La isla de fango
Encontraron la isla al segundo día de subir el río. Hrafn decidió en cuanto la vio que sería su base. Era el peor sitio del mundo para que un enemigo los atacara. Y eso, en tierra ajena, valía más que cualquier comodidad.
Para vivir en ella, era un infierno.
Lo descubrieron la primera noche. El calor del día, que ya pesaba, no se iba con el sol.
La marisma lo guardaba y lo devolvía húmedo, pegajoso, y con la humedad llegaron los mosquitos.
Hrafn había conocido mosquitos en los veranos del norte, nubes de ellos sobre los pantanos, molestos.
Esto era otra cosa. Subían del agua al ponerse el sol en columnas que zumbaban como el viento en las jarcias.
Se cebaban en la piel blanca de los hombres del norte con una saña que parecía personal.
A la mañana siguiente, la hueste entera tenía la cara y los brazos hinchados de picaduras.
Algunos hombres, los de piel más fina, parecían apestados.
Se reían de ello, al principio, como se ríe un guerrero de toda incomodidad.
Hrafn no se rió. Había visto morir a hombres fuertes de fiebres de pantano en otras tierras.
Sabía que aquellas nubes zumbadoras podían matar a más hombres del Cuervo que toda la guarnición de la ciudad.
La tarde del tercer día, Hrafn convocó asamblea.
Se reunieron en el centro de la isla, en un claro entre los tarajes, casi seiscientos hombres en cuclillas o de pie. El sol bajaba rojo sobre las marismas. Las garzas volvían a sus dormideros en largas filas negras contra el cielo. Hrafn se subió a un tocón para que lo vieran todos.
—Estamos a un día de la ciudad —dijo, y no necesitó alzar mucho la voz; la asamblea era cosa sagrada y los hombres callaban—. La hemos visto desde el agua los que subimos en el esquife. Es grande. Más grande que cualquier cosa que hayáis saqueado. Y el cautivo no mentía: no tiene murallas.
Un murmullo de codicia recorrió la asamblea. Bjorn, en primera fila, sonrió con todos los dientes.
—Entonces, ¿a qué esperamos? —dijo, en voz alta, para todos—. Mañana al alba subimos y la tomamos. ¿Por qué dormir tres noches en este fango comidos por los bichos cuando hay camas de seda a un día de remo?
Hubo risas, gritos de aprobación. Hrafn dejó que pasaran, y luego levantó una mano, y la asamblea volvió a callar.
—Porque una ciudad sin murallas puede ser un regalo o puede ser un cebo —dijo—.
Lisboa nos enseñó algo, hermanos, y el que no haya aprendido nada de Lisboa que se baje del barco aquí mismo y se quede con los mosquitos.
El sur muerde. El sur tiene fuego que no se apaga, y tiene jinetes, y tiene un rey grande en una ciudad río arriba que se llama Qurtuba.
No sabemos cuántos soldados hay en Išbīliya.
No sabemos si la han dejado sin murallas porque son tontos o porque dentro nos espera una trampa.
No sabemos por dónde se entra y por dónde se sale.
Lo único que sabemos es que es rica, y la riqueza, hermanos, es lo que más cebos esconde.
—Hablas como un viejo —dijo Bjorn. Lo dijo medio en broma, con la sonrisa puesta, pero el filo estaba debajo, y la asamblea lo notó—. Hablas como si fuéramos comerciantes y no lobos. Un lobo no estudia a la presa tres días. Salta.
—Un lobo que salta sobre un erizo se llena el hocico de púas y se muere de hambre mirándolo.
—Hrafn lo dijo sin alzar la voz, sosteniéndole la mirada a su hermano por encima de las cabezas—.
Esto es lo que vamos a hacer. Mañana no sube la hueste.
Suben tres barcos, cien hombres, los más callados, a reconocer.
Quiero saber por dónde se entra a la ciudad, dónde está la guarnición si la hay, dónde duerme el gobernador, por dónde se huye si las cosas van mal y por dónde se carga el botín si van bien.
