Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo seis #3
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Capítulo seis #3

Ya alterado por el comportamiento espantoso de Mason, seguí la ruta catastrófica de su mano hacia el muslo de Tee, donde sus dedos babosos remataron la faena dándole un apretoncito.

El vaso se hizo añicos en mi mano. Seb ya estaba de pie, intentando detenerme, pero yo fui más rápido.

¿Me insultas? Lo entiendo. Puedo aguantarlo.

Oye, puede que hasta me lo merezca. ¿Insultas a mi país y a las instituciones que me formaron?

Bien. Luché para proteger tu derecho a la libertad de expresión, así que adelante.

¿Tratas con condescendencia a mi mujer —a cualquier mujer—, insultas su inteligencia, sueltas el tipo de prejuicios que son inaceptables en mi mundo, y luego coronas una noche de infamia posando tu sucia zarpa sobre ella, justo delante de mis ojos?

Ni de coña.

Se acabó el juego.

***

Tee

—No puedo creer que hicieras eso.

Echaba humo mientras abría la puerta de nuestra cabaña y entraba pisando fuerte, clavando los tacones en las tablas de madera con Kass detrás de mí.

—No. Olvídalo. Debería haber sabido que la noche iba a terminar con alguien sangrando por tu puño.

Me giré para encararle.

—¿Tenías que pegarle tan fuerte?

—Sí, tenía que hacerlo —dijo Kass, algo avergonzado para ser un hombre que acababa de tumbar a otro de un solo golpe—. El cabrón lo había estado pidiendo a gritos. Al final consiguió lo que quería.

Gemí y le clavé un dedo acusador en los pectorales de acero.

—Le rompiste la nariz solo porque te sacó de quicio.

—Era un idiota y sí me sacó un poco de quicio, pero hice lo que había que hacer.

—No te atrevas a soltarme esa mierda de Ice.

Cerré los puños a los costados.

—Troglodita alfa creído. No puedes ir por ahí dándole una paliza a cada idiota que te molesta. ¿Por qué tiene que ser siempre así?

Sus cejas claras se juntaron sobre la nariz, dándole al rostro una expresión perpleja.

—¿Qué quieres decir?

—¿Por qué siempre tienes que terminar pegando a alguien cuando salimos juntos?

—Eso no es verdad.

Se le arrugó la frente.

—No siempre pego a idiotas cuando estás cerca. Solo lo hago cuando es necesario.

—¡Lo que significa más o menos la mitad de las veces!

—¿En serio?

Se frotó la barbilla erizada con los nudillos.

—¿Tan a menudo?

—Tan a menudo.

—Hmm.

Pareció pensárselo.

—Nunca me había parado a cuantificar lo de defender tu honor.

—Eso es lo que llevo toda la vida intentando decirte.

Lancé los brazos al aire.

—¡No necesito que me defiendas ni a mí ni a mi honor! ¡Soy perfectamente capaz de hacerlo yo sola!

—Te tocó —dijo, como si eso bastara para explicar romperle a alguien la nariz, las paletas y quizás también la mandíbula—. No debería haberlo hecho.

—¿Y no te diste cuenta de que lo ignoré casi todo el rato, que es como te libras de los babosos?

Me miró con esa expresión vacía y exasperante que no mostraba ni pizca de comprensión.

—Oh, Dios.

Dejé caer los brazos a los costados y me desplomé en la cama.

—No entiendes lo que te digo, ¿verdad?

—Probablemente no —admitió encogiéndose de hombros—. Pero...

—¿Pero qué? —exigí.

—Pero lo estoy intentando, Tee —dijo en voz baja—. Joder, lo estoy intentando con todas mis fuerzas.

Las emociones que oscurecieron sus ojos me robaron el aliento y me aceleraron el corazón. Verdad. Arrepentimiento. Decepción. Se dejó caer en la única silla de la habitación y, apoyando los codos en los muslos, agachó la cabeza y se la sujetó entre las manos.

Odié ver cómo sus labios se curvaban hacia abajo y el peso que le encorvaba los hombros. Respiré hondo e intenté controlar mi genio terrible.

—Kass...

¿Cómo podía hacerle entender?

—Aprecio que intentes protegerme. De verdad. Pero puedo ocuparme de mis propios problemas.

—Lo sé —murmuró, y luego levantó la vista para mirarme a los ojos—. Eres una de las personas más capaces que conozco. Pero a veces...

Apartó la mirada.

Extendí la mano, le acuné la mejilla y, ignorando la descarga eléctrica que me atravesó al tocarlo, le giré el rostro hasta que nuestras miradas se encontraron de nuevo.

—¿A veces qué?

Su pecho se elevó con una respiración profunda.

