Capítulo tres
Tee
La explosión no llegó. En su lugar, el cálido susurro de Kass me rozó el oído, bajo, sereno y claro.
—Ahora la mano.
Cuando logré abrir los ojos, Kass estaba agachado frente a mí, con el rostro inexpresivo, sin rastro de miedo.
—¿Desactivaste la placa? —pregunté, sin atreverme a moverme ni un centímetro—. ¿Estás seguro?
—Estoy seguro —dijo—. Estaríamos muertos si no lo hubiera hecho.
Obvio. ¿Qué le pasa a tu cerebro, Titan?
Dejé escapar un suspiro lento.
En una mano sostenía un puñado de pastillas y en la otra la boquilla de la manguera conectada al sistema de hidratación de su mochila.
—Vas a tener que tomarte estas.
Dejó caer las pastillas en mi boca y las tragué, junto con el trago de agua fresca que llevaba horas anhelando. Estaba reseca. Me aferré a la manguera y bebí como un camello en el pozo.
—¿Qué me diste? —pregunté entre tragos.
—Analgésicos de combate —respondió.
Seleccionó unos alicates de su rollo de herramientas y me examinó la mano.
—No harán efecto tan rápido como necesito, pero podrían ayudar, ya sabes, después.
—Después, sí.
Se me volvió a secar la garganta. Solté la manguera, lo miré a los ojos y añadí con voz débil:
—Adelante.
La nuez le subió y bajó en el cuello, delatando que había tragado en seco.
—Tee...
—Hazlo ya —ordené, esta vez logrando sonar firme—. Si insistes en quedarte y arriesgar tu trasero justiciero, termina con esto de una vez. ¿De acuerdo?
—Ojalá Apollo estuviera aquí —murmuró, maniobrando los alicates y cerrando con cuidado las mandíbulas dentadas sobre la cabeza del clavo—. No quiero hacerte daño.
—Bueno, el Dr. Apollo Battleson no está aquí, así que te toca a ti.
Fingí valentía.
—Además, ya me hiciste daño cuando rompiste conmigo, así que supéralo.
—Oh, lo he intentado.
Su boca se torció en una mueca amarga.
—Todos estos años, he intentado olvidarte con todas mis fuerzas...
Bajó el rostro y, cuando su boca se posó sobre la mía, la mueca había desaparecido. Sus labios exploraron los míos con avidez, devorando mi boca, deseándome, necesitándome tanto como yo lo necesitaba a él.
El dolor se desvaneció. El mundo también.
Su lengua se deslizó sobre las comisuras de mis labios, recordándome que este hombre había lamido y probado cada centímetro de mi cuerpo, que había acariciado mis partes más íntimas y las había entrenado para hincharse, contraerse y humedecerse anticipando el placer exquisito de tenerlo dentro de mí.
Me abrí para él con la misma hambre desesperada, aceptando su lengua. Levanté la mano libre y deslicé los dedos por la piel caliente de su cuello firme.
Cada parte de mí reaccionó a su beso.
Mis pulmones reconocieron su aroma único, un rastro lejano de sándalo y madera recién cortada que había anhelado durante demasiado tiempo.
Cuánto había extrañado su olor masculino impregnando mis sábanas, su tacto avivando mi cuerpo, sus iris azul Tyndall escépticos que cambiaban de tonalidad mientras asimilaba el mundo.
Cuánto lo había extrañado a él, a él entero.
Kass estaba aquí, besándome, por fin. Y en sus brazos, era libre.
Clang.
El dolor me atravesó cuando el metal salió disparado de mi carne. Jadeé y bajé la mirada horrorizada: un nuevo chorro de sangre borboteaba en mi palma. Brotaba del pequeño agujero donde había estado el clavo, formando un charquito.
La agonía golpeó. Los dedos se me crisparon y los nervios estallaron con descargas eléctricas que me subieron por el brazo. Abrí la boca y luché por contener el grito que me trepaba por la garganta.
No grites, no grites, no grites.
—Ay —dije en su lugar.
Por un instante, vi un reflejo de mi dolor en los ojos desorbitados de Kass. Se arrodilló a mi lado, sosteniendo los alicates en la mano, con el clavo aún atrapado entre las mordazas, goteando lágrimas de sangre.
Dejó caer los alicates y buscó mi mano herida. Su máscara de operador se agrietó y vislumbré los terrores que lo habían arrastrado hasta aquí.
Me había besado para distraerme del dolor. Y en esos pocos segundos, había sido tan feliz. Quería creer que él también lo había sido.
—Estás bien.
Me levantó de la tabla y me acunó contra su pecho, sujetándome la mano ensangrentada mientras presionaba la herida.
—Ya está.
—Ay. Ay. Ay.
El sonido seguía escapándoseme de los labios.
Con gran cuidado, me acomodó en el suelo. Me recosté contra la pared, mareada, temblando y conmocionada, pero también aliviada de estar lejos de esa horrible tabla.
Kass me atendió la mano. Con rapidez, limpió la herida y aplicó una gasa hemostática a la punción. Luego me selló la palma con el vendaje impermeable que envolvió alrededor.
—La buena noticia es que esos imbéciles no prestan mucha atención a los detalles —dijo mientras me estabilizaba la mano con una muñequera.
—¿Por qué dices eso?
—Eres zurda.
Inspeccionó su trabajo.
—Neutralizaron la mano equivocada.
Se acordaba. No sé por qué, pero ese pequeño detalle me aceleró el pulso y ayudó a calmar el dolor. No me había olvidado, no del todo.
