Yusuf de Išbīliya
Tres días antes de que las velas de los dragones cruzaran la barra, Yusuf ibn Bishr discutía con su madre sobre el precio del lino. El mundo todavía tenía sentido.
—Cuatro dírhams la vara es un robo —decía Riquilda desde el rincón en sombra del patio. Se sentaba siempre allí a esa hora, cuando el sol pegaba demasiado para sus ojos viejos—. En tiempos de tu abuelo se pagaba uno y medio, y era mejor lino.
—En tiempos de mi abuelo todo costaba la mitad y la gente se moría a la mitad de años, madre. —Yusuf enrollaba la pieza de tela con cuidado, alisando los dobleces—. El que quiera lino de antes que se muera de antes.
Su madre soltó una de sus risas secas, de pájaro viejo.
Riquilda tenía más de sesenta años, una cifra que en Išbīliya no alcanzaba casi nadie.
Los llevaba como lleva un olivo sus inviernos: torcida, dura, con la corteza agrietada y la savia aún corriendo dentro.
La habían traído al sur de niña, cautiva, de una tierra de bosques al otro lado de los montes, de los francos.
Fue en una de aquellas razzias de hacía medio siglo.
La vendieron en el zoco de Sevilla como se vendía entonces a las muchachas de piel clara.
Bishr, el padre de Yusuf, mercader de telas, la había comprado para la casa.
Acabó casándose con ella a su manera, libertándola, dándole un hijo.
Riquilda nunca había vuelto a ver su tierra de bosques.
Pero no la había olvidado. En la lengua de aquella tierra le había cantado a Yusuf de pequeño.
Era una lengua áspera y llena de aristas que se parecía, decía ella, a la de los frisones que bajaban a comerciar a los puertos.
Por eso Yusuf, sin saber muy bien para qué, llevaba en la boca un puñado de palabras del norte que nadie más en la ciudad conocía.
Era escribano, además de tratante. Sabía el árabe culto de los documentos y el romance que hablaba el pueblo por la calle.
Sabía también el latín de los libros de la iglesia mozárabe, donde su madre lo había hecho bautizar a escondidas del padre, y aquellas palabras del norte de su madre.
Yusuf vivía entre lenguas como otros viven entre orillas, sin ser del todo de ninguna, traduciendo.
En una ciudad como Išbīliya se cruzaban árabes y bereberes y muladíes y cristianos como él y judíos.
Allí, un hombre que entendía a todos y a quien todos entendían no pasaba hambre.
Redactaba contratos y cerraba tratos entre gentes que no se fiaban unas de otras.
Ponía por escrito en árabe lo que un cristiano juraba en romance.
Era un puente. Y los puentes, en una ciudad de muchas orillas, siempre tienen trabajo.
—Hoy hay revuelo en el zoco —dijo Riquilda, cambiando de tema con la brusquedad de los viejos—. Lo he oído pasar. Algo de barcos.
—Siempre hay barcos, madre. Es un puerto.
—Barcos malos, decían. Barcos del norte.
Yusuf dejó de enrollar el lino.
Había oído algo, sí, pero no le había dado importancia.
En Išbīliya siempre corría algún rumor de catástrofe, y nueve de cada diez se deshacían en nada antes de la siguiente luna.
Una sequía que venía, una peste en Qayrawan, una rebelión en la frontera.
La ciudad vivía de hablar tanto como de comerciar.
Pero «barcos del norte» era un rumor nuevo, y los rumores nuevos a veces eran los verdaderos.
Salió esa tarde a tomar el aire por la orilla del río, hacia el embarcadero.
Allí se enteraría de algo si había algo que saber.
Išbīliya bajaba hasta el agua en un desorden alegre de callejas blancas, de huertos con higueras y granados asomando por encima de las tapias.
Sobre todo se alzaba la torre cuadrada de la mezquita mayor, todavía pequeña y humilde comparada con la de Córdoba.
Desde ella el almuédano llamaba a la oración de la tarde.
