
Empecé a mover la mano que descansaba sobre su cintura de forma muy lenta, trazando el contorno suave de su cadera con las yemas de los dedos, hasta dejar mi mano abierta descansando pesadamente sobre la curva desnuda de su trasero.
Gia se removió de inmediato. Aún tenía los ojos cerrados, atrapada en las últimas brumas del sueño, pero la comisura de sus labios ya se estaba curvando hacia arriba. Estaba sonriendo antes siquiera de despertarse por completo.
La visión de esa sonrisa perezosa y satisfecha me encendió la sangre. El instinto me gritó que lo único que quería hacer en ese preciso instante era meterme entre sus piernas y besarla hasta que esa misma sonrisa se transformara en un gemido ahogado y, después, en un grito de placer.
Gia abrió lentamente sus ojos avellana, enfocándome en la penumbra.
Y yo decidí que eso era exactamente lo que iba a hacer.
Con un movimiento rápido, me apoyé sobre el codo derecho, agarré sus caderas y la hice rodar sobre la cama hasta ponerla de espaldas sobre el colchón. Sin darle tiempo a reaccionar, me encajé perfectamente entre sus muslos separados, atrapándola bajo mi peso.
—Buenos días, doctora Robbins —susurré, con la voz ronca por el sueño, rozando mi nariz con la suya.
Gia soltó una pequeña risa y levantó los brazos, enredándolos alrededor de mi cuello.
—Buenos días, capitán Holloway —me devolvió el saludo, con los ojos brillando de una anticipación que me conocía de memoria.
Ambos estábamos completamente desnudos bajo las sábanas de lino. Al moverme para acomodarme entre sus piernas, el roce directo me hizo soltar un gruñido. Ya podía notar la humedad de Gia empezando a empapar mi erección, que ya estaba dolorosamente dura y lista contra su piel cálida.
—Eres insaciable —murmuró Gia, ladeando la cabeza sobre la almohada.
Una de sus manos bajó desde mi cuello, trazando una línea ardiente por mi hombro, hasta que sus dedos rozaron con infinita delicadeza la tinta negra del trilio blanco tatuado en mi costado izquierdo.
La otra mano la llevó hacia atrás y apretó mi nalga con firmeza, obligándome a acortar la escasa distancia que nos separaba, forzando la fricción de mi sexo contra su centro.
Me eché a reír bajito, un sonido que vibró contra su clavícula.
—No te confundas, nena. No soy tan insaciable como tú —le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo—. Ayer por la noche tuvimos que cambiar las sábanas por tu culpa.
Gia se sonrojó levemente, pero no retrocedió un milímetro. Al contrario, empujó sus caderas hacia arriba, buscando un contacto más sólido.
—Menos hablar, Luke —me exigió con un tono autoritario y arrastrado que me volvió loco—. Y más hacer.
—A sus órdenes, jefa.
No la hice esperar más. Capturé sus labios en un beso profundo, devorador y cargado de hambre. Cuando nos separamos para coger aire, bajé mi rostro por la línea de su mandíbula. Abrí la boca y le di un mordisco firme justo donde su cuello se unía con el hombro, succionando la piel sensible.
Gia soltó un gemido agudo y arqueó la espalda. Pude ver y sentir cómo se le erizaba la piel de los brazos al instante, respondiendo al estímulo del dolor y el placer mezclados.
Sonreí contra su clavícula, inmensamente orgulloso de mi pequeña obra y de la reacción química que podía provocar en su cuerpo.
Levanté la vista para mirarla. Gia ya tenía los ojos empañados por una bruma oscura de deseo y se estaba meciendo descaradamente contra mí, buscando a ciegas la fricción que necesitaba para aliviar la tensión que le latía en el vientre.
No se lo iba a poner tan fácil.
Agarré sus dos muñecas con mis manos, tiré de sus brazos hacia arriba y los sujeté firmemente sobre su cabeza contra el colchón, inmovilizándola.
—Espera —le ordené en un susurro bajo.
Cuadré mis caderas contra ella, busqué su entrada empapada y, de un solo empujón, me hundí en ella por completo. La penetré hasta la raíz. Gia soltó un grito sordo que ahogó mordiéndose el labio inferior, absorbiendo toda mi longitud.
Me quedé quieto. Completamente enterrado en su interior, dejando que sus paredes, calientes y estrechas, se ajustaran alrededor de mi tamaño.