—¿Puedes tocarte las yemas de los dedos con el pulgar? —preguntó.
Probé un dedo a la vez.
—Duele, pero sí, puedo.
—Bien.
Kass me soltó la mano y sacó dos jeringas precargadas de su kit médico táctico.
—Creo que eso significa que no hay daño significativo en los nervios ni en los tendones, pero me quedaré más tranquilo cuando Apollo te examine. Ahora voy a ponerte un par de inyecciones...
Me eché hacia atrás. —No quiero que me seden más.
—¿Sedar?
Su boca se tensó al comprender.
—Te drogaron.
No sé por qué se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Tee.
Me tomó la barbilla y me miró con una expresión preocupada que amenazaba con derrumbarme.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. —Me aparté de su mano.
Levantó una de las inyecciones.
—Esta es un antibiótico de amplio espectro potenciado que evitará infecciones.
Levantó la otra.
—Y esta es un refuerzo del tétanos.
—Tengo las vacunas al día.
Mi empleador se aseguraba de eso.
—Es por precaución —dijo Kass—. No te hará daño, podría ayudar, y a mí me dejará mucho más tranquilo.
—Bueno, vale.
Si a él le importaba, yo me apuntaba. Supuse que no quería verme sucumbir a una infección ni morir de tétanos.
Hizo una mueca al clavarme primero una aguja y luego la otra. La segunda ardió un poco, pero enseguida pasó. Guardó las agujas y metió el botiquín en la mochila antes de volver a centrar su atención en mí.
—Necesito que me digas la verdad.
Clavó sus ojos en mí.
—¿Estás bien? ¿Te...?
—No.
No me habían violado.
—Me necesitaban para atraparte.
—Aun así, has sido prisionera durante un tiempo.
La ternura de su voz me llegó al alma.
—Tendrás que procesarlo. Es normal estar afectada.
—No estoy afectada.
No pensaba enfrentarme al trauma del secuestro, ni ahora ni nunca. Me negaba a ser una víctima. Además, estaba entrenada para soportar la presión. Él no lo sabía, pero me apoyaría en mi entrenamiento para superar esto.
—Has pasado por mucho —dijo, como advirtiéndome.
—Soy fuerte.
Alcé la barbilla y forcé a los temblores a desaparecer.
—Puedo aguantarlo.
—Si tú lo dices.
Suspiró y desenganchó un chaleco antibalas de la mochila.
—Ponte esto.
Me pasó el chaleco por la cabeza y estaba ajustando las correas de velcro alrededor de mi torso cuando ladeó la cabeza y aguzó el oído. Yo también escuché. A lo lejos, capté el zumbido de un motor.
—Tenemos que irnos.
Me agarró de la mano buena y me ayudó a levantarme.
—¿Puedes caminar?
—Puedo caminar —dije, impulsada por una nueva descarga de adrenalina—. ¿Tienes un arma de sobra?
—Que si tengo un arma de sobra, me pregunta esta.
Kass sacó una pistola de la tobillera, conteniendo una sonrisa.
—Solo a ti se te ocurre preguntar lo evidente. ¿Te acuerdas de cómo usarla?
—Totalmente.
Cogí la Sig Sauer grabada con las iniciales de Kass, comprobé el cargador y lo encajé de nuevo.
—Parece que has estado practicando —observó, con un brillo astuto en la mirada.
—Se podría decir que sí.
Kass y sus hermanos me habían iniciado en el manejo de armas. Mi entrenamiento posterior había perfeccionado mi puntería. Por lo general, prefería mi mini-Beretta. Pero Kass no sabía nada de eso, así que hoy la Sig Sauer tendría que bastar.
El zumbido del motor se acercaba. Una bocina sonó cerca. Pero en lugar de dirigirse a la ventana, Kass sacó algo más de la mochila y corrió hacia la puerta.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Quiero dejarles mi tarjeta de visita a estos cabrones.
Gracias a mi entrenamiento, reconocí un bloque de C-4 en sus manos. Trabajando deprisa, moldeó el explosivo plástico de textura arcillosa, lo fijó a la puerta con cinta americana e insertó un fulminante en la carga.
En un tiempo récord, conectó el fulminante al marco de la puerta con un cable. Si la puerta se abría, el cable tiraría del fulminante, iniciando la explosión que mandaría mi antigua prisión al infierno.
El chirrido de los frenos y los gritos me provocaron una oleada de pánico. La perspectiva de volver a ser cautiva hizo que el terror amenazara mi compostura.
Mantén la calma. Eres mejor que esto.
Kass se echó la mochila al hombro, agarró la carabina y señaló hacia la ventana con la cabeza. En silencio, me ayudó a pasar por el hueco donde habían quitado las lamas.
Ignorando el latido de mi mano herida, salí por la ventana y aterricé en el suelo empapado. Una lluvia fina me acarició la piel y una bocanada de aire fresco ayudó a aliviar el dolor. Sin hacer ruido, pegué la espalda a la pared, me deslicé hasta la esquina y eché un vistazo.
Un camión con toldo rebotaba y salpicaba por el camino embarrado. Se detuvo con un chirrido siniestro frente a las puertas y soltó otro bocinazo.
Alcancé a ver a Arturo asomado a la ventanilla del copiloto, gesticulando y gritando. Varios hombres saltaron de la parte trasera del camión y fueron hacia las puertas. Estaban encadenadas y cerradas con candado.
—Refuerzos.
Observé el recinto, desierto salvo por unos cuantos chuchos apáticos que se resguardaban de la lluvia.
—¿Encadenaste las puertas?