Hija hucow (El club Hothouse nº 4) UNO
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UNO

Aisha

Debo de estar volviéndome loca. Ha pasado un año desde que mi madre se divorció de Trent, así que ¿qué hago siguiéndolo como una acosadora?

Aprieto el volante mientras su coche gira hacia una calle tranquila bordeada de setos recortados y casas adosadas de lujo.

Esta parte de la ciudad huele a dinero y a árboles viejos.

Las casas son impecables y hermosas, dispuestas en hilera.

Si no fuera por Trent, jamás vendría a un lugar así.

Pero supongo que tiene dinero suficiente para conocer a alguien que vive aquí.

Me muerdo el labio, preguntándome qué narices estoy haciendo.

Me gradué, tal como se suponía. Cuatro años de trabajos, plazos de entrega, arrastrándome semestre tras semestre mientras fingía estar bien.

Ahora paso el día entero sentada en un cubículo gris de oficina, respondiendo correos que me van chupando la vida poco a poco.

No puedo dejarlo, por muy vacía que me haga sentir, porque ese sueldo es lo único que me separa de volver a vivir con mi madre.

Eso no volverá a pasar. Jamás.

Cuando volví de la universidad, todo entre mi madre y Trent ya se había resquebrajado.

La calidez que recordaba de antes había desaparecido.

Discutían constantemente, con voces tensas y agotadas, sobre que ella nunca estaba en casa y sobre cómo trataba sus tarjetas de crédito como si fueran un pozo sin fondo.

Trent nunca fue tacaño, ni con el dinero ni con la gente, pero hasta él tenía límites.

Mi madre no. Nunca aprendió cuándo parar.

Se separaron sin hacer ruido. El divorcio llegó poco después.

Al principio intenté vivir con mi madre.

Duró tres meses. Se quejaba de todo lo que hacía, de todo lo que me ponía, de todo lo que no le contaba.

Me sentía vigilada y atrapada, y peor aún, sentía que no tenía espacio para ser yo misma.

Quería libertad. Quería intimidad. Quería explorar partes de mí que siempre habían estado enterradas bajo reglas y expectativas.

Así que me fui.

No he vuelto a ver a Trent desde entonces. No de verdad. Pero nunca lo olvidé.

El enamoramiento nunca se desvaneció, por mucho que intentara enterrarlo.

Salí con chicos en la universidad, fui a fiestas, dejé que me besaran, pero nunca pasó de ahí.

Cada vez que alguien me tocaba, algo no encajaba.

Mi mente siempre volvía a un hombre al que se suponía que nunca debía desear, un hombre que una vez me abrazó en una cocina y me hizo sentir más segura que nadie en mi vida.

Era una fantasía imposible. Un tabú que nunca pronuncié en voz alta.

Hasta ahora. Ahora Trent es un hombre libre. Ya no es mi padrastro, ya no está casado con mi madre, y tengo veinticuatro años. Soy lo bastante mayor para desearlo, lo bastante atrevida para ir a por él y admitir lo que siento.

Aparco en la acera de enfrente mientras Trent se mete en un hueco discreto y sale del coche.

Parece mayor de lo que recuerdo, más corpulento, más masculino.

Mis ovarios siguen explotando de emoción cuando lo veo.

Camina con determinación, el abrigo abotonado, la cabeza alta.

Observarlo me retuerce el estómago de una forma que resulta tan familiar como aterradora.

Camina hacia una casa adosada que se funde perfectamente con las de al lado. Sin cartel. Sin ninguna señal de que dentro haya algo fuera de lo normal. Desaparece por la puerta sin dudarlo.

Me quedo ahí sentada un minuto entero, con el corazón desbocado, antes de obligarme a salir del coche.

Dentro, la puerta da a un vestíbulo de luz tenue, cálido y silencioso. Hay una mujer detrás de un elegante escritorio, con expresión abierta y acogedora. Me sonríe como si me hubiera estado esperando.

—Buenas noches —dice—. ¿Es tu primera vez en The Hothouse?

Parpadeo. —¿En dónde?

No se ríe. No parece ni divertida ni molesta. —The Hothouse. Es un club privado.

El pulso se me acelera. —¿Qué tipo de club?

Su sonrisa se ensancha, profesional y serena. —Un lugar donde los adultos exploran la conexión, el poder y el deseo en un entorno seguro y consensuado. Ofrecemos todo tipo de experiencias, según lo que te llame la atención.

Dudo. —He seguido a alguien hasta aquí. Ni siquiera sabía que este sitio existía.

—Eso pasa más a menudo de lo que crees —dice con suavidad—. Puedes echar un vistazo si quieres. Como mujer, tu primer mes es gratis si decides apuntarte.

Gratis. La palabra cae con peso.

—¿Quieres ver el interior? —pregunta.

Asiento antes de pensármelo demasiado.

Por lo que acaba de decirme, está claro que esto es algún tipo de club sexual o mazmorra BDSM.

Solo pensarlo hace que el coño se me contraiga de anticipación.

Siempre he soñado con visitar lugares así, explorar mi sexualidad a tope, dar rienda suelta a mis fantasías sucias y prohibidas, así que esta oportunidad es demasiado buena para dejarla escapar.

Además, me pregunto qué hace Trent aquí. Supongo que se siente solo después del divorcio. Me gustaría descubrir qué le pone, qué le va. Porque eso me acercará un paso más a seducirlo.

