Hija del cielo Capítulo XXVI #2
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Capítulo XXVI #2

Y luego lo siguiente, que es lo quinto, es que la puerta empezó a sonar y a lo mejor es lo cuarto, como si temblaría todo, como si alguien quería abrir la puerta, y llamaba mucho la atención, porque fuera no había monjas, que esas cosas me las sé, las sé de siempre, y no había pasos ni nada y, como no había luz, pues no podía ver quién era pero me daba cuenta muy bien que eran muchos, porque, si cerrabas los ojos y pensabas, se notaba muy bien que el pasillo estaba lleno de gente.

Y es que a veces pasa eso, que a veces te quedas dormida, te das un paseo por la casa, dormida y todo, y está todo vacío, la casa o lo que sea, pero resulta que hay gente, viviendo, digo, por la noche, digo, y entonces pasa que la gente hace cosas normales, cosas de ellos, como si sería su casa, y están a lo mejor cosiendo y es como si no estaban, no sé cómo decirlo, y a veces uno se da la vuelta y, pam, te mira derecho a los ojos porque sabe que estás.

Pam. Y eso da bastante miedo, la verdad, porque eso es que te ve, y una vez nos quedemos los dos solos, el muerto y yo, mirándonos mucho rato, y se cansó él primero y resulta que era un niño, y eso me pasó, creo, cuando tenía siete años y el niño igual, y no estaba triste ni nada, el niño, digo, pero se le notaba mucho que era porque no podía.

Y como el pasillo entero se había puesto con gente y, claro, no estaba soñando porque todo era verdad, pues a saber quién eran los que querían abrir la puerta.

Porque querían abrirla, querían abrirla, querían abrirla, y yo notaba que la silla, que ya sé que no se dice silla, se movía un poco, pero por culpa del suelo, que se movía también, y por la cama, porque les había dado a todos por el baile de san V ito, que a veces pasa, no sé si lo he dicho ya, que menos mal que no me dejan tener vaso, por mi bien, y, como estaba atada y todo y los muertos iban a entrar ya y venía mucho peligro, pues nada, me fui rápido a un sueño y me planté, patapam, en el patio de la iglesia, pero en el grande, digo, en el de la iglesia grande, el de atrás, no en el de la capilla, el que tiene alrededor pasillos como en la plaza del pueblo.

Y me planté en el patio, digo, que es el que tiene los helechos, qué ricos, y camelias y un pozo, que en el sueño sabía que había uno y, claro, como llovía, porque estaba cayendo una muy buena y se me mojaba todo y el camisón también, pues parecía que me habían tirado al río, como al gordo de la cupletista.

Y la lluvia me mojaba y me mojaba y me mojaba entera, que estaba toda agualeada, que menuda me puse, como si la tela sería agua, allí, en mitad del patio, con columnas normales y eso, de las gordas.

Y entonces empezaron a salir los niños, que igual tienen ventanas en los cuartos y a lo mejor pueden salir por eso, que habían salido por los gritos, porque me había dado por chillar como si me estarían matando, con el camisón pegado y todo, que se me puso del color de las piernas y se me juntaba con la tripa y los niños me miraban fi jo y uno se marchó corriendo como si tenía prisa, y, como estaba sin camisón casi, pues por eso me miraban, te lo digo yo.

Y entonces llegó la madre A driana y me dijo que qué hace aquí, criatura, que cómo ha salido del cuarto, y me levantó y me abrazó y todo, pero era para que no me caería, y llamó a otra monja más joven y la mandó a un recado para traer las mantas, que menos mal, porque hacía frío, y no venían los curas ni nada, pero porque no querían, porque menudo ruido hacíamos, que parecíamos la lluvia nosotras.

Y luego me llevaron entre muchas porque yo no tenía fuerzas y entonces pude ver muy bien que eran cuatro pisos, uno, dos, tres, cuatro, que me subieron por las escaleras y podía contarlos muy bien, que una cosa es soñar y otra ver, aunque se parecen.

Y en el pasillo de arriba pues ya no había nadie, patapum, y estaba vacío y, claro, la luz ya había venido y la madre A driana la dio dos vueltas a la llave, clac, clac, para poder entrar, y venga a mirar la puerta, venga a mirar la puerta, por delante y por detrás, que cómo lo ha hecho, criatura, que cómo ha salido, porque me había escapado por los sueños, y entonces me pusieron ya en la cama, que estaba como nueva, menos mal, como si acabaría de venir T amata, y me quitaron el vestido, que era como si no había.

Y ahí es justo cuando las monjas me vieron las llagas, que ahora se llaman llagas, llagas, llagas, las decían, por lo de la sangre seca sería, porque igual se dice llagas cuando hay sangre y heridas cuando no, o cuando hay poca, y a lo mejor me miraban también porque parecían agujeros, que estaban como rabiosas, decía doña M aite, que acababa de llegar, rabiosas las tienes, me dijo, que no sé por qué la digo doña M aite si es sor M aite, porque es monja, y las llagas caían donde las manchas y llegaban hasta más dentro, como a cuchara, con la sangre bien brillante, que hasta la salían hilos.

Y luego me pusieron el vestido, pero otro, que ya sé que no es vestido, que se dice camisón, que he dicho camisón muchas veces, pero, si te fi jas bien, es un vestido.

Y me ataron bien atada, por mi bien. Y entonces se pusieron a hablar como cotorras y yo lo oía muy bien, y una decía que hay que atarla más y otra que para qué si se va a escapar y otra que ya verás el padre A lén cuando se entere y otra que no tiene por qué enterarse.

Y luego llegó T amata, que también se puede decir sor M aría T amata, que llegó corriendo, y enseguida pidió que me atarían, por Dios, dijo, que si estáis locas o qué, que no hay que tener dudas, porque se conoce que en Italia te atan a la primera y te dan tortas, y a la madre A driana la convenció muy bien, menos con lo de pegarme, que qué pena, así que me ataron deprisa con las correas normales y también con la sábana, que no sé si lo he dicho ya pero eran sábanas nuevas, y no paraban de hacer nudos y de hacer nudos y de apretar fuerte.

Y todo, si te fi jas bien, para que estaría bien yo.