Hijos de la Sangre (Serie Kat Drummond 14)
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1. Guerra
Guerra
La guerra nunca termina. Incluso cuando crees que estás a salvo.
Incluso cuando has disparado tu último cartucho hace toda una vida, los ecos de la guerra persistirán en tu cabeza.
Y, aun cuando todos tus camaradas lleven muertos mucho tiempo, seguirán susurrándote.
Para recordarte tu pérdida. Para hacerte prometer, una y otra vez…
No olvides nunca.
Y no perdones jamás.
Atravesé a toda prisa los callejones acres de este suburbio asilvestrado, que reventaba por las costuras de pobreza, aguas residuales y hedor. Era como una ampolla, a punto de explotar. Y en su interior había un pus sangriento.
Algo en el fondo de mi mente se estremeció ante el hedor omnipresente a neumático quemado.
La señal de una línea wey sucia y de magia oscura.
Mis instintos se resistían a ello. Pero, hacía mucho que había aprendido a tolerarlo.
Al estar en el Cuerpo, había pasado la mayor parte de mi vida en las sombras. ¿A qué otro lugar iba a ir?
Los moradores de la oscuridad me lo arrebataron todo, incluida la luz. Así que me adentré en sus dominios. Respiré el hedor de la magia oscura. Encendí la antorcha de mi fuego purificador. Y les arrebaté todo a ellos a cambio.
Giré en redondo al oír un estrépito. No sabría decir si era de día o de noche.
Estas casas de vecinos y chabolas estaban construidas unas encima de otras como si hubieran sido diseñadas por un niño con demasiadas piezas de Lego.
Aunque el sol brillara arriba, no sabía si podría atravesar la estructura sobre mi cabeza.
Esto dejaba los interminables y sinuosos pasadizos sumidos para siempre en la oscuridad, iluminados solo por alguna bombilla o vela ocasional.
Mi foco de mano me habría venido de perlas. Pero se me había caído más temprano esa noche (¿o sería más temprano ese día?). Era una pieza de equipo resistente, pero las garras de un vampiro eran más potentes. No había tenido ninguna oportunidad.
Apreté los dientes al oír más ruidos detrás de mí. Unas sombras se cruzaron a lo lejos. Negro sobre negro. Sutiles. Casi invisibles. La mayoría de la gente no se daría cuenta. Pero yo no era como la mayoría de la gente.
Yo era del Cuerpo.
Acerqué la mano lentamente al bolsillo de mi chaqueta. No quería usar esto. Solo me quedaba una. Pero prefería quedarme sin ella a acabar muerto.
Se hizo el silencio. No más ruidos. Contuve el aliento. Los suburbios nunca eran un lugar relajante. Cuando estaban vivos, eran estrepitosos e implacablemente caóticos. Pero, cuando caía el silencio, se trataba de la inquietante quietud previa a la matanza.
El silencio que oías y sentías en los huesos cuando sabías que un depredador te acechaba desde las sombras.
Pero, ocurre lo siguiente con el Cuerpo. Somos presas, por supuesto. Y los vampiros son el superdepredador. Pero, mientras se lamen los labios y juegan con nosotros como si fuéramos ganado, nosotros nos preparamos. Afilamos nuestras lanzas. Apuntamos. Y… asestamos el golpe.
Silenciosa, sin esfuerzo alguno, la sombra se abalanzó sobre la pared y cruzó el techo. Envuelto en la oscuridad, un hombre de ojos rojos y una reluciente sonrisa colmilluda corría boca abajo, sin que sus pasos emitieran sonido alguno. Entonces, saltó.
Sin sonido. Sin respiración. No eran vástagos entonces. Llevaban mucho tiempo siendo vampiros. Habían desangrado a mucha gente. Matado personas. Matado familias. Como la mía…
Pero a mí no me matarían.
En un solo movimiento, saqué la granada aturdidora del bolsillo, tiré de la anilla y se la metí en la boca al vampiro que estaba en el aire. Aturdido incluso antes de que estallara, el vampiro se quedó flácido. No tenía demasiada experiencia, por lo visto.
Agarré a la criatura por el hombro, aprovechando su impulso para lanzarla sobre el mío, chocando con las sombras que me acechaban a la espalda. Los siseos rompieron el silencio cuando la granada detonó. Eso me daría un momento. Todo lo que necesitaba.
Eché a correr, sin hacerme ilusiones de que pudiera dejar atrás a un vampiro, pero sabiendo que necesitaba encontrar un terreno mejor. Para luchar contra ellos en mis propios términos.
Esta colmena era su territorio. Tenían la ventaja. Pero también eran arrogantes. Los vampiros siempre eran arrogantes. Cometerían un error. Porque no sabían quién era yo. Qué era yo. Me gustaba pensar que, si lo supieran, no me habrían perseguido.
Doblé una esquina, pulsando el botón de un dispositivo que llevaba en la mano mientras lo estampaba contra la pared de la esquina.
Tres, dos, uno…
Un grito casi humano reverberó por los pasillos, deformado por el metal de las chabolas, mientras la carga que coloqué abría un agujero en uno de mis perseguidores.
Uno menos. Probablemente no por mucho tiempo. A los vampiros no se les daba bien morir.
Me tiré al suelo. No tenía ningún tipo de observación racional que me sugiriera que debía agacharme, pero había aprendido a confiar en mi instinto.
Mis instintos se vieron reivindicados cuando un fragmento de energía oscura abrió un agujero del tamaño de un puño en una pieza de hierro corrugado justo delante de mí.
