Capítulo veinte #2
Alice volvió a fijarse en la maraña de nombres y conexiones desplegados en la página.
—Quizás estas deidades no eran solo mitos. Supongamos que todos los que aparecen aquí, yo incluida, desempeñamos roles similares, y que estos amuletos representan a sus respectivos dioses.
—Eso parece sacado de una película —dijo Beckett.
—No podría estar más de acuerdo.
Alice siguió pasando páginas y encontró notas que vinculaban acontecimientos históricos con intervenciones mitológicas.
—Mira aquí.
Señaló una nota garabateada en el margen:
—Graves menciona un suceso de 1923 y lo relaciona con una supuesta aparición de Thor en Suecia. Lo marca como un incidente significativo de manipulación climática.
Beckett se inclinó hacia delante y entornó los ojos para estudiar la intrincada caligrafía del papel envejecido.
—Es como si estuviera empeñado en crear una lista exhaustiva de todos los que poseían estos colgantes.
—Eso implica que Graves no actuaba solo —dijo Alice, con la mente a mil—. Estaba vigilando a estos seres y su influencia en el mundo.
Un frío repentino invadió la habitación, como reflejo de la gravedad de su descubrimiento.
Beckett rompió el silencio.
—Llevémonos varios diarios. Puede que necesitemos ayuda para entender todo esto.
Recogió algunos de los volúmenes más desgastados.
Tras treinta frustrantes minutos, Beckett encontró la salida del estudio oculto, más allá de la inmensa chimenea de piedra del gran salón. De no haber visto la entrada del garaje, aquellas entradas secretas de la casa habrían resultado imposibles de descubrir.
Volvieron por el túnel y tomaron el camino alternativo para ver adónde llevaba. La pendiente, más suave en su ascenso, sugería que saldrían cerca del sótano.
El túnel terminaba en otra pared, lisa y sin marcas. Beckett pasó los dedos por las juntas mientras Alice tanteaba protuberancias sospechosas. Su uña se enganchó en lo que parecía ser solo otra piedra, ligeramente descolorida. Cuando la presionó, algo chasqueó en las profundidades del muro.
El panel se deslizó con un siseo hidráulico y dejó a la vista luz reflejándose en metal: hileras e hileras. Rifles de asalto montados en perfecta alineación. Vitrinas con pistolas organizadas por calibre. Granadas encajadas en moldes de espuma. Chalecos tácticos que colgaban como torsos vacíos.
El silbido bajo de Beckett resonó en la cámara. Cogió una elegante pistola negra, sopesó su peso y volvió a dejarla con cuidado.
—El hombre de tus sueños tenía aquí potencia de fuego suficiente para iniciar una pequeña guerra.
Desvió la mirada de las armas hacia Alice.
—¿Espadas medievales arriba, túneles secretos y ahora esto? ¿Qué esperaba exactamente Graves?
Alice pasó un dedo por el polvo de una caja de munición.
—Los seguidores de Loki son solo el comienzo —susurró—. Esto es para algo completamente distinto... quizás el Ragnarok.
El silencio cayó entre ellos, pesado y sombrío. La palabra «Ragnarok» flotaba en el aire, y su significado se asentó sobre Alice con un peso abrumador. Junto a ella, Beckett contemplaba el arsenal reluciente, con una inquietud que reflejaba la suya propia.
Por fin habló, con la voz convertida en un murmullo apenas audible sobre el zumbido de la cámara.
—Si se estaba preparando para el Ragnarok, esto no es solo defensa. Es un apocalipsis.
Alice asintió y tragó saliva. El aire frío de la armería se sentía denso, le presionaba la piel como una advertencia mientras se acercaba a Beckett en busca de consuelo.
—¿Crees que Graves pensaba que podía detenerlo? ¿O al menos luchar en él? —preguntó con voz trémula, a pesar de su intento de sonar serena.
Beckett se frotó la nuca, un gesto que Alice reconoció como señal de profunda preocupación. La miró antes de volver a fijar la vista en las hileras de armas.
—Entonces nos encontramos en un campo de batalla mucho mayor de lo que ninguno de los dos imaginó.
Alice repasó el boceto que había hecho: tres X marcadas en el plano de la mansión —garaje, estudio, armería—, cada una oculta tras paredes que no deberían abrirse. Golpeteó el lápiz contra el papel.
—¿Y si hay más? ¿Y si toda esta montaña es...?
Se interrumpió.
Subieron las escaleras del sótano en silencio, con los pasos resonando en la piedra. En el rellano, a Alice se le puso la piel de gallina en los brazos. Se los frotó y miró a Beckett, que también se había detenido, con el aliento visible en un frío repentino e inexplicable.
En la biblioteca, las botas de Beckett iban desgastando un camino en la alfombra persa mientras Alice se encorvaba sobre el diario de Graves, con el dedo recorriendo líneas de escritura apretada. El lomo de cuero crujió cuando ella se enderezó.
—Los Aesir son un grupo de dioses nórdicos liderados por Odín. También hay un grupo llamado los Vanir —dijo Alice—. Los mitos describen cómo estos grupos a veces se unen y a veces se enfrentan.
—¿De qué lado está Loki? ¿De los Vanir? —preguntó Beckett.
—Según la mitología, a veces se hace amigo de todos los dioses de ambos bandos; otras veces, es su peor enemigo. Solo le importa su propio bando —dijo Alice.
Después de cenar, los pensamientos de Alice abandonaron a los dioses nórdicos y volvieron a su tarea original. Se encontraban al borde de un reino desconocido, un laberinto de historia y mitología que Graves había entretejido con la realidad.
La voz de Beckett interrumpió sus pensamientos.
—¿Nos atrevemos a intentarlo de nuevo?
Su dedo trazó el aire sobre el ornamentado amuleto que había llevado colgado del cuello toda la mañana, pesado contra su clavícula. El metal estaba cálido contra su piel, aunque no sabía si el calor provenía de su cuerpo o de otra parte.
—¿Intentar qué?
A Alice se le secó la boca. Su mirada se detuvo en los labios de él, recordando la presión contra los suyos del día anterior. Tragó saliva con dificultad mientras el corazón le latía frenéticamente.
—La teletransportación —susurró él, inclinándose lo bastante cerca para que ella captara el aroma de su jabón. Levantó el medallón con dedos cuidadosos, como si fuera a morderle. La cadena se tensó contra la nuca de Alice.
Alice relajó los hombros.
—Ah.
Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y se enderezó. Se agarró al brazo de la silla para estabilizarse mientras se ponía de pie.
—Claro. Por supuesto.
Echó los hombros hacia atrás y fijó la mirada en el colgante en lugar de en su rostro. Si lograban dominar este poder, quizás tendrían una oportunidad contra lo que se avecinaba.
El día anterior había dado saltos por la sala de entrenamiento, pero ahora intentaría algo mucho más difícil: saltar de habitación en habitación.
—¿Lista? —llamó Beckett.
—Sí, supongo. ¿Qué sugieres?
—Solo concéntrate en mí y en la distribución de la casa —dijo él.
Alice asintió mientras los complejos patrones del amuleto captaban su atención.
Respiró hondo, cerró los ojos e imaginó que estaba de pie junto a Beckett.
Cerró los dedos alrededor del bracteato, cuya superficie estaba fría contra su piel. Se visualizó junto a Beckett en la cocina, concentrada en la luz que entraba por la ventana, el aroma persistente del café.