Hijas de Lilith Noviembre 2018
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Noviembre 2018

Llueve. El cielo, gris y plomizo, descarga sobre nosotros sin tregua.

Desde aquella noche no ha parado de llover.

Por eso la escalera y la rampa que dan acceso al cementerio están resbaladizos, cuajados de ese verdín que se forma sobre la piedra y que recuerda a las algas de las rocas escarpadas de la costa ferrolana.

Llueve. Y he vuelto a ponerme la falda negra con florecitas moradas, porque sé que a ellas les habría encantado verme arreglada.

Me resguardo de la lluvia con el paraguas transparente, a través del cual puedo ver los ojos enrojecidos de Indi.

Le devuelvo una sonrisa tímida, que encuentra en sus labios un reflejo fugaz, antes de centrarse en Encarna, enganchada a su brazo izquierdo.

Encarna, vestida de un luto riguroso. Encarna, que ha perdido el color y el brillo y arrastra los pies por el césped del camposanto, apoyada en el chico más triste que he visto jamás.

Dos almas en pena en la casa en que las almas descansan.

Hay flores en los nichos. Anteayer fue Todos los Santos y hasta quienes entierran a sus seres queridos en esta tierra sin sacralizar adornan sus tumbas cuando la tradición lo manda.

Hay flores en todos los nichos, en todos menos en dos. Dos nichos abiertos, dos agujeros oscuros, muy cerca el uno del otro. Pozos de olvido donde los cuerpos de dos mujeres extraordinarias descansarán para siempre.

Don Benito se acerca con el semblante lleno de arrugas y misericordia.

Sostiene la mano huesuda de Encarna y le palmea el dorso con cariño mientras le susurra algo que la avejenta todavía más.

Indi la abraza y don Benito le aprieta el hombro.

Un gesto liviano que entre hombres es como un beso en el alma.

Después se acerca a mí. A nosotras. La madre de Indi y Uxía ha ocupado su sitio a mi lado hace unos segundos.

Las lágrimas caen por su rostro pulcramente maquillado. Está muy delgada y pálida.

—Vamos a empezar ya —dice don Benito.

—Adelante, padre.

—Las acompaño en el sentimiento —las manos manchadas de años y vida del párroco acarician las de la madre de Indi y el llanto se intensifica. La abrazo. Ella inclina la cabeza y la apoya sobre mi hombro.

—No puedo creerlo —susurra.

—Lo sé —digo con dolor.

Cuando enterramos a mi abuela apenas había una docena de personas en el cementerio. Hoy, el montón de vecinos llega hasta la escalera de acceso. Una marea negra de abrigos de lana y paño y paraguas arrejuntados para evitar calarse.

Don Benito habla, pero no lo escucho. Algo sobre la vida y el legado y las tradiciones y amar incluso después de la muerte.

Lo único que oigo es el pitido de la máquina del hospital, el sonido ronco del respirador, mi corazón desbocado viendo cómo Uxía se iba.

Desde aquella noche esa imagen, esos sonidos, el olor a desinfectante y medicamentos y las lágrimas de Indi se reproducen en mi memoria como una película en bucle.

Don Benito pide a los operarios que carguen los féretros y tapien los nichos. Sobre uno de ellos, Encarna coloca unas preciosas rosas rojas. En el otro, Indi y yo dejamos una corona de lirios blancos.

El camino de regreso a casa es silencioso y tranquilo. La madre de Indi lleva a Encarna a casa. Dice que pueden sostenerse en su dolor, que les vendrá bien pasar un rato juntas. Indi y yo subimos en mi coche. No ha querido conducir esta mañana.

Al llegar a la verja de la entrada, nos quedamos parados bajo nuestros paraguas transparentes.

No sé si teme no poder acceder por los ecos de mi conjuro, por miedo a recordar lo que pasó aquí hace unos días, o por miedo a enfrentarse a nosotros.

A lo que queda de nosotros. Durante unos segundos permanecemos así, quietos uno frente a otro.

—Entiendo si no…

—Quiero entrar. Es solo que me he bloqueado. Pero quiero entrar.

—Me alegro —se me escapa una sonrisa indecisa—. Esta siempre será tu casa, Indi.

Me devuelve la sonrisa y hace un gesto con la mano para invitarme a adelantarme en el camino. Pero justo antes de subir el escalón del porche cambio de opinión, me desvío en el sendero de piedras y enfilo la entrada de la cocina.