¡Justo lo que me faltaba, joder! Los vampiros ya eran una cosa, pero los magos vampiros eran otra sarta de mierda totalmente distinta.
Me levanté con rapidez y reanudé mi carrera, esquivando y zigzagueando mientras los proyectiles oscuros volaban hacia mí, siseando y chisporroteando.
Necesitaba llegar a un buen punto de defensa. Preferiblemente, algún lugar al aire libre. Si podía mantenerlos en marcha el tiempo suficiente, empezarían a distraerse por la inminente salida del sol. Eso les daría miedo. Les haría cometer errores.
Lástima que este maldito lugar no tuviera ni pizca de orden. Ni siquiera recordaba cómo había entrado. Ni cuánto tiempo hacía que lo había hecho.
En un cruce, giré a la izquierda, confiando en mi instinto. La sala estaba bien iluminada. Eso era algo. Los vampiros podían ver en la oscuridad. Yo no. Necesitaba nivelar el campo de juego.
Me detuve en seco.
No, no, no… esto no podía estar bien. Mi instinto me había dicho que viniera por aquí. Y no había habido callejones sin salida en ninguna otra parte. Eso era lo que pasaba con esta colmena. Cada dirección seguía eternamente.
Pero parece que me equivoqué. Porque estaba mirando una pared de hormigón, iluminada por el fluorescente más inútil del mundo.
Oí los pasos. Ya no intentaban esconderse. Y no atacaron. Sabían que me tenían acorralado.
Oí susurros. Una risa siseante. Y el chasquido de labios y lenguas. Se acercaron lentamente. No me di la vuelta.
Se acabó el correr. Se acabó el esconderse. Había matado a media docena de vampiros en este suburbio. Media docena de monstruos que no podrían hacer daño a nadie más. Mi muerte sería un consuelo digno.
Mi único lamento era que el Cuerpo perdería a otro…
Giré en redondo, con un cuchillo de combate plateado en la mano, mientras un vampiro se acercaba amenazadoramente. Me agarró la muñeca como si bloqueara el golpe de un niño y la retorció. Hice una mueca de dolor, intentando aguantar, pero todo el mundo tiene un límite. Solté el cuchillo.
Otro vampiro, con el rostro lleno de una rabia que lo hacía parecer casi humano, se acercó a mí y me propinó un puñetazo en la cara, enviándome tambaleante al suelo. Saboreé la sangre.
—¡No lo matéis! —siseó el líder de la manada. Sostenía mi cuchillo, probando el filo. Vi salir humo de donde tocaba su piel.
—¿Por qué, Moss? El cabrón mató a Laurie. La cortó en pedacitos y la dejó fuera al sol.
—¿Se curó lo suficiente como para gritar? —pregunté, sonriendo.
La boca colmilluda del vampiro se quedó abierta, antes de arremeter contra mí. Su jefe lo agarró por la capucha, tirando de él hacia atrás para que chocara contra la pared que tenía detrás.
Un tercer vampiro intervino.
—¿Por qué estamos jugando? ¡Era tu hermana!
Moss, el líder evidente, siguió jugueteando con mi cuchillo. Su expresión era inexpresiva.
—Ella desangró a una familia entera —siseé—. Lo que le hice fue demasiado bueno para ella.
Oí el bofetón antes de sentirlo. La vista me dio vueltas mientras me arrastraba por el suelo, con la grava raspándome la mejilla. Sentí que me levantaban de nuevo.
—Me importa una mierda lo que hiciera —gritó Moss finalmente, aunque su expresión impasible se mantenía. Me levantó por el pescuezo.
—Tú la mataste. Y eso significa que voy a desangrarte. ¡Pero no antes de que nos digas quién eres! No estás con los Cruzados ni con el maldito Whiteshield. ¡¿Quién eres?!
A pesar de la visión borrosa, el dolor y el pitido en mis oídos, sonreí. Sentí el escozor en mis dientes donde se habían astillado.
—Prueba mi sangre, monstruo. Saborearás décadas de sacrificio. Décadas de odio. Sabrás lo que he hecho. Y sabrás lo que te habría hecho a ti. Desángrame. Me reuniré con mis hermanos en la muerte.
Moss y los otros vampiros se quedaron atónitos. El que me había pegado dio un paso atrás, con sus ojos rojos muy abiertos.
—No puede ser… —susurró el otro.
—Solo hay una forma de averiguarlo… —siseó Moss, y pasó sus manos con garras por mi manga, rasgando la tela.
12-2. Un número sencillo tatuado sobre la imagen de una calavera con colmillos y una daga atravesándole la cabeza.
Moss me soltó. Su fachada impasible se desmoronó. Sus ojos rojos parpadearon y articuló dos palabras. Ni siquiera pudo decirlas en voz alta. Pero las oí en mi cabeza y en mi corazón.
Cuerpo de Exterminio.
El estruendo de los disparos resonó por el pasillo.
—¿Qué cojones? —juró el otro vampiro, despertando de su ensimismamiento.
Los ojos de Moss se agrandaron.—¡Krang todavía está fuera!
Se volvió hacia mí, enfadado, pero con un miedo apenas velado. Se estremeció.
—¿Cuántos de vosotros hay?
Cero. El Cuerpo había desaparecido…
Sonreí.—Infinitos…
Un fuego dorado inundó la sala, su crepitar acentuado por el ensordecedor tableteo de las ametralladoras. El vampiro de atrás chilló mientras las balas lo evisceraban.