CAPÍTULO 10 #2
Este ya tenía dueño en el pecho —un hermano muerto ocupando el sitio entero— y una regla de hermano vivo escrita en letras grandes encima de ti. Este está prohibido en tres idiomas.
Apagué el temporizador.
Entonces, ¿por qué demonios, antes incluso de que el sol saliera del todo, yo ya estaba pensando en el café de mañana?
CAPÍTULO 10
«En una panadería, San Valentín se mide en encargos de tartas. Nadie encarga nada para los que todavía no saben que aman.»
sadie brooks
San Valentín cayó en jueves, y la Honey me sabía el calendario del equipo entero colgado en la cocina de casa, y me sabía el suyo un poco mejor de lo civilizado.
No existía ninguna lógica en que apareciera precisamente hoy.
Y aun así, cuando me volví, allí estaba: Reed Calloway en la puerta trasera de la panadería, un metro noventa de chándal gris y cabezonería, con el gorro de lana hundido hasta las cejas y la expresión de quien ha sido arrastrado hasta allí por un secuestrador invisible y no piensa poner denuncia.
—Hoy no es mañana de silencio. —Fue mi buenos días, porque mi boca rara vez consultaba a mi cerebro antes de operar.
—Sé qué día es hoy. —Entró, cerró la puerta contra el frío y recorrió la cocina con la mirada: las encimeras tomadas, las cajas apiladas, los cuarenta y dos amores en cadena de montaje.
Su mandíbula hizo esa cosa mínima que yo ya había aprendido a leer como un párrafo entero—.
Por eso he venido. Un jueves de estos, ibas a estar sepultada.
—¿Y has venido a… ayudar?
—He venido a tomar café. —Se quitó el gorro, con el pelo oscuro apuntando en direcciones sin ley, y se sentó en el taburete del rincón de la cocina, fuera del paso, con la exactitud de quien ya ha mapeado por dónde circula el trabajo—.
Ayudar es la consecuencia. Dame las cajas para montar. Tengo veinte minutos.
Debería haber dicho que no. Marnie llegaba a las seis, su jornada empezaba a las seis y media, y existía una lista larga de preguntas que yo estaba evitando hacerme sobre por qué el capitán del equipo de mi hermano cruzaba la ciudad a oscuras para verme trabajar —preguntas que ganarían un capítulo nuevo si él empezaba a aparecer también los jueves.
Le di las cajas.
Y durante veinte minutos trabajamos en silencio, yo decorando corazones en cuarenta y dos tartas ajenas, él montando cajas con una precisión geométrica ligeramente ofensiva —pliegue a pliegue, como quien venda un tobillo—, y la radio vieja de la cocina sonando bajito con una lista que la emisora local había bautizado, sin ninguna vergüenza, como «La Mañana de los Enamorados».
Cuando empezó una balada especialmente empalagosa, él levantó los ojos hacia el aparato con una hostilidad tan sincera que me reí en mitad de un corazón de glaseado.
—Puedes cambiarla —concedí—. La radio es democrática antes de las seis.
—Gracias. —Cambió a la emisora de deportes, donde dos locutores discutían las opciones de los Red Wings, y el alivio en su cara fue lo más parecido a una sonrisa que iba a dar de sí aquel jueves—. Mejor. Esto sí es música de verdad.
—Esto es un hombre de cincuenta años gritando sobre el power play.
—Como he dicho…
A las seis en punto se levantó, lavó la taza —nadie se lo pidió; la lavaba, siempre, desde el primer domingo, y la colgaba en el gancho correcto, y yo nunca lo comenté, porque había gestos que comentados se deshacían—, se puso el gorro y se detuvo en la puerta de atrás con la mano en el pomo.
Dudó. Reed Calloway no dudaba en ninguna puerta; yo ya lo había visto atravesar a tres defensas como quien atraviesa una cortina.
Pero allí, en mi puerta de atrás, con San Valentín despuntando rosa sobre Kerrytown, dudó medio segundo —nuestro medio segundo, aunque en aquella época yo todavía no sabía que era nuestro—, y le dijo al pomo:
—Los del equipo van al Skeeps esta noche. Anti-Valentine's. Una tradición idiota de Knox para los solteros. Mason te va a invitar.
—¿Y me lo estás avisando porque…?
—Porque te vas a pasar el día horneando romance para los demás.
—Abrió la puerta; el frío entró y lo enmarcó entero—.
Y sería típico de ti rechazar la invitación para que los solteros estén más cómodos, o cualquier cuenta de esas que tú haces.
No la rechaces. —Los ojos grises me encontraron por encima del hombro, medio segundo—. Fin del aviso.
Y se marchó, y la puerta se cerró de golpe, y yo me quedé parada en medio de cuarenta y dos tartas con la manga pastelera goteando glaseado sobre el suelo limpio.
Él sabe las cuentas que yo hago, pensé, con un frío en el estómago que no tenía nada que ver con la puerta abierta.
Yo nunca le he contado a nadie lo de las cuentas. Ni Mason sabe que hago las cuentas.
El día fue la guerra que Marnie profetizó.
Cuarenta y dos encargos entregados, una pedida de mano ocurriendo en directo en la mesa del escaparate a las once de la mañana —el cruasán-anillo funcionó; ella lo entendió; la panadería entera aplaudió; Marnie cobró una tasa de éxito emocional en forma de foto para la pared—, un hombre llorando con discreción en el rincón porque «ha dicho que sí por teléfono, señora, ha dicho que sí», y un flujo ininterrumpido de enamorados, arrepentidos y desesperados de última hora comprando el amor en cajitas de seis.
Y estuvo lo de Julian.
Julian era de mi grupo de tipografía en la Stamps —con talento, guapo de una manera pulcra, del tipo que cita a diseñadores suizos en conversaciones de pasillo.
Apareció a las tres de la tarde, compró un café que claramente no quería y se pasó veinte minutos apoyado en el mostrador explicándome su proyecto mientras la cola crecía, hasta que por fin llegó al grano: un papel doblado empujado sobre la piedra, «mi número, por si quieres discutir sobre retículas alguna vez, o, no sé, cenar».
Fue amable. Fue normal. Era exactamente el tipo de cosa que le pasa a la gente en San Valentín, y yo se lo agradecí con mi sonrisa de mostrador, guardé el papel en el bolsillo del delantal y volví a la cola.
Y no sentí nada.
Nada. Ni halago, ni curiosidad, ni el cosquilleo especulativo del «quién sabe».