Hija hucow (El club Hothouse nº 4)
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PRÓLOGO
Aisha
Hace seis años…
—¿Puedes creerlo? —dice mi madre con voz emocionada, de pie en el umbral, el teléfono pegado a la oreja—. Voy a cenar con la esposa del Dr. Kline la semana que viene. La esposa de un neurocirujano, Aisha. ¿Sabes en qué círculos me coloca eso?
Estoy sentada en el borde de la cama, rodeada de cajas a medio abrir, con ropa doblada y apilada en los rincones donde ya he intentado hacer mía la habitación.
Mis dedos se detienen en la manga de un jersey que me encanta, el mismo que llevaba esta mañana cuando abrí el correo con el rechazo de la universidad.
Sé perfectamente a qué círculos se refiere.
Círculos caros. Círculos de los que no formo parte.
No me mira mientras sigue hablando y se pasea frente al espejo. —Ella lleva piezas hechas a medida. Diseñadores de París. No puedo presentarme así. Tendré que retocarme el maquillaje. Quizás me cambie de vestido.
—Qué bien, mamá —digo, porque es lo que siempre digo.
Tararea distraída, ya a medio camino de la puerta. —Te juro que casarme con Trent ha sido la mejor decisión de mi vida. ¿Sabes cuánto gana un hombre así? Un ginecólogo de renombre. Con publicaciones. Invitado a conferencias por todo el mundo. Mi vida por fin está empezando.
La puerta se cierra tras ella. El repiqueteo de sus tacones se aleja por el pasillo hasta desaparecer, y lo sustituye el silencio zumbante de la casa. El silencio se cierne sobre mí, pesado e incómodo.
Me miro las manos. El correo aún me arde en la mente.
Lamentamos comunicarle que su solicitud de admisión a la Universidad de Chicago no ha sido aceptada. Si bien su candidatura tenía méritos, recibimos un gran número de solicitudes destacadas. Le deseamos éxito en su trayectoria académica.
Las palabras me queman la garganta. Mamá se ha vuelto insoportable desde que se casó de nuevo con un médico.
Tenía la esperanza de alejarme de ella al irme a estudiar a otra ciudad.
Pero como me han rechazado en todas salvo en la universidad local, mi única opción parece ser quedarme en casa y ver a mamá haciéndole arrumacos a su nuevo marido todos los días.
Parpadeo con fuerza y sigo sacando cosas de las cajas, porque si me detengo, me echaré a llorar.
Entonces vuelvo a oír pasos, más lentos esta vez, sin prisa. Después, un golpe suave en la puerta, educado y cuidadoso.
—¿Aisha? —pregunta una voz masculina. Profunda. Serena—. ¿Puedo pasar?
—Sí —digo, y me pongo de pie de un salto.
La puerta se abre y entra Trent.
Lo noto todo a la vez. Cómo llena el umbral sin proponérselo.
Sus hombros anchos bajo una camisa impecable, con las mangas remangadas hasta los antebrazos.
Su pelo oscuro tiene un toque de gris en las sienes, peinado con ese esmero que parece natural.
Su rostro es fuerte y sereno, con una mandíbula marcada que suavizan unos ojos amables.
Parece alguien que pertenece a los quirófanos y las salas de conferencias, alguien acostumbrado a inspirar confianza.
Pero es que además es guapísimo. Su rostro me corta la respiración. He conocido a hombres guapos, pero él está en otra liga. Es deslumbrante, de un modo que me provoca una reacción visceral. Y seguramente a la mayoría de las mujeres.
Si tuviera que tumbarme en su camilla para que me examinara, estaría empapada todo el rato. Seguro que le pasa con muchas mujeres.
Recorre la habitación con la mirada: las cajas, las paredes desnudas, mi intento de crear orden en medio del caos. Su mirada se detiene en mi cara y frunce ligeramente el ceño.
—Estás deshaciendo las cajas sola —dice—. Tu madre me dijo que te estaba ayudando.
Me encojo de hombros. —Está ocupada.
—Puedo echarte una mano —dice, acercándose ya a una de las cajas—. Si no te importa.
—No me importa —digo, demasiado rápido.
Se agacha, coge la ropa doblada con cuidado y me pregunta dónde va cada cosa. No tiene prisa. No me hace sentir que estorbo. Cuando se incorpora, saca algo del bolsillo de la chaqueta y me lo tiende.
—Chocolate —dice—. Un dulce para hacer la mudanza más llevadera. Parece que te hace falta.
Miro la tableta como si fuera un milagro. Y me sorprende que se haya dado cuenta de que estaba disgustada. Mi madre está tan ensimismada que rara vez se fija en cómo me siento. —Gracias.
