Hija del cielo Capítulo XXXV
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Capítulo XXXV

XXXV

—Hola, curita.

—¿Quién eres?

—¿Quién eres tú?

—No me hagas perder el tiempo.

—¿Quién crees que soy, curita ?

—Dilo.

—No puedo decir mi nombre.

—No importa, puedo verte.

—Me has visto más veces.

—Ahora eres tú del todo.

—Muy bien, curita, muy bien.

—¿Por qué vienes? ¿Para qué?

—Para pedir misericordia.

—¿Para burlarte de mí?

—Para solicitar piedad. Para pedir perdón.

—Pienso algo. Sobre ti. Es una creencia.

—Para implorar compasión.

—No es una creencia, es una idea. ¿Quieres oírla?

—Para implorar clemencia.

—Eres un estorbo. Esa es la idea.

—Caridad, indulgencia, merced. Solidaridad, curita. Entre amigos. Entre viejos compañeros.

—Eres un lastre. Sin ciencia.

—La ciencia es sólo un lenguaje.

—No existes.

—¿No existo, curita? Y o he sido profetizado, ¿y tú? ¿De qué quieres hablar, curita?

—No te he llamado.

—Llevas meses haciéndolo; una vida entera. Y a estoy aquí. ¿Qué quieres?

—No quiero nada.

—Pídemelo, curita.

—Déjala en paz.

—Pide algo para ti.

— Hoc mihi volo .

—¿Vas a rezar, curita? ¿Vas a rezarme encima?

—Deja a la niña en paz.

—La niña no ha estado en paz nunca. No quiere.

—Búscate un lugar.

—La niña está estropeada. La niña salió mal.

—La niña no tiene la culpa.

—La niña es el fruto de sus actos, como todos.

—¿También tú?

—También, curita. La niña ha hecho mucho mal, ¿sabes?

No es sólo culpa suya, claro, pero ¿sabes qué?

V a a sufrir igual. No te enfades. M írate esos dientes gastados, mira cómo los aprietas.

M írate las uñas perfectas, las marcas en la palma, la sangre.

¿Te sobra la butaca, curita, ya no cabes en el mundo?

¿El mundo ya no te contiene? ¿Quieres olerme, curita?

— Relinque puellam in pace!

—La niña va a pagar, curita; por ti y por todos; por ella misma.

Con dolor y vivencia, curita, vivencia y dolor.

Es la manera. ¿Ahora dudas? Sonrío, curita, mírame.

No llores, ¿quieres? No soporto ver llorar a un hombre.

M írate, curita, te a fl ojas. El corazón vuelve a latirte.

¿Descon fí as, curita? ¿Recelas? No es sólo culpa suya, ¿cómo iba a serlo?

Nació como nació, pobre niña sin cabeza.

Pero esa no es la cosa, no lo es. La niña va a pagar por todos, para que podamos seguir con nuestras vidas.

Qué injusto, ¿verdad? Hasta por esa madre ciega que tienes por mitad.

Por cuanto sufra yo, si se te ocurre intentar algo.

A lgo te sucederá, curita, algo te pasará.

A todos. Y nada de lo que nos pase será culpa de nadie.

¿Quieres que me ría ahora? ¿Quieres una risa especial?

—No.

—Mírate, curita. Las veo: son dudas nuevas.

T e levantas. ¿Por qué te levantas, curita?

M e miras. T ratas de decirme algo, te arrepientes, te sientas, te levantas otra vez.

No estás en ti, curita. T e levantas de nuevo, dudas.

T e levantas. ¿Quieres que rompa a reír, que llene la habitación de euforia, que ponga cara de susto, que me levante el vestido?

¿Te escupo, curita? ¿Quieres lamerme la nariz?

—¿Quién eres?

—Sonrío, mírame. No es una sonrisa normal. Es de las buenas.

—¿Quién eres?

—Soy el Hombre Guapo, curita. La voz de la razón.

El pecado del mundo. La palabra justa. Soy el lado que falta, el suelo donde acaba el suelo, el primer adverbio, la santidad del otro.

Soy los pájaros del aire, el cuchillo mellado, el marco sin nada dentro, la vasija de las fl ores muertas.

Soy el centro de la contradicción. El susurro que completa el mandamiento, la neurona de Dios, soy el silencio entre dos latidos, el punto ciego, la matemática del gusto, la tentación.

Soy la enfermedad, el albedrío, la herida que no se cierra, la bacteria, el foco, el caos, el núcleo, la molécula escondida, soy la provocación.

Soy el primer intento, curita, el eco de lo que no se nombra, la bisagra que chirría, la gracia, el defecto, la estrella que no brilla, el desasosiego, la pupila oblicua, el cielo, el adjetivo que sobra.

Soy la geogra fí a exacta, la esquina exacta, la razón exacta de la rebeldía, el préstamo, el abismo, el extravío, la mitad de todo, la célula del desacuerdo, el pavor, el vértigo, el poema que no rima, el sueño roto, el electrón inmóvil de la perplejidad.

Soy el vestigio de lo inefable, la sintaxis del apocalipsis, el vacío, el germen de la obediencia, la vibración, el acorde, la melodía invertida, soy el paréntesis.

Soy el hueso mal soldado, la coma que lo cambia todo, el cristal de la conciencia, el perfume barato del estante, la genética del orden, la frontera entre lo inefable y lo obsceno, el suspiro del aburrimiento, la espina de la revelación.

Soy la lágrima del tonto, la columna, la radiación cegadora, el renglón torcido, la redención.

