Hielo y azúcar CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

El papel me pesó en el bolsillo toda la tarde como una tarea más, y a las cinco, cuando vacié el delantal, miré el número bonito con la caligrafía bonita de un chico objetivamente estupendo —y me sorprendí pensando, contra toda mi voluntad y todo mi juicio, en un chándal gris montando cajas a las cinco y cuarenta de la mañana, en un «fin del aviso», en una taza lavada sin que nadie lo pidiera y colgada en el gancho correcto.

Ay, no, pensé, con el papel en la mano sobre el cubo de la basura.

Ay, no, no, no. Sadie Brooks, ni se te ocurra. Es el capitán del equipo de tu hermano. Es el tío del «no, gracias». Es un muro de dos metros con horario de visita a las cinco y cuarenta.

Tiré el número de todas formas. Algunas mentiras una se las cuenta con la mano, no con la boca.

El Skeeps por la noche estaba dividido en dos hemisferios: las mesas de parejas, con velita eléctrica y vergüenza de primera cita, y la mesa larga del fondo, donde el Anti-Valentine's de Knox reunía al equipo entero de los sin pareja en una celebración ruidosa de nada.

Yo fui —porque Mason me invitó, como estaba previsto, y porque un defensa me había prohibido hacer las cuentas, y yo estaba lo bastante enfadada con su precisión como para obedecer.

—¡JEFA! —Knox me recibió levantando una cesta de patatas como quien levanta un trofeo—. Siéntate. Regla de la mesa: prohibido hablar de amor, prohibido mirar las velitas, prohibido suspirar. A Pereira ya lo han multado dos veces.

—Estaba guapísima en la foto del perfil —se defendió Pereira, desde el fondo.

—Tres veces.

Me senté entre Mason y Quinn —que había venido «a cubrir el fenómeno sociológico del Anti-Valentine's para la columna de cultura, y también por las patatas»— y la mesa me tragó en su ruido, en las apuestas de dardos, en la discusión eterna sobre el pase de Pereira, y durante dos horas fui solo una soltera más entre solteros, riéndome de las multas de Knox, y sentó bien de una manera que yo no sabía que necesitaba.

Reed estaba en la otra punta. Al lado de Luka, los dos en un silencio compañero en medio del jaleo, y yo no lo miré más de lo estadísticamente inocente —tres veces, quizá cuatro, de las cuales él me pilló en dos, lo que arrojaba un porcentaje de acierto vergonzoso.

Fue a la salida, en el frío de la acera, mientras Mason rescataba el abrigo olvidado dentro y el equipo se despedía por capas, cuando él apareció a mi lado.

Sin avisar, como siempre; el hombre medía casi dos metros y tenía el paso de un gato.

—¿Cuántas veces lo rechazaste antes de venir? —preguntó, mirando la calle.

—Ninguna. —Alcé la barbilla—. Me prohibió hacer cuentas una autoridad en avisos.

—Hum. —El vapor de su respiración subió en el frío.

Y entonces, sin mirarme, en el tono exacto de quien comenta el marcador—: El tío de la Stamps.

El del mostrador, a las tres de la tarde.

—Me volví tan rápido que el cuello me crujió; él siguió mirando la calle, impasible—.

Knox estaba comprando cookies. Él narra las cosas.

—¿Narra?

—Con detalles. Con opinión. —Una pausa del tamaño de una zamboni pasando—. Un papel bonito, dijo.

El frío de la acera se volvió de repente muy interesante.

Metí las manos en los bolsillos del abrigo, buscando algo que hacer con ellas, y mi boca, fiel a su historial de operar sin consulta, respondió lo único verdadero que había que responder:

—Lo tiré a la basura.

El silencio que siguió duró tres segundos y pesó una temporada.

Yo no lo miré. Él no me miró. Dos cobardes olímpicos, uno al lado del otro, mirando una calle vacía de Ann Arbor como si estuviera retransmitiendo la final de la Stanley Cup.

—Mason está tardando —fue lo que dijo, al final, ronco.

—Mucho —asentí, con el corazón latiéndome en lugares sin registrar.

Y entonces llegó Mason, con el abrigo y una historia sobre Pereira y la jukebox, y la noche terminó como terminaban las noches de aquella época: cada uno en su cuarto de la misma casa, separados por un pasillo, un secreto que todavía no tenía nombre y una pared que —yo lo descubriría meses después, en un motel, en un mapa, en una vida— nunca tuvo el grosor que fingíamos.

El domingo siguiente, a las cinco y cuarenta, sonó la campanilla de la puerta de atrás.

Era él. Claro que era él. En chándal, con el gorro hasta las cejas, el mismo de todas las mañanas —como si el jueves no hubiera existido, como si ninguna acera hubiera retransmitido final alguna.

Pero cuando empujé el café por la piedra, sin preguntas, de esa manera acordada que nadie acordó, Reed Calloway miró la taza un segundo más de lo habitual. Y dijo, bajo, hacia el café:

—Bien hecho tirarlo. Los papeles bonitos atascan mejor las basuras.

Y bebió, impasible, mientras yo me volvía hacia el horno con la cara ardiendo y la certeza —nueva, enorme, absolutamente ingobernable— de que tenía un problema del tamaño de un defensa.

Cuarenta y dos encargos de amor en un día, y lo único que me llevé a casa fue un «bien hecho tirarlo».

Marnie tenía razón. El enamorado era la peor plaga que existía.

Menos mal que yo no lo estoy. Menos mal que yo no lo estoy. Menos mal que yo no…