Octubre 2018
Ante mis ojos, ciegos, se revela la verdad.
Puedo verlo todo. A mi abuela, a mi madre, a Circe.
A mí misma, de niña, conjurando sabores en la fruta, haciendo crecer las flores en invierno en este jardín.
Puedo ver a mi madre soñando con la oscuridad, con la amenaza que se cernía sobre mí.
A mi abuela, intuyendo mi destino. Y a ambas tratando de protegerme.
Puedo ver la oscuridad arrebatándoles sus poderes.
Primero, a mi madre. Después, a mi abuela.
Veo a todas las que me precedieron y a las que me seguirán.
A Astrid separando la luz de la oscuridad, y a los dioses antiguos castigándola por su ignorancia.
Puedo ver los errores, los aciertos, lo bueno, lo malo, lo vivo, lo muerto.
Puedo ver la salida, y también los múltiples universos en los que esa salida es otra, pero siempre acaba igual.
Puedo ver el nexo en que luz y oscuridad se vuelve sombra y lo alumbra todo.
La visión me sacude, y cuando vuelvo a abrir los ojos, la visión es real.
Muy real. Como yo lo fui para Uxía cuando estaba separada de mi cuerpo.
Astrid, gris como una sombra de árbol en verano.
Mi abuela, blanca como un relámpago. Mi madre, dorada como el sol.
Blanco, gris, naranja. Flanquean el cuerpo de la gata enorme que ha dejado de ser mi gata, porque ya no la habitan.
Sus caras sin rostro me sonríen, sus ojos me invitan a abrazar mi destino.
Sé lo que debo hacer.
Me sitúo frente a ellas. A mi izquierda, Uxía se apoya en Indi. A mi derecha, Anuncia en los brazos de Encarna.
Frente a mí, una docena de hombres y mujeres vestidos de negro se esconden tras el cuerpo herido de Betsabé, cuyos ojos se entrecierran a causa del odio.
Y junto a ella, la sombra más negra de todas, cabellos ondeando ingrávidos sobre un cuerpo sin entrañas, ojos ambarinos, como los de la gata que la albergó, Circe se encara a su destino.
Sobre nosotros las lenguas de fuego se tornan negras, coronadas por chispas de un rojo incendiado y letal. La espiral aumenta su ritmo, su entropía mortal se acelera.
Tomo las manos de Uxía y Anuncia. Están frías. Sus cuerpos mantienen un equilibrio precario pero suficiente. Podremos con esto.
Cierro los ojos y dejo que todo el poder de esta estirpe de brujas que se equivocaron, que fallaron, que erraron en el pasado, se canalice a través de mi voz.
Reclamven eira poter d’eira lux e d’oscuven. Reclamven per mi claval eira poter d’umbraval. Deivrel d’eira lux, audren mi mandral. Deivrel d’oscuven, sometraven a mi volral. Lesven mi eira poter, equilibren lo ke fravrel. Sean eira selval druvan su trunal.
(Reclamo el poder de la luz y la oscuridad. Reclamo para mi clan el poder de las sombras. Dioses de la luz, escuchad mi mandato. Dioses de la oscuridad, someteos a mi voluntad. Entregadme el poder, equilibrad lo que se ha roto. Que la elegida ocupe su trono).
El fantasma sin rostro de Circe se retuerce ante nuestros ojos.
Entonces grita y se convierte en humo negro, y se eleva, se eleva, se eleva hasta el vórtice, imparable, justo al tiempo que las llamas carmesíes descienden sobre la habitación y envuelven los cuerpos del aquelarre de Betsabé y el suyo propio.
Seis hombres y seis mujeres reducidos a cenizas en unos segundos.
Cuando las llamas se consumen Betsabé cae muerta sobre el pentáculo de tiza.
Al girarme, la gata tricolor me mira con intriga. Ni rastro de Astrid, de mi abuela, de mi madre. Se da media vuelta y se encamina hacia el pasillo con desinterés. Justo entonces, oigo el hondo lamento de Encarna.
En su regazo yace Anuncia, muerta. Encarna la abraza con ternura y deja que las lágrimas bañen su rostro y el de la mujer que ha amado toda su vida, y que ha dado la suya por salvar la mía. La nuestra.
—Encarna, lo siento tanto, yo…
—¡Uxía!
El grito de Indi me paraliza antes de que pueda acercarme a mis tías.
Indi cubre con su cuerpo la figura de Uxía; no puedo verla a ella, pero sí el charco de sangre que se ha formado a sus pies y empapa los tablones del suelo del dormitorio de mi madre.
Sobre nuestras cabezas, el vórtice se repliega sobre sí mismo, dejando un silencio sepulcral y un rastro de muerte. Nada más.