EPÍLOGO
La casa está plagada de bombillas de colores, y huele a pan de ajo, a marisco y a cordero.
El fregadero está lleno de platos sucios, aunque estoy segura de que durarán poco ahí, porque la reforma que Uxía ha liderado ha convertido este espacio en el culmen de la eficiencia y la profesionalidad.
Eso sí, no ha perdido el corazón de la casa, y la mesa del centro sigue siendo nuestro espacio favorito para desayunar.
También es el espacio predilecto de Antía para que le cambien los pañales, a pesar de que tenemos tres cambiadores repartidos por la casa entre el baño de arriba, el de abajo y su dormitorio.
Su dormitorio.
El dormitorio de Antía.
Cuando Indi comenzó las obras a mediados de noviembre, tuve miedo.
Durante días soñé que los muebles de madera clara y preciosa, el papel pintado con animalitos y las cortinas con nubes, soles, lunas y estrellas se evaporaban, arrasadas por una oscuridad hambrienta.
Pero no ha sucedido. La reforma fue rápida y quedó lista justo a tiempo, el 28 de noviembre.
El uno de diciembre, exactamente a la una de la madrugada, Antía llegaba al mundo.
Dudamos si dar esta pequeña fiesta, porque un bebé de menos de un mes es todavía muy pequeño, pero Uxía nos convenció.
—¡¿Cómo no vamos a celebrar el año nuevo?! ¡¿Es que estáis dementes?!
No hubo manera de hacerla cambiar de opinión. Ha venido su madre desde Vigo, Encarna, la cuadrilla de Indi y sus jefes del centro de mayores, para agradecerles la paciencia que han tenido con ella.
En realidad, la fiesta es más de Uxía que de nadie. Ahora, atiborrados de manjares y algo borrachos, ocupamos nuestros puestos frente al televisor, mientras ella, sentada en la mecedora de mi abuela, pizpireta y feliz, sostiene en brazos a Antía, pegada a su pecho.
—¿No quieres echarte un rato? —le pregunta su madre.
—Estoy bien, mamá —mira con ternura a su hija y le aparta la manita de la cara con delicadeza—. Estamos muy bien, de verdad.
Acuna a Antía con devoción y la pequeña se despereza con movimientos lentos justo cuando Sombra se acurruca en el reposapiés junto a ellas.
La pequeña y esponjosa gata gris apareció de la nada el mismo día en que Uxía volvió del hospital con Antía, y no se ha separado de la niña desde entonces.
El nombre se lo puso Uxía, y no creo que exista uno más adecuado.
—Estaba destinada a tener ese nombre —dije cuando Uxi la bautizó, acariciándole la cabeza.
—Bueno, tú mejor que nadie sabes que eso del destino es relativo. —Indi me abrazó por la espalda y dejó un beso en mi nuca—. Por mucho que la providencia tenga planes, depende de nosotros cómo los enfrentamos. Y esta gatita tendrá que ganarse el nombre haciendo de guardiana.
Sombra respondió cabeceando contra su pierna, desarmando toda reticencia.
Indi y yo nos encargamos de traer uvas para todos.
En la televisión, los presentadores explican de nuevo el procedimiento.
Carillón. Cuartos. Campanadas. Encarna suspira y aprieta el medallón que cuelga de su cuello, a la altura del corazón, con nostalgia.
No nos lo ha dicho, pero sé que en ese guardapelo el recuerdo de Anuncia la mantiene con vida.
—¿Estáis listos? —pregunta Indi.
—Listos.
—¿Qué deseo vas a pedir este año? —me pregunta al oído.
—¿Yo? —me río—. Pues… tranquilidad, que no me viene mal, ¿y tú?
Mira hacia la escalera y me sonríe con picardía.
—Reformar ese dormitorio para poner una cama más grande y un armario donde quepa también mi ropa. Y de paso, insonorizarlo, que lo de tenerte arañándome la espalda para no gritar y despertar a estas dos me está haciendo polvo.
Lo observo con los ojos muy abiertos, colorada, y a él se le escapa la risa de la boca. Una boca que no puedo evitar besar.
—Eh, eh, eso después de las uvas —nos recrimina Uxía—. ¡Atentos!
El carillón comienza a descender y los nervios recorren el salón.
—Cuatro, tres, dos, uno…
Esta vez todos nos tomamos las uvas. Aunque Indi se atraganta con una y es incapaz de tragar más a causa de la risa.
Pero justo cuando los presentadores nos felicitan el año a gritos desde el televisor y nos abrazamos emocionados, la imagen en la pantalla se desvanece.
La radio vieja del mueble del fondo comienza a emitir una música suave y bajita. El dial se ilumina y las bombillas de colores y las lámparas se atenúan.
Por un segundo, siento el terror agarrarse a mis entrañas.
Por un segundo.
Luego escucho atentamente y se me relaja el estómago mientras mi corazón se llena de algo que no puedo explicar.
—Creía que esa radio no funcionaba —dice extrañada la madre de Indi.
—Depende de la temporada —le responde Uxía con una sonrisa de oreja a oreja, mientras mira de frente a la bebé que descansa plácidamente en sus brazos—. Diría que se acerca la temporada en la que sí funciona.
—¿Ah sí? —pregunto con sorna.
—Sí.
Uxía se coloca entre Indi y yo, y añade muy bajito, de modo que solo la oímos nosotros:
—Se ve que Antía ha salido a su tía.
Las notas de Lana de Rey se elevan por todo el salón entre las risas y los brindis.
Must be the season of the witch.