—De nada. —Me observa un momento mientras lo desenvuelvo—. ¿Quieres contarme qué te pasa, o hago como los adultos y finjo que todo va bien?
Algo en su manera de decirlo hace que se me afloje el nudo del pecho. Me siento en la cama y las palabras me salen antes de que pueda contenerlas.
—Me han rechazado en la universidad de mis sueños —digo—. Me esforcé muchísimo. Creía que tenía una oportunidad de verdad.
Su expresión no se transforma en lástima. Se transforma en comprensión.
—Eso duele —dice simplemente—. Cualquiera que te diga lo contrario está mintiendo.
—Sí que me han aceptado en una de aquí, de la ciudad. Pero quería irme lejos, conocer otros sitios, ampliar horizontes.
Quedarme aquí me parece conformarme.
Niega despacio con la cabeza. —No es conformarse. A veces la vida nos lleva por otros caminos por razones que aún no vemos. Quedarte cerca de casa puede ser algo bueno. Puedes volver a intentarlo más adelante, pedir el traslado, presentarte de nuevo. Un rechazo no te define, Aisha.
Oír mi nombre en su voz resulta reconfortante. Como si me viera de verdad.
—Eres inteligente —continúa—. Decidida. Te irá bien vayas donde vayas. Esto no es el final de nada. Es solo un comienzo distinto.
Se me humedecen los ojos. —Gracias.
Duda un instante y se aclara la garganta. —Hay otra cosa que quería decirte. He mandado poner una cerradura en tu puerta.
Parpadeo. —Ah.
—Sé que soy un hombre —dice con cuidado—. Y aunque mis intenciones son buenas, entiendo que vivir con alguien nuevo puede resultarte incómodo. Seguro que te preguntas si tendrás un espacio seguro en mi casa. Puedes usar la cerradura si eso te ayuda a dormir más tranquila.
Algo cálido se extiende por mi pecho. Confianza.
No tenía por qué llegar tan lejos. Pero lo hizo.
Solo para que yo pudiera dormir mejor. Eso es bondad, pura y simple.
Me pregunto por qué un hombre tan considerado se enamoró de mi vanidosa madre.
No se parecen en nada. Él es exitoso, guapo y emocionalmente inteligente, mientras que ella no es atractiva, gasta una fortuna en alimentar su vanidad, nunca se preocupa por los demás y solo utiliza a quienes la rodean en su propio beneficio.
—Gracias —digo de nuevo, esta vez con más suavidad—. Ya me haces sentir segura.
Entonces sonríe, apenas. —Me alegro.
Y sé que mi relación con mi nuevo padrastro va a ser mejor de lo que imaginaba.
Un año después, estoy en la cocina, removiendo una olla al fuego mientras el cielo se oscurece. Mi madre ha salido de compras otra vez, publicando fotos con sus nuevas amigas, con bolsos de diseñador colgados del brazo. No me importa. Me gustan estas tardes tranquilas.
Me gusta cocinar para Trent.
La puerta principal se abre y escucho sus pasos, cansados pero firmes.
—Ya estoy en casa —anuncia.
—En la cocina —respondo, y el corazón me da un vuelco.
Entra aflojándose la corbata; se le suaviza el rostro cuando me ve. —Qué bien huele aquí.
Sonrío. —Siempre dices eso.
—Porque siempre es verdad. —Deja una pequeña bolsa de papel sobre la encimera—. He pasado por tu tienda de dónuts favorita. Todavía tenían los de chocolate glaseado.
Se me cierra la garganta. Siempre me trae estos pequeños regalos, estos gestos que significan tanto. Escucha cuando hablo, toma nota de los lugares que me gustan. Y luego me sorprende con cosas así. —Sigues mimándome como si fuera una niña pequeña.
—Eres mi niña pequeña —dice con tono posesivo. Un escalofrío me recorre la espalda al oír ese tono. Sé que lo ha dicho con inocencia, pero estar cerca de un hombre tan atractivo y que me mime así hace que el corazón me lata más deprisa.
Comemos juntos y la conversación fluye con naturalidad. Le cuento lo de las clases, los profesores, el trabajo que casi acaba conmigo esta semana. Escucha como si de verdad le interesara, hace preguntas, me da consejos cuando se los pido. Cuando termino, me aprieta el hombro.
—Lo estás haciendo muy bien —dice—. Estoy orgulloso de ti.
Sus palabras calan hondo, cálidas y peligrosas a la vez.
Cuando me abraza para darme las buenas noches, me rodea con brazos fuertes y seguros. Aspiro su aroma, sabiendo que estoy empezando a sentir algo que no debería.
Pero en ese momento, envuelta en su bondad, lo único que sé es que con él me siento en casa.