Capítulo XXI
XXI
El padre A lén era incapaz de contener tanto vigor. A bría y cerraba las manos cruzando la sala prioral, como un gavilán embreado que tratara de remontar el vuelo.
—Siento una alegría inusitada, A ri. Inusitada.
—La alegría no se te da bien.
—Lo sé, lo sé. ¡Lo sé! Estoy tan perdido como tú.
—No pareces perdido.
—No celebro, A ri. No lamento. No hago nada. Ardo , estoy ardiendo. Sólo puedo estar contigo.
—Hablas como la niña.
—Este tiempo no durará.
—Nada lo hace.
—Llegará el fragor. V iene la primavera, la primavera es corta siempre. Y a está aquí, ¿no lo notas? Llegará y acabará. Llegará el fragor, el fragor. La experiencia penetrante del mal.
—Llámame A driana.
Alén iba y venía mordiendo el rojo de la alfombra, como un actor mediocre antes del parlamento. Daba una zancada, giraba, crispaba las manos, asentía.
La hermana A driana lo estudiaba desde la silla de visitas. Las gafas se le habían opacado. Se mantenía erguida, impasible. Las manos sobre el regazo como palomas muertas.
—Habla con Solitude —dijo.
—¡Solitude! ¿Dónde estás?
—Solitude camina. Llámalo. Lo encontrarás si quieres.
—¡¿Qué has hecho esta vez, Solitude?! —El padre A lén hablaba con el techo—. ¡¿En qué estabas pensando?!
—Solitude no tiene la culpa.
Alén se giró hacia A driana.
—¿Has visto las manchas?
—Sí.
—¿Qué piensas?
—No pienso nada. No hay que pensar en nada, nos lo has dicho.
—¿Las has visto? Cambiarán.
—Ya están cambiando.
—¡Cambiarán más! Y ya no podremos hacer nada. —El padre A lén miraba en torno a sí. Luego, de nuevo a A driana. Se acercó a la ventana—. ¿Qué día es hoy?
—Martes.
—Mejor.
—¿Es mejor que sea martes?
—No lo sé. No sé, A ri. T odo es importante y nada lo es. T odo importa y nada importa.
—Ahora hablas como Salcedo; Salcedo tampoco dice nada.
—¿Has visto esa luz, A ri? A cércate. Llena el cielo. La primavera nos embestirá, es la mejor luz del mundo. Y aún mejor la del verano.
—Es una luz muy bonita.
—Es bonita porque es horrible. Brillará más después, ya lo verás. Ojalá brillara más. Esa luz lo mata todo, A ri, es su virtud, su victoria. Y a llega. Con la luz todo se muere.
—Con la luz no se muere nada.
—Ya lo verás.
—Repites lo mismo siempre.
—Amo esa luz.
—Ama lo que quieras.
—La luz lo desgasta todo, lo debilita todo, lo apacigua. No deja pensar.
—¿A quién?
—A nadie.
—Pareces contento.
—¡Estoy muerto de miedo! Y contento, A ri.
Y encogido. Y a sabes lo que me pasa, ya sabes cómo me pongo.
Con el calor todo es mejor. Quiero que llegue la primavera, quiero que se acabe ya.
Querría estar ciego, A ri, querría ser luz yo, una luz blanca y estéril.
Querría llenarlo todo de blanco, cegarlos a todos, matarlos a todos.
—No durará.
—¡Yo duro! —Alén apretó los dientes—. Con esta luz, duro.
—Demasiada energía, A lén. Demasiada vitalidad. No te sienta bien.
—Me sienta bien. M e sienta de maravilla.
—Pasará. Se acabará. El vigor. El invierno. El verano.
—Eso es lo que me da miedo.
—Ten miedo, entonces.
—¡¿Qué es lo que estás haciendo?! Y a sabes cómo soy, cuánto me dura, ¿por qué me hablas así?
Sé paciente. M e juzgas desde esa silla, ahí sentada, con ese paternalismo irritante, con esa paciencia irritante, esa superioridad irritante, como si fueras la V irgen M aría.
—La hermana A driana no se inmutó—. ¡Déjame hablar!
—Adriana no había dicho nada—. T e sientas ahí, como una reina penitente, hierática, la emperatriz del…
Como una reina inalterable, vaciada de… —El padre A lén perdía la senda—.
Esperas a que diga algo y lo conviertes en pregunta, rellenas el vacío, dices lo contrario de lo que diga yo.
¡Para eso no te necesito!, ¡para eso me basto yo!
—Alén trataba de atemperarse—. M ira el resplandor, ¿no ves cómo se acerca?
¿No te conmueve? ¿No ves que es el fi n de todo?
Es una luz letal, A ri, es lo que quería decirte. Y luego…
—Luego qué.
—Luego se apagará todo. ¿No es maravilloso, A ri?
Es maravilloso, no contestes, contesta sí o no digas nada.
Lo es, ¡lo es! —Alén se inflaba y desinflaba solo—.
Y después, comenzar de nuevo. Comenzar, vivir, matar.
Otra vez. Y otra. Y otra. Y ¿por qué? —El padre A lén temblaba—.
Será tan lastimoso, A ri… T an lastimoso… ¿Por qué me has traído a la niña?
—Fue Solitude, no yo.
—¿Para qué?
—Para que le des rumbo.
—¡¿Por qué?!
—Porque nos lo pediste.
—¿Lo ves? Y a estás otra vez. —Alén inspiró profundamente—.
¡Yo no pedí nada, A ri! ¡¿Crees que he pedido esto?
! —Volvió a bajar el tono—. T ampoco tú lo quisiste, sólo lo elegiste.
M írame, A ri. Quiero cavar hoyos en la tierra.