Soy el primer error. Soy el silencio que precede al grito, el dolor, el desconcierto, el protozoo, el zoo mismo, el desa fí o, la respiración, el mundo, el arrebato, la especie descartada de la evolución.

Soy, curita, el mapa equivocado, el cuarto punto suspensivo, el parpadeo, el umbral de la ingratitud, el fi nal abrupto de la canción.

Soy la fi nitud del minuto, la facción suicida, lo impronunciable, el espejo inclinado, el colofón del caos.

Soy el placer de la obediencia, la arquitectura, el pasmo, la semilla de la atracción.

Soy la fastidiosa hipérbole, soy la trayectoria del relámpago, el fi nal feliz de la conciencia, el mundo, el acatamiento, la modulación, el daño, soy la cicatriz ancestral, soy, curita, el fantasma, el virus de la libertad.

Soy la retracción del universo, el esperma, la duda, lo que nadie ha querido soñar nunca, el jadeo, la ingravidez, el asombro, soy la pierna débil, soy la cobardía, la verdad.

Soy el escándalo, curita, el peregrino, la obertura, el silencio, el rastro del pensamiento, el soplo, el sueño del moribundo, la traición, la pérdida, la nada, la rabia, la meta fí sica de la secreción, la penúltima doblez del tiempo, el límite de todo, el prepucio, el gusano, el germen, el nombre recobrado del nonato, la hendidura, el teorema, la risa, soy la queja. Soy la partitura original.

»¿Quieres que siga, curita? ¿Quieres que hablemos de embriones, de genética y mandangas, o pre fi eres la vieja religión, la buena, la que dura, la de toda la vida, curita? ¿La fi able?

—¿Quién eres?

—No soy nadie, curita; soy la suma de muchos, la tumba de todos.

—¿Dónde te escondes?

—En la poesía.

—No me gusta la poesía.

—A nadie le gusta la poesía.

—Me gusta la música.

—La música no signi fi ca nada.

—Tampoco la poesía signi fi ca nada.

—La poesía está llena de signi fi cado, curita, sólo que no hace falta conocerlo. La poesía es no tener que comprender. He estado pensando.

—¿Tú?

—He estado pensando.

—¿En qué?

—En ti.

—¿Por qué?

—Porque tengo tiempo. M e sobra el tiempo.

—A mí no.

—Ya lo sé, curita, ya lo sé. He estado pensando en ti y he estado pensando en todo. Empiezas a darte cuenta de que nada es para nada. Si no hay principio, no hay fi n.

—Si no hay fi n, no hay principio.

—¿Ves qué bien?

—No es un juego.

—Te haces el tonto. Muy bien.

—Me aburres.

—No te aburro, curita. ¡Te ciego!

—Nada de lo que dices importa.

—¿Por eso me miras así? ¿Por eso babeas cuando hablo?

¿Por eso piensas y piensas en qué deberías contestarme?

M e gusta esa chaqueta, curita. ¿Qué te parece?

Siempre me ha gustado esa chaqueta, tan recta y bien cortada, la camisa, el pantalón.

T odo. M e gusta que seas así, atildado y bonito, tan hidalgo, tan pincel.

¿Así vives, curita, vanidoso y vulnerable?

M ira, me río. ¿Lo ves? ¿Qué tal me río, curita?

¿Quieres que me ría más? M e estoy riendo por fi n, mira.

¿Cómo? ¿Qué haces? ¿Te levantas otra vez, curita?

A h, no, te quedas quieto. ¿Andas? No andas.

¿Ahora andas? A hora andas. M iras. M e miras, curita.

Gritas. Sabes gritar muy bien. ¿Eres san Rafael A rcángel? ¿Te gustaría curarme?

—No.

—Yo también sé gritar, curita. ¡No! Qué bien, curita.

¡No! Debería probarlo más. A hora no, tal vez mañana.

M añana. ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Puedo ayudarte, curita?

¿Te gustaría ser obispo? Soy un sí en un mar de noes.

¿Quieres ser el papa? Hay tiempo. A ún tienes tiempo, curita.

Los papas nunca son jóvenes. Deja que te cuente un sueño.

—No.

—Una vez soñé, curita. Una cosa. ¿Te la cuento?

—No.

—Soñé con una familia. Era una familia de esas. Nadie iba a misa, nadie rezaba, no eran temerosos de Dios. Un día la madre amaneció llena. Llena, curita. Gritaba, vomitaba sangre, aterrorizaba a los hijos, al esposo, a los vecinos. Decía, curita, barbaridades. Qué cosas decía, curita. Qué cosas.

—¿Es un cuento?

—Es un sueño. Y a te lo he dicho.

»En el sueño, curita, no había forma de vaciar a la mujer. No se dejaba. Llamaban al médico, a un sabio, a un brujo, a un curandero. Hasta a un cura llamaban, tan desesperados estaban. ¿Sigo?

—¿Eso pasó?

—Es un sueño. Sueño mucho, ahora mismo estoy soñando. A hora mismo te sueño a ti.

»Llamaron a un cura y el cura sabía lo que hacía, el cura la limpiaba. T enía una manera, una manera secreta, que era también la manera habitual. Le ponía las manos encima, la soplaba, le susurraba cosas.

—¿La curaba?

—El cura era un cura muy listo, ya te digo que era un sueño. La curaba, sí, curita. La tumbaba en la cama y le sacaba todo.

—¿Ya está, eso era?

—No, curita. Terminaré cuando termine. A cabo de empezar.