Hija del cielo
© inepub.com
Capítulo I
I
El fragor de las hojas secas, decía siempre el padre A lén. El fragor de las hojas en el otoño, cuando los árboles se deshacen y los jardines se deshacen y el suelo se llena de marrón y todo cruje, como si estuviera recién hecho, y el suelo se separa un poco más del cielo. Es un ruido espantoso.
Poco sabían, fuera del secreto, qué quería decir el padre A lén con eso, pero el padre A lén era un viejo temible de sonrisa gastada que casi nunca hablaba en vano, aunque a veces sí, y que se comunicaba con los demás con aspereza, con fi riéndoles así existencia.
El otoño es un espanto en cualquier sitio y en Gabaón más, aseguraba con esa voz raída que era también tos; en este lugar sin lugar cuya realidad toca recordarle a Dios de vez en cuando.
El padre A lén temía el otoño de un modo irracional. T odo el mundo teme el otoño, decía, cada uno a su manera. T odo el mundo sabe que lo siguiente es la muerte.
Gabaón, con sus cincuenta fuegos largos, era un rincón apartado incluso para el norte del país, aunque una cosa es Gabaón pueblo, más grande antes que ahora, y otra Gabaón colegio, u orfelinato, según, o Gabaón seminario —ya no—, o Gabaón monasterio.
En realidad, se llamaba Colegio de la Estricta Observancia de Gabaón, sin una gota de cisterciense.
T odos le decían Gabaón, Gabaón sólo, así era más corto y se entendía de sobra, y tampoco es que en el pueblo hubiera más cosas que destacar, algún pecado venial, bosques de castaños y robles, casas un día coloridas, adoquines fuera de lugar, descalzados, invadidos de hierba, restos de fuentes adventicias (el pasado es un lugar), mucho musgo, indistinguible ya de la piedra, y un bar celeste apagado que al atardecer se llenaba de pescadores.
En Gabaón colegio, por su lado, se practicaba la religión verdadera, no la de ahora, la buena, la que acomoda sus usos a las verdades de Dios, que sólo cambian si él lo hace —Dios no está del mismo humor siempre— y en lo demás es fl exible.
El gran edi fi cio de piedra, al borde de un cortado que moría donde nace el mar, exhibía una falsa robustez que, una vez superada, tornaba en falsa hospitalidad: cuando a alguien le daba por contemplar el mar durante más de dos minutos, le apetecía tirarse a las rocas.
No era que el muro de granito espantara las visitas.
T ampoco que la suavidad de tonos buscara engañar a nadie, aunque hacerlo lo hacía, cosas de las energías.
A quellos matices y formas, aquellos volúmenes que se fi ngían amables, admitían a los de siempre y a ellos sólo, a los que vivían allí, a los que estaban ya dentro.
El edi fi cio principal, que debería haber sido del granito de las casas y del propio muro, era de sillarejo enjalbegado con forjado de madera; de paredes, por tanto, sólidas, blancas casi, con refuerzos de piedra en las esquinas y rebordes para enmarcar los vanos y los balcones mismos, aunque pocos daban afuera y los que aún lo hacían raramente se abrían si no encaraban el patio o el jardín trasero, recogidos en molduras de castaño viejo, con un gran blasón familiar, a saber de qué familia, en la fachada lateral de poniente, de tamaño grande, dos leones, uno a cada lado, así, por si alguno se moría, todo de antes de la guerra, de cuando la Reforma General, y una cruz grande, pero no muy grande, de granito también, justo a la entrada, tan tosca y contrarreformista que se diría recién robada del camino.
Así que Gabaón colegio era una de esas fi ncas de las órdenes de antes, de cuando las cosas marchaban, pero lo era de un modo inexacto, casi recordado.
T odo era distinto allí, di fí cil de razonar; todo estaba un poco del revés, un poco boca abajo y un poco patas arriba, aunque, pasado el susto, se trataba de un colegio normal, con niños aburridos y gritones, pobres en general, de rodillas peladas, huesudas.
Nadie recordaba por qué monjas y no curas se ocupaban de un colegio de niños y no niñas, y por qué tantas.
Gabaón era grande, el huerto exigía atención y allí no paraban los hombres, como eran grandes el jardín y hasta el invernadero, donde las hermanas cultivaban hierbas raras y fl ores amenazantes.
A sí era todo en Gabaón, que seguía sus propias reglas; hasta cuando fue seminario estuvo lleno de mujeres, con los inevitables accidentes, nunca tantas como ahora, sesenta y una en total, pululantes y llenas de propósito.
Y dos curas indolentes para seguirles el paso, tal vez uno si el padre Solitude se marchaba de viaje, lo que sucedía a menudo. Y el enjuto y vertical padre A lén para gobernarlos a todos, con su voz de rallador de pan y sólo Dios por encima.
Y una niña endemoniada encerrada en una habitación sin ventanas, arriba, donde nadie pisa ni respira si el padre A lén no quiere. En la parte de atrás del edi fi cio. En el lado norte. A l fi nal del pasillo. En el cuarto piso. Donde ni las enredaderas llegan.