La puerta está abierta. Dentro, la calefacción nos recibe con una caricia tibia y delicada. Se me hace extraño no encontrar a ninguna de las gatas esperándome. Supongo que ya nadie me espera en esta casa. Supongo que todo ha cambiado. Supongo que tendré que habituarme a ello.

Indi cierra la puerta con delicadeza y apoya el paraguas junto al mío.

—Vaya. Qué silencio.

—Ya. Es raro.

Nos miramos con una emoción extraña, difícil de explicar. Estamos tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo.

—¿Has pensado qué vas a hacer ahora? —me pregunta.

—La verdad es que no. —Me quito el abrigo y lo dejo sobre la mesa de la cocina—. Esta casa tiene tantos recuerdos… tanta vida en ella. Es parte de quien soy, pero tal vez sea hora de dejarla atrás.

—Ni se te ocurra pensar en eso, vamos. —La voz susurrante de Uxía se cuela por la puerta que conecta el vestíbulo con la cocina.

—Pero ¿qué haces levantada? —Indi se acerca a ella con rapidez y le ofrece un brazo para apoyarse.

—Proteger mi casa, al parecer —dice ella con cierto retintín.

Hace menos de cuarenta y ocho horas estaba conectada a un respirador, más cerca de la muerte que de la vida.

Es un milagro que esté viva. Cuando llegamos al hospital, los médicos buscaron el latido del bebé y no lo encontraron.

Conectaron a Uxía, monitorizaron sus latidos, nos prepararon para lo peor.

Nos advirtieron que era muy posible que no volviese a despertar.

La madre de Uxía apareció cuando el sol rayaba el horizonte, deshecha en lágrimas.

Indi tuvo que pasar el mal trago de explicarle que su nieta no nacería y prepararla para la posibilidad de perder también a su hija.

A las siete de la mañana apareció Encarna.

Demacrada, agotada y muy triste. Tratamos de convencerla para que se fuera a casa, pero nos aseguró que quería quedarse.

—No quiero irme. No sabiendo que Anuncia no volverá y que os dejo aquí esperando el milagro para Uxía.

Lloró con la madre de Indi y Uxía cuando supo lo del bebé, y lloró cuando el médico volvió a aparecer en la sala de espera para decirnos que las pruebas eran concluyentes.

—No hay nada que hacer —dijo—. Podemos mantenerla con vida artificialmente, pero no despertará. En situaciones como esta, recomendamos valorar la opción de retirar el soporte vital para que fallezca de modo natural y sin sufrimiento. Volveré a las 8, piénsenlo —agregó el médico antes de retirarse.

Eran las ocho y cinco cuando el doctor y dos enfermeros entraron en la habitación.

Eran las ocho y seis cuando Indi besó la mejilla fría y pálida de Uxía.

Eran las ocho y siete cuando su madre, deshecha en lágrimas, se despedía de ella.

Eran las ocho y ocho minutos de la mañana del uno de noviembre, cuando Uxía, desahuciada y condenada, decidía volver a abrir los ojos con un pestañeo débil, mientras los monitores conectados a su cuerpo comenzaban a emitir una sinfonía frenética de pitidos.

Eran las ocho y media de la mañana del uno de noviembre cuando los médicos nos dijeron que no había explicación, pero tampoco daño cerebral aparente.

Eran las nueve y treinta y nueve minutos de la mañana del uno de noviembre cuando el doctor nos comunicaba, con un gesto de desconcierto absoluto, que debían haber cometido algún error, porque el feto tenía latido. Un latido, dijo, fuerte y rítmico.

Ayer por la tarde, Uxía se cansó del hospital. Pidió el alta voluntaria, que se saldó con una reprimenda de su madre, y convenció a Indi para que la llevase al que aseguró que era «el hogar de su bebé».

—¿Cómo ha ido el funeral? —pregunta mientras Indi y yo la acompañamos al salón y la ayudamos a sentarse en el butacón junto a la ventana.

—Normal, supongo —me encojo de hombros—. Triste.

—Ha sido horrible ver a Encarna despedirse de Anuncia —comenta Indi—, aunque fue bonito ver a tantos reunidos. Bueno, y a tantos cotillas. Supongo que el regreso de Betsabé, aunque fuese en una caja, causó cierta expectación.

—¿Y mamá? ¿Qué tal está?

