Hilos de Engaño (Misterios de Threadneedle Street 2) 7. Capítulo Siete
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7. Capítulo Siete

Capítulo Siete

D aniel llegó temprano el martes por la mañana a la estación de la RCMP en Victoria, con dos cafés en mano y un claro sentido de propósito.

Amy ya estaba en su escritorio, lo cual era inusual.

Normalmente aparecía alrededor de las nueve y cuarto con un smoothie casero y alguna queja sobre el tráfico de Colwood.

—Llegaste temprano —dijo él, dejando uno de los cafés frente a ella.

—Difícil ignorar el mensaje que me mandaste anoche a las once. Cuando empiezas a dejarme tarea a la hora de dormir, me molesto. Y también me da curiosidad. —Amy levantó el vaso y lo miró por encima del borde—. Entonces. ¿Para qué me hiciste venir?

Daniel acercó una silla. —Tú dime. ¿Qué encontraste?

Amy giró la laptop hacia él. —Margaret Anne Webster, de soltera Simmons.

Nació en 1960, en Victoria. Secretaria jurídica durante cuarenta y un años, principalmente en dos bufetes.

El primero era un pequeño despacho en la Calle Fort que cerró en 2005.

El segundo... —Hizo una pausa, porque siempre disfrutaba crear suspenso—. Blackwell, Parsons & Greer.

El café de Daniel se detuvo a medio camino de su boca.

Blackwell, Parsons & Greer.

Uno de los bufetes más grandes de Victoria. Litigios corporativos, demandas colectivas, defensa. Cualquiera que tuviera la más mínima noción del mundo jurídico de la provincia, conocía ese nombre.

Amy tocó la pantalla. —Participaron en los litigios relacionados con los opioides. Mucho trabajo de defensa para grandes farmacéuticas. Christopher Hunt seguramente se habría cruzado con el bufete de Margaret.

Daniel dejó su café sobre el escritorio. —¿Cuánto tiempo trabajó Margaret ahí?

—Veintitrés años. De 1998 a 2021. —Amy recorrió sus notas—. Su esposo era Ronald Webster, un ingeniero jubilado. Murió de un paro cardíaco a principios de 2024 en su casa de Victoria. Causas naturales, según los registros.

—¿Y Christopher Hunt?

—Ahí es donde se pone interesante. —Amy se inclinó hacia delante mientras desaparecía el último rastro del tono bromista de la mañana—.

El señor Hunt era socio de Morrison, Hunt & Associates.

Su bufete representaba a varios municipios pequeños de la Isla de Vancouver en los litigios relacionados con los opioides.

Blackwell, Parsons & Greer estaba del otro lado, encargándose de la defensa de una distribuidora farmacéutica llamada Veridian Health Solutions.

Daniel lo sintió: ese lento cosquilleo en la base del cráneo que aparecía cuando piezas dispersas empezaban a encajar.

Margaret Webster había pasado veintitrés años en un bufete que se había enfrentado directamente al de Christopher.

Y ahora Margaret quería contarle a Grace algo que, al parecer, se había guardado durante años.

—Margaret debió de conocerlo —dijo Daniel despacio—. O por lo menos saber quién era. Tal vez lo vio en audiencias, interrogatorios previos al juicio, en los pasillos del tribunal.

—Más que eso. —Amy abrió otra pantalla—.

Revisé el expediente judicial. Blackwell se encargaba de gran parte de la disputa por los documentos del lado de la defensa, y Christopher Hunt dirigía esa parte por los demandantes.

Debieron de pasar meses en las mismas salas, discutiendo sobre el mismo material.

—Y Margaret, como secretaria jurídica sénior, habría tenido esos expedientes pasando por su escritorio.

—Exactamente. Plazos de presentación, correspondencia, manejo interno, todo. —Amy se recostó en la silla—. Daniel, ¿y si Margaret vio algo que no debía ver? Tal vez algo en lo que Christopher estuvo involucrado o algo relacionado con el caso, y se lo ha guardado desde entonces.

Daniel se levantó y caminó hasta la ventana, mirando el estacionamiento sin verlo realmente.

Su mente repasaba las implicaciones a toda velocidad, organizándolas como pruebas sobre una pizarra: cada hecho era un punto, cada conexión una línea entre ellos.

Margaret se había mudado a Sidney dos años atrás, después de la muerte de Ronald.

Grace se había mudado a Sidney un año antes.

Y luego Margaret se había inscrito en la clase de Hardanger de Grace.

¿Había sido una coincidencia?

¿O Margaret había buscado a Grace mientras reunía el valor necesario para contarle algo que había escuchado o presenciado años atrás en Blackwell?

—Hay un poco más —dijo Amy—. Me preguntaste por el sobrino de Margaret, Tom Webster. Es farmacéutico en Sidney. Expediente limpio, sin antecedentes penales, en regla con el Colegio de Farmacéuticos. Lleva unos tres años en la Farmacia Sidney. Antes de eso, trabajó para una cadena en Victoria.

—Grace habló con él ayer. Dijo que parecía agradable.

—Sí, eso fue lo que entendí. —Amy se encogió de hombros—. Nada que cause preocupación a simple vista.

