Capítulo seis #4
Me deslicé hacia adelante y me senté en el borde del colchón.
—¿Puedes vivir con eso?
Se encogió de hombros, evasivo.
—¿Tengo elección?
—No, no la tienes.
Mi respuesta firme lo hizo apretar la mandíbula y soltar una retahíla de palabrotas que preferí no descifrar. Pero tenía la sensación de que estábamos avanzando, y no quería dejar pasar la oportunidad. Tenía que dar un poco más para conseguir un poco más.
—No eran ciertas —murmuré, intentando sonar objetiva y no avergonzada.
Frunció el ceño, confundido.
—¿Qué no era cierto?
—Esas historias de que salía con diplomáticos de postín y magnates tecnológicos.
Estudié su reacción.
—Eran tapaderas. Para el trabajo.
—Vale.
Soltó un suspiro lento y luego otro.
—De acuerdo.
Parecía... ¿aliviado?
Y eso me dio esperanzas de que íbamos por buen camino.
Esperé unos momentos antes de darle un golpecito en la rodilla.
—Ahora te toca a ti.
—¿A mí?
Se echó hacia atrás, algo sorprendido.
—Sí, ya sabes, decir algo.
—De acuerdo. Mi turno. A ver. —Con el ceño fruncido, se mordió los labios un momento antes de juntar las manos y crujirse los dedos—. Allá voy. Todas esas mujeres con las que me acusaste de salir solo fueron eso. Citas sociales. No significaron nada.
—¿Ah, no? —El corazón me dio un vuelco—. ¿Por qué no?
—Porque... no eras tú.
Nuestras miradas se encontraron y la necesidad que ardía en sus ojos me envolvió en una neblina de deseo que me dejó sin aliento, temblando y desnuda ante su hambre y la mía.
En sus ojos, el anhelo permanente que reflejaba el mío escapó de su legendario control y se desbordó.
Llamas azules resplandecieron en sus iris, consumiendo hasta el último resquicio de contención que logré reunir.
Su necesidad vibró dentro de mí y se transformó en una tensión insoportable que palpitaba entre mis piernas. Nuestras miradas permanecieron enzarzadas en una feroz batalla entre el deseo y la contención. El miedo se sumó a mi reticencia. Si me acercaba a él, ¿volvería a rechazarme como antes?
El corazón me martilleaba en el pecho, pero luché por mantenerme firme, recurriendo a toda mi fuerza para ganar aquel combate desigual, controlando mis ansias y dominando el viejo anhelo.
Pero entonces él se inclinó hacia delante, lentamente, con reticencia, como una palmera doblada por un viento fuerte.
Su apuesto rostro quedó a escasos centímetros del mío.
Incapaz de resistir su atracción, me deslicé más cerca de él, anhelando sentir el roce áspero de su barba contra mi piel y su boca ancha despojándome de toda resistencia.
Y aun así, me contuve. No es buena idea, Titan. La lujuria no sustituye al amor.
Con la mirada fija en mí, sus ojos reflejaban la soledad que había dentro de mí, el terrible vacío que exigía ser llenado.
Inhalé el calor de su deseo y el de mi lujuria.
Nuestros aromas combinados creaban la fragancia más triste del universo: ausencia, anhelo y deseo reprimido más allá de los límites de la resistencia humana.
No lo hagas. Sé fuerte. Aún te queda camino por recorrer, muchas cosas que resolver. Si cedes ahora, podrías perderlo para siempre.
Acortó la distancia entre nuestros rostros. Cinco centímetros. Respirábamos al unísono, intercambiando el calor de nuestros pulmones, los recuerdos almacenados en los centros de placer de nuestros cuerpos.
Mi sexo se contrajo en un espasmo que me torturó, liberó un torrente de humedad cálida y me hizo temblar de deseo.
Retrocede. No vale la pena ganar esta batalla si pierdes la guerra.
Pero no podía retroceder. Mi cuerpo se negaba a ese simple movimiento, y la necesidad que irradiaba de él me mantenía clavada en el sitio. Su rostro estaba tan cerca ahora, a apenas dos centímetros del mío.
Ya no respiraba. Jadeaba, necesitando el aire que él exhalaba como si mi vida dependiera de ello.
Sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en rendijas y la luz de sus iris se intensificó en un tono índigo luminoso salpicado de destellos plateados que parecían chispear directamente sobre mi clítoris.
Su pasión tiraba de mí con una atracción brutal que no podía resistir, una necesidad tan feroz que ardía en mi interior, creciendo, expandiéndose, hasta volverse incontrolable e insoportable.
Era un riesgo que tenía que correr.
Incliné la cabeza muy ligeramente y acerqué la boca, luego aún más, a la suya. Los labios me hormigueaban con la corriente erótica de su proximidad. Impulsivamente, me pasé la lengua por los labios para humedecerlos, anticipando.
Un gruñido retumbó en el fondo de su garganta. Su boca capturó la mía en un asalto posesivo y áspero que no podía detener, que no quería detener. ¿O fui yo quien mandó la prudencia al diablo y capturó su boca en un ataque hambriento?
No importaba. Ahora que nuestras bocas estaban fusionadas y mi cuerpo ardía con su sabor, no podía parar. Se acercó, deslizó los dedos entre mi cabello y, acunándome la nuca con la mano, profundizó aquel beso devastador.
Estaba perdida, vencida por el puro placer de su boca sobre la mía.