—A veces eres imprudente. Vas demasiado rápido, demasiado fuerte. Como la movida que montaste intentando averiguar quién es Zero Tango. Tu forma de abordar las cosas. Me cagas de miedo.

La palabra «asustado» nunca había formado parte del vocabulario de Kass.

No podía creer que lo estuviera admitiendo.

Una parte de mí se alegró de oírlo, porque sabía que era humano, como el resto de nosotros.

La otra parte de mí se retrajo, con el vientre en tensión.

Todos mis sentidos se pusieron en alerta.

¿Estaba pasando algo nuevo? ¿Qué era? ¿Y qué iba a hacer al respecto?

—De acuerdo.

Saqué fuerzas de flaqueza.

—Admito que puedo ser un poco imprudente a veces.

Enarcó las cejas con escepticismo.

—¿Solo un poco?

—Quizás más que un poco —dije—. Pero confía en mí, Kass. Nunca iba a dejar que ese capullo me pisoteara.

—Capullo es quedarse corto.

Se le escapó una carcajada.

Se me escapó una sonrisa. La risa de Kass, tan poco frecuente, siempre me llenaba el corazón de asombro.

Me encantaba cómo le brillaban los ojos cuando sonreía, y esas risitas quedas, casi a regañadientes, que le brotaban del fondo de la garganta, un sonido que me resultaba absolutamente contagioso.

—Siento lo de esta noche.

Se puso serio y me miró a los ojos.

—Debería haberme contenido. Y casi lo hice. Pero cuando te tocó... no pude permitirlo.

—¿Te gustaría...

De repente se me secó la boca.

—¿Te gustaría hablar de esto?

—Tee...

Soltó un resoplido.

—Sabes que soy un desastre hablando.

—Mentira —dije—. No se te da mal nada.

Se quedó mirando el suelo tanto tiempo que pensé que la conversación había terminado. Y entonces, de la nada, volvió a hablar.

—No los maté a todos.

Parpadeé varias veces, confundida.

—¿A quién no mataste?

—A los matones que vigilaban el campamento de Arturo en el Río Negro.

—¿Ah, no?

Me eché hacia atrás y lo miré fijamente.

—No tiene ningún sentido.

Se quedó mirando sus zapatos.

—Quizás estoy perdiendo facultades. Te hicieron daño. Debería haberlos matado a todos. Eliminé a los dos que intentaron matarme. A los demás los neutralicé y los metí en las letrinas.

Me quedé alucinada. Tuve que hacer un esfuerzo para cerrar la boca.

—Para ti, todos eran combatientes enemigos.

—Así es.

Tenía que saberlo.

—Entonces, ¿por qué no los mataste a todos?

—Porque sabía que no querías que matara a nadie a menos que fuera necesario.

Me miró y luego apartó la vista.

—Así que no lo hice.

Madre de Dios, ayúdame. ¿Qué demonios estaba pasando en la cabeza de ese hombre? ¿Y cómo podía conseguir que siguiera así?

¿Qué tal un poco de toma y daca?

—Soy especialista en contraterrorismo de la CIA.

Corrí un gran riesgo y confirmé el secreto que él ya conocía, con la esperanza de que darle la verdad generara más confianza entre nosotros.

—Después de que lo dejamos, entré en la Agencia, completé el entrenamiento y me destinaron a operaciones de campo.

—Joder, Tee.

Se pasó la mano por la cara y resopló.

—Sospechaba que te habías unido a la Agencia, ¿pero contraterrorismo? ¿No podrías haber elegido una carrera menos peligrosa?

—Es lo que hago.

Crucé los brazos y levanté la barbilla, aguantando su mirada dura.

—Vas a conseguir que te—

—No voy a conseguir que me maten —lo interrumpí—. Soy buena en lo que hago.

—Pero ¿por qué, Tee?

Se pasó los dedos por el pelo, deshaciendo las líneas perfectas de su corte militar y dejando mechones rubio plateado en desorden, un aspecto despeinado y sexy que despertaba a la hembra salvaje que llevaba dentro.

—¿Por qué elegir algo tan peligroso?

—Quería servir a mi país. Como hiciste tú. Como sigues haciendo. Y que te quede claro: no voy a dejarlo solo porque tú lo digas.

—Joder.

Con la mandíbula apretada, bajó la cabeza y volvió a quedarse callado.

Cuando el silencio se alargó entre nosotros, no pude soportarlo.

—¿No vas a gritarme?

—No —murmuró—. No voy a gritarte. ¿De qué serviría?

Se me cortó la respiración. ¿Progreso? Quizás. Sin peleas. Sin ordenarme que lo dejara. Sin miradas fulminantes que me hicieran saltar.