Gia empezó a retorcerse de inmediato, intentando liberar sus manos, desesperada por moverse y buscar la fricción que le estaba negando.
—No, no... quieta —le gruñí, apretando el agarre sobre sus muñecas—. Quédate quieta.
Bajé la cabeza de nuevo. Empecé a darle pequeños mordiscos afilados por el lado opuesto de su cuello, bajando por la línea de la clavícula hasta llegar al suave abultamiento de sus pechos.
Marqué su piel dejándole leves marcas rojizas que, sabía por experiencia, desaparecerían en un par de horas antes de que ella tuviera que ponerse el uniforme.
—Joder, me encanta verte marcada por mí, Georgia —le confesé, con una posesividad animal que ya no me molestaba en esconder.
—Por favor... —gimió Gia, retorciendo las caderas bajo mi peso, suplicando—. Luke, por favor, necesito que te muevas ya.
Sonreí de medio lado. Solté sus muñecas, apoyé las manos a ambos lados de su cabeza y, finalmente, le di lo que pedía.
Empecé a penetrarla. Al principio, fueron movimientos extremadamente lentos. Sacaba mi longitud casi por completo, rozando su punto más sensible en la salida, y volvía a hundirme en ella con una estocada larga, profunda y calculada, frotándome contra sus paredes.
Gia se estaba deshaciendo literalmente debajo de mí.
Sus manos, ahora libres, volaron a mi espalda, clavándome las uñas, arañando mis omóplatos.
Levantó las piernas y las enredó firmemente alrededor de mi espalda baja, bloqueándome, usando la fuerza de sus propios muslos para obligarme a entrar más hondo, para guiarme exactamente hasta donde más lo necesitaba.
Me detuve un momento, frenando el ritmo, me incliné sobre ella y la besé. Fue un choque de bocas duro y desesperado. Gia me lo dio absolutamente todo; me devolvió el beso igualando mi fervor y mi calor, metiendo la lengua en mi boca con la misma intensidad con la que yo estaba dentro de ella.
El beso rompió la presa de mi control.
Reemprendí las penetraciones, pero esta vez abandoné cualquier rastro de lentitud.
Imprimí un ritmo castigador, rápido, demoledor.
Cada embestida hacía crujir la madera de la vieja cama y sacaba jadeos rotos de su garganta.
Estábamos sudando, la piel resbalaba, y el sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación.
La llevé al límite en cuestión de minutos.
Sentí cómo el interior de Gia empezaba a contraerse violentamente a mi alrededor.
La escuché gritar, echando la cabeza hacia atrás, y esos espasmos brutales, ordeñándome, fueron el detonante que necesitaba.
Me dejé ir. Me vacié en su interior con un gruñido gutural, hundiéndome en ella hasta chocar con su pelvis y quedándome allí clavado mientras la oleada de calor de mi propio orgasmo me recorría el cuerpo entero.
Cuando el pulso dejó de martillearme en los oídos y recuperé la capacidad de pensar, apoyé las manos en el colchón y me aparté un par de centímetros.
Salí de su interior muy lentamente y me quedé de rodillas en la cama, todavía encajado entre sus muslos separados.
Bajé la vista. La luz de la mañana iluminaba su centro desnudo y enrojecido.
Vi cómo mi propia esencia empezaba a escurrirse lentamente de ella, manchando la blancura de las sábanas.
La crudeza de la imagen me golpeó con fuerza.
Era, de lejos, la escena más primaria y erótica que había visto en toda mi vida.
Me incliné de nuevo hacia adelante, me acerqué a su rostro y le di un lametón descarado sobre los labios hinchados.
Gia soltó un gemido leve, lánguido. No abrió los ojos, pero una sonrisa de satisfacción asomó en su rostro, relajada y desarmada después de la tormenta.
Joder, era imposible amarla más.
✽✽✽
Tras una ducha rápida, que tomamos por separado porque ambos sabíamos perfectamente que si nos metíamos juntos bajo el chorro de agua habríamos sucumbido a otra ronda y llegaríamos tarde a todo, la cocina se llenó del aroma intenso a café recién hecho.
Yo estaba frente a la cafetera, apoyado en la encimera y vestido con vaqueros y camiseta, mientras Gia preparaba un par de sándwiches de desayuno a mi lado, envuelta en unos shorts vaqueros y un top rosa. Estaba preciosa.
El ambiente relajado y doméstico de la mañana se rompió por un zumbido constante.