Daniel guardó el dato mentalmente. Tom Webster no parecía tener ninguna conexión con el asunto de Chris Hunt, pero nunca se sabía qué hilo terminaría siendo importante hasta que lo era.

—¿Las finanzas de Margaret?

—Cómodas. Ronald le dejó alrededor de ochocientos mil entre ahorros, pensión y la venta de la casa. Compró una propiedad en Sidney al contado. Sin deudas, sin señales de alerta evidentes.

Amy cerró la laptop. —Entonces, ¿qué estás pensando? ¿Margaret sabe algo sobre el esposo de Grace y ahora quiere contárselo?

—Sí. Eso tendría sentido. Grace va a reunirse con ella el jueves por la mañana en el Café Harbour Wings. Yo voy a estar en otra mesa para apoyar a Grace. Margaret podría ser el vínculo que nos faltaba.

—¿Crees que corre algún tipo de peligro?

Daniel lo consideró con cuidado. —No, no lo creo. No de inmediato. Si ha guardado secretos durante años y de pronto decide hablar, eso puede poner nerviosa a cierta gente. Sobre todo si esas personas quieren mantenerlos enterrados.

La expresión de Amy se volvió seria. Las bromas habían desaparecido.

Ahora estaba concentrada en el trabajo, igual que Daniel, ambos poniendo a prueba la estructura en busca de puntos débiles.

—Si esto tiene alguna relación con los litigios por opioides, quizá no sea solo algo personal.

Podría haber daños a la reputación, consecuencias legales, gente con mucho interés en mantener enterrados los hechos del pasado.

—Lo sé. —Daniel tomó su café. Se había enfriado—. Por eso esto queda entre nosotros por ahora. No quiero asustar a Grace ni a Margaret, y tampoco quiero que nadie más note nuestro interés antes de que Margaret haya podido decir lo que tiene que decir.

—Entendido. —Amy hizo una pausa—. ¿Y Grace? ¿Cómo está llevando todo esto?

Daniel pensó en la llamada de la noche anterior, en la voz cansada pero más cálida de Grace mientras le ofrecía una disculpa sincera, y en los cambios que había prometido hacer. Sabía cuánto habían significado para él esas palabras.

—Es fuerte. Más fuerte de lo que ella misma cree. La foto le ha pegado duro.

Amy lo observó un momento con esa expresión que adoptaba cuando estaba decidiendo si decir algo que él preferiría no escuchar. Luego lo dijo de todos modos, porque Amy casi siempre lo hacía.

—Estás perdidísimo, Danny.

—Sí —dijo Daniel, mirándola de reojo—. De verdad que sí.

Grace pasó la mañana del martes en su estudio y se puso a trabajar con energía y determinación.

Estaba haciendo limpieza de primavera. No la limpieza habitual de cada semana, como ordenar las cajas de hilos o quitarle el polvo al bastidor de bordado. Esto era un trabajo más pesado, más físico. El tipo de limpieza que uno hacía cuando se sentía con energía y lleno de vida.

La fotografía había cambiado las cosas. Había cambiado la forma en que entendía su matrimonio y la manera en que veía los objetos a su alrededor, las cosas que había llevado consigo de una vida a la siguiente.

Conservaba cosas de él porque deshacerse de ellas se parecía demasiado a admitir que no iba a volver.

Ahora, con la certeza de su infidelidad calándole hasta los huesos, esa idea ya no le parecía lo peor que podía ocurrir. Era algo a lo que podía sobrevivir. Se sentía como el principio de la aceptación.

Empezó por los libreros de la pared este del estudio.

Sus propios libros estaban bien organizados: libros de referencia sobre bordado, textos de psicología de sus años como profesora, novelas que releía como otras personas regresaban con viejos amigos.

Y escondidas detrás de la puerta de un armario de almacenamiento, empujadas hasta el fondo, donde no tuviera que verlas, estaban las cuatro grandes cajas de cartón que había traído de Broadmead.

Las cosas de Chris.

Su último diario. Algunos expedientes legales que nunca había abierto.

Los gemelos de oro con las iniciales grabadas que había usado en todas las ocasiones formales.

Las había empacado cuando vendió la casa, incapaz de tirarlas y, al mismo tiempo, incapaz de soportar verlas .

Habían permanecido en ese armario desde que se mudó a Sidney, selladas e intactas .

Grace sacó las cajas y las colocó en el rincón del estudio donde la luz de la mañana caía sobre el piso.

No las abrió. Todavía no estaba preparada para eso.

Sacarlas a la luz le pareció un buen comienzo. Por lo menos reconocía que existían y que tendría que enfrentarse a ellas. Aceptaba que no podía mantener para siempre el fantasma de su esposo encerrado en un armario.

Continuó con el resto del estudio, trabajando metódicamente.

Reorganizó sus hilos por familias de colores, algo que llevaba meses queriendo hacer.

Vació un estante de revistas viejas de las que ya había recortado lo que quería guardar como referencia.

Limpió su mesa de trabajo, el tapete de corte y los alféizares de las ventanas, donde el aire salino dejaba una fina película de residuos minerales.

El trabajo resultaba satisfactorio por su sencillez.

Sus manos sabían qué hacer y su mente tenía libertad para divagar.