Hacer suelos, eso quiero. Quiero levantar paredes, tejados, clavar verjas, pintar muros, quiero ponerle a la niña la puta ventana.
—Alén…
—Quiero que el mundo entero se parezca a Roma. V olver a hacer una piscina enorme, A ri, volver a intentarlo. Otra vez. M eter en ella a los niños. A todos. Quiero que se ahoguen, A ri, que se ahoguen y se mueran. Que se ahoguen los que deban. Los más tontos.
—Alén…
—Si vinieras esta noche…
—Basta.
—Si vinieras esta noche, A ri…
—¡Tienes que llamarme A driana! —Adriana era un gigante magní fi co—. No hay nada en este mundo que podamos hacer tú y yo para cambiar las cosas. No ayudamos a la niña, la niña tiene su verdad. Ha elegido sus pecados. La niña está sola.
—La niña no está sola.
—La niña está sola, A lén.
—Todos llevamos a alguien dentro. —Alén bajó la mirada—. Nunca había visto nada igual.
—Siempre es lo mismo.
—Esta niña es distinta.
—Esta niña es la misma niña. —Adriana parpadeó por primera vez tras sus lentes de vaso—.
Sabes cómo es, A lén. Ella se quedará atrás, tú no.
—Alén temblaba—. Sé por qué me has llamado.
Hoy y siempre. Grítame si te ayuda, dime lo que te haga sentir mejor, estoy aquí para apoyarte.
Eres un hombre, A lén. M e debo a ti. A quí eres tú quien hace y deshace.
A unque hoy no hagas. Sé quién soy. Para qué sirvo.
Para qué te sirvo, cuánto hago, por qué soy.
No hay nada que haya entendido que no haya entendido por ti.
T e debo la vida entera, incorpórea, abisal, subjetiva.
—Apretó con fuerza la mandíbula—. Pero no tengo paciencia, A lén, y no lo has entendido.
T engo aguante, no paciencia. Podría matar a cualquiera.
—El padre A lén estaba en éxtasis—. Sabes tan bien como yo que lo que hacemos apenas sirve.
Pero aquí estamos, A lén. Los dos. Y los demás.
—Yo lo hago todo.
—Tú lo haces todo. Sí. ¿Sabes qué hacemos nosotras?
—La hermana A driana movió un milímetro las manos—.
Llevamos el registro de matrículas de los alumnos y controlamos la asistencia diaria.
A seguramos el mantenimiento de los expedientes académicos.
Decidimos los horarios de clase. Gestionamos las nóminas del personal.
A tendemos la contabilidad y el registro de gastos.
El inventario de material. Plani fi camos el menú del comedor.
Nos encargamos de la compra y almacenamiento de comida.
Coordinamos los servicios médicos y sostenemos la enfermería, con los balances de vacunación, también los tuyos.
Gestionamos la correspondencia con los padres.
Organizamos las actividades académicas y festividades generales.
Nos ocupamos de la reparación del mobiliario.
Supervisamos la limpieza y desinfección de las instalaciones.
Gestionamos la biblioteca escolar y la que no mostramos a nadie.
Confeccionamos los nuevos uniformes, que reponemos y arreglamos con nuestras propias manos.
Plani fi camos y supervisamos las excursiones, aunque no las apruebes.
Elaboramos los informes de progreso que fi rmas, aunque no los leas.
A seguramos los pagos de las cuotas, aunque no te preocupen.
M antenemos al día los archivos del personal docente y no docente, interno y externo.
Coordinamos la proveeduría de servicios.
Ordenamos las becas y ayudas. Elaboramos los presupuestos.
A notamos los registros disciplinarios. Convocamos las reuniones del profesorado y redactamos los informes de las juntas por si nos los reclaman desde la Delegación.
Llevamos la intendencia de los suministros de limpieza.
T ramitamos el transporte de los niños cuando regresan a casa.
A ctualizamos los reglamentos, los registros de visitantes, los balances.
Gestionamos las donaciones y fondos escolares.
Organizamos las actividades extracurriculares que, desde hace demasiado, consisten en tocar la fl auta y aprender francés: damos para lo que damos.
M antenemos los archivos históricos, gestionamos los permisos y licencias o fi ciales.
Nosotras, A lén. No tú. A sí que no te atrevas a decirme que te deje hablar, porque, aunque no seas capaz de verlo, te he dedicado mi vida.
Y te doy todo mi amor. Pero no tengo paciencia.
Adriana se quitó las gafas y las limpió con el velo. Sus ojos eran pequeñísimos, sin gafas parecía desnuda. V olvió a ponérselas.
El cerebro de A lén se dilataba en otro lugar y tiempo.
Adriana añadió:
—¿Y sabes qué? —El padre A lén la miró—. Soy vieja.
Al otro lado de la ventana, un mirlo común se estrellaba contra un petirrojo, llenando el jardín de plumas. Se oyó a un niño decir: ¿has visto eso, macho?
El padre A lén tiritaba. M iraba a A driana como si no la reconociera.
—Querría… —balbuceó—. M e gustaría ponerme las gafas. Las mías. Las de sol, A ri. Llevarlas más. Las italianas. ¿Has visto mis gafas de sol?
—Claro.
—Nunca pasan de moda.
—Nunca. T e sientan muy bien.
—¿Verdad?
—Sí. Deberías ponértelas más.
El padre A lén volvió a desdibujarse. Llevó la mirada a la ventana.
—Lo haré. Creo que lo haré. Cuando tenga que pasar más tiempo fuera, A ri. Cuando llegue el rumor verde. Cuando se vaya. ¿Te he hablado de la luz, A ri, de la luz blanca? M e las pondré entonces, cuando la primavera estalle.
»Cuando tenga que salir más. Cuando salga…