Era una ciudad confiada. Yusuf lo pensó esa tarde por primera vez con inquietud, mirándola: una ciudad sin murallas.
Las había tenido, de piedra romana, fuertes.
Pero el emir Abd al-Rahman, que Dios prolongara sus días, las había mandado desmochar años atrás.
Išbīliya era ciudad levantisca, dada a rebelarse contra Córdoba, y un emir prudente no deja murallas en pie a un súbdito que muerde.
Tenía sentido, mientras el peligro viniera de dentro.
Pero una ciudad sin murallas frente a un peligro que viniera de fuera, del río, del mar...
En el embarcadero había corro de gente y voces subidas.
Un patrón de barca que bajaba de Coria contaba lo que un primo suyo le había contado, con los ojos todavía asustados.
El primo, a su vez, lo había oído de un pescador de la barra.
En la desembocadura del río habían aparecido naves nunca vistas, largas y bajas, con cabezas de bestia en la proa.
Eran muchas, lo menos diez. Y estaban subiendo.
Decían que eran los al-majūs , los adoradores del fuego, los que habían quemado Lisboa, y antes Gijón, y antes ciudades de los francos al otro lado del mundo.
Que venían a quemar y a robar y a llevarse gente para venderla como ganado.
—Que no cunda el pánico —decía un hombre gordo, un funcionario del zoco con cara de no creerse del todo lo que decía—. El gobernador habrá tomado medidas. Habrá soldados. El emir no va a dejar que cuatro paganos del fin del mundo...
—¿Qué soldados? —le cortó una mujer—. La guarnición no llega a doscientos hombres, y la mitad están cobrando impuestos por la campiña. ¿Y las murallas? ¿Dónde están las murallas, listo? ¡Nos las tiraron ellos mismos!
El funcionario no supo qué responder, y eso, a Yusuf, le dio más miedo que cualquier rumor. El miedo de un pueblo no prende cuando un loco grita en una esquina. Prende cuando un hombre prudente, un funcionario gordo y cómodo, se queda callado porque no encuentra el argumento que lo desmienta.
Volvió a casa al anochecer con el corazón encogido. Riquilda lo esperaba en el patio, a oscuras ya, una sombra pequeña en el rincón.
—Son ellos, ¿verdad —dijo. No era una pregunta—. Los del norte.
—Eso dicen, madre.
La oyó suspirar en la oscuridad, un suspiro largo que venía de muy lejos, de una tierra de bosques al otro lado de los montes.
—Yo los vi una vez, de niña —dijo Riquilda—.
No a estos. A los suyos, a los de mi tierra, los que bajaban por nuestros ríos igual que estos bajan por el vuestro.
Por eso estoy aquí, hijo. Vinieron los del norte y se llevaron a media aldea, y a mí me vendieron.
—Su voz era serena, sin rencor, la voz de quien hace mucho que hizo las paces con su propia historia—.
Cogen lo que pueden cargar y queman lo que no.
No entienden otra cosa. No vienen a quedarse. Vienen a llevarse.
—¿Y qué hacemos?
—Lo que hizo mi gente y no le sirvió de nada: rezar y esconder lo poco que valga.
—Riquilda extendió hacia él una mano nudosa en la oscuridad, y Yusuf se la cogió—.
Tú escóndete bien, hijo. Eres joven y vales en el mercado de esclavos, y eso es lo peor que se puede ser cuando llegan los del norte.
Yo soy vieja y no valgo nada, y por una vez en la vida eso es una suerte. A mí me dejarán. A ti te cogerán.
Yusuf apretó la mano seca de su madre y no dijo nada, porque no había nada que decir.
Sobre los tejados blancos de Išbīliya, el cielo se llenaba de las primeras estrellas.
Eran las mismas que verían esa noche, río abajo, unos hombres de pelo claro acampados en una isla de fango, mirando hacia la ciudad sin murallas.
Y en algún lugar de la oscuridad, hacia el sur, donde el río se ensanchaba hasta perderse, Yusuf creyó oír, o se lo imaginó, el chapoteo lento de muchos remos.