La mujer de recepción sale de detrás del escritorio y me guía por un pasillo que desemboca en algo completamente distinto a la calle tranquila de fuera.

El espacio se despliega en capas. Asientos mullidos encajados en rincones íntimos.

Iluminación suave que parece diseñada para favorecer cada superficie que toca.

Maderas oscuras, telas suntuosas y patrones sutiles que atraen la mirada sin abrumarla.

La música suena de fondo, lo bastante baja para no molestar, lo bastante presente para que todo parezca más lento, más deliberado.

La gente se mueve por el espacio con tranquila seguridad.

Algunos hablan en voz baja. Otros se sientan muy juntos, con las cabezas inclinadas, los cuerpos relajados de un modo que transmite confianza.

Resulta lujoso sin ser frío. Privado sin ser secretista.

—Esta es la planta principal —explica la mujer—. Hay salones, habitaciones privadas y más zonas en el piso de arriba. Aquí nada ocurre sin consentimiento. Nada se precipita.

Trago saliva. La piel me hormiguea.

Trent está en algún lugar de este edificio.

Solo pensarlo me provoca un escalofrío. Miro a mi alrededor, pero no lo veo.

Lo que sí veo es a una mujer a cuatro patas.

Está completamente desnuda. Sus enormes pechos cuelgan bajo ella.

Los pezones son grandes e hinchados, y sus areolas oscuras parecen enormes también.

Hay un hombre detrás de ella. Le acaricia los pechos hinchados, rodeando los pezones duros con los dedos mientras dice: —Mi preciosa vaquita lechera. ¿Vas a darme un poco de tu deliciosa leche o tendré que estrujar estas tetas tan bonitas para sacártela yo mismo?

La mujer gime cuando él le pellizca el pezón erecto. Algo blanco le cubre los dedos. Noto cómo la humedad me empapa el sexo.

Trago saliva con la garganta cerrada. El calor me recorre las venas. Tengo el cuerpo en llamas, como si me consumiera un infierno que arde y se arremolina en mi coño.

—¿Eso es...? —me quedo sin aliento cuando él le aprieta el pecho y un chorro de leche materna sale disparado, salpicando el suelo.

—Así es, mi bonita vaquita. Siempre deberías estar goteando leche para mí. Justo así. No tienes ni idea de lo preciosa que estás con las tetas chorreando bajo mis caricias. —Le da una palmada en el trasero, obligándola a arrodillarse. Luego le frota el pezón goteante antes de cubrirlo con la boca.

Observo cómo se le mueve la garganta mientras mi cuerpo estalla por dentro. Está bebiendo su leche de verdad.

Y eso me excita de una manera increíble. Imagino lo bien que se sentiría tener los pechos enormes y llenos. Sentir la lengua de un hombre en mi pezón sensible, succionándome.

Solo pensarlo hace que el coño se me contraiga de deseo.

—¿Qué están haciendo? —le susurro a la mujer que tengo al lado.

—Es una hucow, una vaca humana —dice la mujer—. Está lactando, y a él le encanta que su cuerpo produzca leche. A ella le gusta alimentar a los hombres con su leche.

—¿Puedo... cómo llegó a ser así? ¿Está embarazada?

—No, nunca ha estado embarazada —explica la mujer—.

En el club ofrecemos un programa de hucow para algunas de nuestras clientas.

Hay que pagar un extra, pero tenemos un experto que administra inyecciones para inducir la lactancia hasta que el cuerpo empieza a producir leche.

Los efectos desaparecen en unas semanas, así que no es permanente.

Mi primer pensamiento es: yo también quiero hacer eso. Me encantaría ser ella, alimentar la boca hambrienta de un hombre con mi pecho, que adore mi cuerpo femenino.

—¿Hay mucha gente en el club interesada en esto? —pregunto.

—¿En el juego de lactancia y las hucows? Bueno, no tantos, pero tenemos algunos. Es un fetiche minoritario. No tan popular como el voyeurismo, el BDSM o el fetiche de Daddy.

Es como si me hubieran abierto los ojos a un mundo nuevo. Observo al hombre ordeñar a la mujer con la boca mientras le hunde los dedos en el coño empapado.

Parece estar en éxtasis. Arquea la espalda y le ofrece el pecho sin reservas, le sujeta la nuca y lo empuja hacia ella para que succione con más fuerza.

—Se siente tan bien. Muuu. —Ella también muge como una vaca, y eso debería resultar raro, pero no es así.

Parece una reacción genuina, como si dejara que su cerebro animal tomara el control.

Me pregunto lo bien que debe de sentirse dejar de pensar, rendirse a sus necesidades más básicas y dejarse usar y ordeñar por un hombre.

Tengo el sexo húmedo y palpitante de deseo cuando ella alcanza el orgasmo con un grito.

—Entonces —pregunta la mujer—, ¿te interesa unirte al club?

Estoy a punto de responder cuando veo al hombre que acaba de mamar de sus pechos. Antes tenía el rostro en sombras, pero ahora la luz lo ilumina.

Contengo el aliento, incapaz de creer lo que veo.

Es Trent. A Trent le van los pechos goteantes, la lactancia y las hucows.

—Sí —le digo de inmediato a la mujer—. Quiero apuntarme al programa de hucow.

Parece que ahora tengo el método perfecto para seducir al hombre de mis sueños.