—Adoraba a Anuncia, ya lo sabes. Se ha quedado con Encarna en casa. Supongo que vendrá luego a verte, no creo que deje pasar la oportunidad de volver a tratar de convencerte para que te vayas con ella a Vigo.

Uxía niega con la cabeza.

—Esta es mi casa —dice con tono cantarín—. Nuestra casa.

—Supongo que por nuestra te refieres a tuya y mía —digo mientras me siento en el sofá.

—No, digo mía y de Antía.

Indi y yo nos miramos desconcertados.

—¿Antía? —Es Indi quien pregunta.

—He pensado que sería un buen nombre para la niña. Ya sabes, siguiendo la tradición de las brujas Alén, un nombre que empiece por A.

—Es un nombre precioso —digo—. Espero estar a la altura de lo que Antía requiera de mí, su tía.

—Bueno —Uxía se recuesta en el butacón sosteniéndose el vientre pesado—, para empezar, va a requerir que despejéis la cocina, porque la obra empieza el próximo lunes.

—Vaya, no has perdido el tiempo…

—Se supone que de eso me ocupaba yo —Indi parece enfadado, pero al mirar más detenidamente, descubro la felicidad que ahora transmiten sus ojos.

—No, hermanito, tu trabajo es arreglar de una vez por todas el dormitorio de Amparo, porque, como comprenderás, tu sobrina necesitará un cuarto propio, y dormir sobre pentagramas sangrientos y bajo agujeros en el tejado no es una opción.

—Oído cocina. —Indi se cuadra con un gesto militar.

Se me escapa una carcajada.

—¿Significa eso que te quedas? —pregunto esperanzada.

—Significa que nos quedamos.

—Me alegra que Antía y tú os quedéis en la casa.

—Antía aún no ha nacido, queda mucho para que tenga poder de decisión, Amanda. Ese «nos» se refería a Indi y a mí.

Me giró para encarar a Indi, de pie tras de mí. Tiene los ojos muy abiertos y un gesto de asombro muy gracioso.

—¡Uxía! —Su tono agudo y sobresaltado me hace reír.

—¿Qué? ¿Qué esperabas? ¿Que el coma me hubiese borrado la memoria?

Tío, no sé qué cojones pasó entre vosotros ni por qué dejaste de dormir en esta casa, y la verdad, no me interesa.

A mí no me la dais, vosotros os traéis algo desde hace meses.

No veo qué sentido tiene que te quedes en ese piso triste y canijo cuando en esta casa están reunidas todas tus chicas favoritas.

El tono juguetón de Uxía me ayuda a disimular mi nerviosismo. Las manos trémulas de Indi me ayudan a sentirme acompañada.

Comemos juntos en la cocina una lasaña de verduras que Uxía preparó antes de que todo pasase.

Después nos tiramos en el sofá a ver una película, y a media tarde, su madre se acerca a tomar café.

Es casi medianoche cuando Indi se levanta del sillón en el que hemos dormitado la última hora de una película lentísima que Uxía eligió.

Aunque ella se rindió hace ya un buen rato y se fue a dormir, agotada.

—Bueno —se pone en pie y luego se despereza. Con el gesto, el jersey negro deja entrever la camisa que lleva debajo y un pequeño fragmento de la piel suave de la cadera—, debería irme.

—Oh. —Me levanto, desconcertada. ¿Qué debo hacer? ¿Acompañarlo a la puerta? ¿Sugerirle que se quede?

—Sí, no quiero que se me haga muy tarde, si salgo ahora puedo estar de vuelta antes de la una con la maleta.

—¿Maleta?

Indi baja los brazos y, de camino, me rodea la cintura. De un tirón suave me acerca a él. Huele a canela, a madera y a algo parecido al hogar.

—Sí, no voy a traerme la ropa en bolsas de basura. —Su sonrisa se tuerce ligeramente. Los dedos de su mano derecha trazan círculos pequeños en la base de mi espalda—. Y el resto de las cosas, bueno, ya lo arreglaremos cuando arreglemos lo nuestro.

—¿Lo nuestro? —Ahora soy yo quien sonríe de medio lado. Alzo los brazos y me cuelgo de su cuello. Acerco mi boca a la suya con intención.

—Lo nuestro.

Nunca había imaginado que la palabra más bonita que puedes oír antes de un beso es «nuestro». Pero lo es.