DIECINUEVE #4
Estaba a mitad de una frase cuando un revuelo repentino estalló al otro lado de la sala.
El murmullo elegante del salón se rompió. Escuché el tintineo de cristal rompiéndose contra el suelo. Un grupo de hombres y mujeres en trajes de etiqueta empezó a agolparse en un extremo, retrocediendo y formando un círculo alrededor de algo o alguien en el suelo.
Una mujer mayor, enjoyada y con un vestido esmeralda, sollozaba histéricamente a un lado mientras otra mujer la sostenía, impidiendo que se tirara al suelo.
—¡Por Dios! ¡Un médico! —gritó un hombre, con la voz quebrada por el pánico—. ¡Que alguien llame a una ambulancia!
No lo pensé dos veces. Dejé la copa de champán sobre la mesa más cercana con un golpe seco y corrí hacia el grupo.
—Abrid paso —ordené, con una voz de mando que no daba lugar a protesta.
La gente se apartó instintivamente. Llegué al centro del círculo y me arrodillé de golpe en el suelo alfombrado, sin importarme lo más mínimo que la tela de raso de mi vestido se manchara o se arrugara.
En el suelo yacía un hombre de unos sesenta años, vestido de esmoquin. Estaba inconsciente. Su rostro estaba pálido, casi grisáceo, y su frente brillaba cubierta por un sudor frío y profuso.
—Soy la doctora Robbins. Abrid el círculo, necesita aire —indiqué, tomando el control de la situación—. ¿Alguien ha llamado al 911?
—¡Sí, ya vienen de camino! —contestó el gerente del hotel, pálido como la cera.
Deslicé dos dedos por el cuello del paciente, buscando el pulso en la carótida. Mantuve la presión durante cinco segundos. Nada. No había pulso. Su pecho no se elevaba. Estaba en apnea.
Levanté la vista y vi que Luke acababa de llegar, abriéndose paso a empujones a través de los curiosos, con Lily y Marcus un paso por detrás.
—Luke, está en parada cardiorrespiratoria. Es un infarto masivo —le informé con mi mejor tono clínico —. Necesito el desfibrilador externo automático de recepción. ¡Ya!
Luke no hizo preguntas. Se giró hacia el gerente, lo agarró del brazo y le gritó que corriera.
—Luke, ayúdame a abrirle la camisa y a despejar el pecho —ordené, posicionando el talón de mi mano en el centro del esternón del paciente para iniciar las compresiones.
Luke se arrodilló frente a mí, ágil y concentrado.
Rompió los botones de la camisa de etiqueta del hombre con un tirón experto, exponiendo su pecho desnudo, y apartó la chaqueta mientras yo iniciaba las maniobras de RCP con un ritmo duro y constante.
Treinta compresiones, dos ventilaciones.
Mi mente estaba en blanco, enfocada únicamente en la biomecánica de la reanimación.
Menos de un minuto después, el gerente apareció corriendo y me entregó la funda roja del DEA.
—Enciéndelo y pega el parche superior derecho —le indiqué a Luke sin dejar de comprimir el pecho. Él obedeció con eficiencia, acostumbrado a seguir órdenes bajo presión.
«Analizando ritmo cardíaco. No toque al paciente» , anunció la voz metálica del desfibrilador.
—Manos fuera —grité, apartándome del cuerpo y asegurándome de que Luke hacía lo mismo.
El aparato pitó. «Se aconseja descarga. Cargando...»
—¡Despejen, fuera todo el mundo! —ordené, extendiendo los brazos para que nadie se acercara—. ¡Descarga!
Presioné el botón naranja. El cuerpo del hombre dio una sacudida violenta sobre la alfombra.
Inmediatamente después del choque, mis dedos volaron de nuevo a su carótida. Esperé dos segundos. Un latido. Otro. Rápido, filiforme, pero rítmico. El hombre soltó un jadeo ahogado, llenando sus pulmones de aire, y empezó a respirar de forma superficial e irregular.
—Tenemos pulso. Recupera la respiración —anuncié, soltando el aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo.
El murmullo de asombro y alivio recorrió el salón entero. La mujer del vestido esmeralda rompió a llorar, llevándose las manos a la cara.
El hombre seguía inconsciente, extremadamente débil y sudoroso, pero su corazón volvía a bombear sangre.
Lo colocamos en posición lateral. En ese preciso instante, las pesadas puertas del salón se abrieron de par en par y dos técnicos sanitarios del servicio de emergencias de Portland entraron corriendo con la camilla, los monitores y los maletines de medicación.
Me levanté del suelo, alisándome la falda del vestido, y me acerqué a ellos.
—Soy la doctora Georgia Robbins —me identifiqué, iniciando el parte médico con una velocidad y precisión que solo da la experiencia —.
Varón de aproximadamente sesenta años, colapso repentino.
Parada cardiorrespiratoria presenciada. Ritmo inicial fibrilación ventricular.
Se le ha aplicado RCP básica inmediata y una única descarga con el DEA con conversión exitosa a ritmo sinusal hace cuarenta y cinco segundos.
Mantiene pulso carotídeo y radial palpable pero taquicárdico.
Respiración espontánea pero superficial.
No ha recuperado la consciencia. Necesita un bolo de amiodarona, oxígeno de alto flujo y traslado inmediato al laboratorio de hemodinámica más cercano para cateterismo.
La técnico sanitaria principal, que estaba sacando las palas del monitor, se quedó paralizada al escuchar mi voz. Levantó la vista, clavó sus ojos en mí y una gran sonrisa de reconocimiento se extendió por su rostro.
—¿Doctora Robbins? —exclamó ella, soltando el cable del monitor—. ¡Madre mía, me alegro muchísimo de verla!
La reconocí. Habíamos coincidido en decenas de avisos críticos durante mis peores turnos de guardia en Portland.
—Igualmente, Jen —le respondí, asintiendo con la cabeza.
Jen se giró hacia la mujer del paciente, que seguía llorando, y le puso una mano en el hombro.
—Señora, respire tranquila. Su marido acaba de tener la inmensa suerte de que la mejor médico de urgencias de todo Portland estuviera esta noche en la sala. Le ha salvado la vida.
El silencio en el salón de baile se volvió absoluto.
Las miradas de cientos de empresarios, inversores y millonarios, incluidas las de las treintañeras que se reían hace diez minutos, se clavaron en mí.
La etiqueta, el dinero y los esmóquines habían quedado reducidos a la nada frente a alguien capaz de salvar vidas con sus propias manos.
No me importaba demasiado la admiración de la alta sociedad.
Levanté la vista y crucé el círculo.
Solo tenía ojos para Luke. Estaba de pie frente a mí, con la pajarita deshecha y los botones superiores de la camisa abiertos, mirándome con un orgullo tan fiero, que sentí que me iba a derretir ahí mismo.
Y, justo a su lado, Lily me miraba con las manos unidas sobre el pecho y una sonrisa deslumbrante.
Una sonrisa que era la de una madre profundamente orgullosa de la mujer que estaba al lado de su hijo.