Quiero saber qué hay un día de río arriba de la ciudad, no sea que nos echemos a saquear y nos caiga encima un ejército que bajaba ya.
Dos días de ojos antes que un día de hacha.
Cuando sepamos eso, subimos todos, y entonces, Bjorn, te juro por el túmulo de mi mujer que no te voy a frenar.
Pero hasta entonces, mando yo, y mando que miremos antes de morder.
Se hizo un silencio. Hrafn lo sintió pesar.
En una asamblea del norte, el jarl proponía, pero la hueste decidía.
Por un momento la balanza tembló entre dos cosas.
De un lado, el furor de Bjorn, que prometía oro esa misma semana.
Del otro, la cautela de Hrafn, que prometía oro pero más tarde y con menos muertos.
Hrafn vio a los hombres dudar. Vio a Thrand, el callado, el más fiel a Bjorn, abrir la boca para gritar que subieran ya.
Y entonces habló Ulf Barbablanca, desde el fondo, con su voz vieja y cansada que la hueste respetaba porque Ulf había enterrado a más compañeros que ningún otro.
—Yo subí al sur hace treinta años con la flota de Halfdan —dijo Ulf—.
Éramos cuatrocientos. Volvimos sesenta. Y no nos mató la ciudad, hermanos.
Nos mató la prisa. Entramos a saco sin mirar, y mientras llenábamos los sacos, los del sur nos cortaron la retirada y nos quemaron los barcos.
Los que no morimos a hierro morimos de hambre y de fiebre en una isla como esta, esperando unos barcos que ya no estaban.
—Miró a Bjorn, sin desafío, solo con el peso de lo vivido—.
El oro de esa ciudad seguirá ahí dentro de tres días, muchacho.
Y nosotros también, si Hrafn hace lo que dice.
Eso decidió la asamblea. No la elocuencia de Hrafn, sino la cicatriz de Ulf.
La hueste, que ama el oro pero ama más volver a contar el oro, se inclinó por la cautela.
Hubo un murmullo de asentimiento, y luego golpes de hacha contra escudo.
Ese era el sí de la asamblea. La cosa quedó decidida: tres barcos de reconocimiento al alba, la hueste a la espera.
Hrafn bajó del tocón. Mientras los hombres se dispersaban hacia las hogueras, Bjorn se le acercó. No estaba furioso; eso habría sido más fácil. Estaba dolido, que era peor.
—Otra vez me frenas delante de todos —dijo, en voz baja, solo para Hrafn—. En Lisboa, en la barra, aquí. ¿Te das cuenta de cuántas veces, hermano? Empiezan a contarlas, los hombres. Cuentan cuántas veces el Rojo levanta el hacha y el Cuervo le baja el brazo.
—Los estoy manteniendo vivos, Bjorn.
—Los estás amansando. —Bjorn negó con la cabeza, despacio—. Te quiero, hermano. Más que a nada vivo, lo sabes. Por eso te lo digo: el día que un jarl tiene más miedo de la presa que hambre de ella, deja de ser jarl. Y yo no quiero ver ese día. No me obligues a verlo.
Se fue hacia las hogueras, donde los hombres lo recibieron como recibían siempre al Rojo, con risas y sitio junto al fuego.
Hrafn se quedó solo en el claro, entre los tarajes.
La última luz roja se apagaba sobre las marismas y subían las primeras columnas zumbantes de mosquitos.
Tenía razón Bjorn en lo de las cuentas. Los hombres contaban.
Y tenía razón en lo otro, en lo del jarl que teme la presa, aunque se equivocara en la causa.
Hrafn no temía a la ciudad. Lo que sentía, mirando hacia el norte, hacia donde Išbīliya dormía sin murallas bajo las estrellas grandes del sur, no era miedo.
Era algo para lo que no tenía nombre, una desgana honda, una pregunta sin formular: ¿para qué?
Para qué un saqueo más. Para qué un oro más que enterrar en un túmulo.
No podía decirlo. No había en él aún el valor de decirlo.
Pero estaba ahí, en el fango de la isla, esperando, como esperaban los mosquitos a que cayera del todo la noche.