Capítulo dos #2
—¿Con qué? —preguntó, pero el muy imbécil sabía perfectamente a qué me refería.
—Con eso de llamarme Liberty y decirme lo que tengo que hacer.
—¿No te llamas Liberty? —dijo, volviendo a lo que fuera que estuviera haciendo bajo la tabla.
—Sabes que sí. Pero así me llama mi padre. Tú me pusiste el apodo. Úsalo.
—Mandona otra vez —murmuró mientras se impulsaba con las puntas de las botas para deslizarse aún más bajo la plataforma—.
No es que esperara otra cosa. ¿Quieres decirme cómo llamarte y echarme la bronca?
Vale. Dejamos esa reprimenda para cuando salgamos de aquí.
Tu teoría sí explica por qué hay un haz infrarrojo bajo la plataforma.
Alguien quiere pillarme antes de que desactive esta mierda.
—No es una teoría —gruñí—. Es un hecho. ¿Por qué te crees el único con cerebro y derecho a usarlo?
—Ya estamos otra vez —refunfuñó—, poniéndome palabras en la boca.
—Kass, escúchame —dije con calma—. Vete, ahora, antes de que Zero Tango se dé cuenta de que algo ha salido mal y venga a hacerte una visita.
—Irme, claro —un resoplido amortiguado llegó desde debajo de la tabla—. ¿Y cómo vas a salir tú?
—Tengo un plan.
—Por supuesto que lo tienes —el escepticismo en su voz hizo que me hirviera la sangre—. Liberty Rose siempre tiene un plan.
—No te atrevas a tratarme con condescendencia —espeté, incapaz de ocultar mi indignación.
—No pretendía ser condescendiente —sonó extrañamente sincero—. Es un hecho comprobado que se te da de maravilla tramar y conspirar. Así que, por favor, cuéntame. ¿Cómo piensas salir de aquí sin mi ayuda?
Respiré hondo y luché por no gruñirle al hombre.
—Zero Tango no me ha matado todavía. Quiere usarme como moneda de cambio.
Esto significa que, si tú no apareces, les dirá a sus hombres que me bajen de esta tabla porque mientras tú estés libre, me necesita viva.
Y cuando lo hagan, estoy preparada para forzar la cerradura con el bolígrafo que le robé al matón que me clavó a esta trampa.
Un silbido surgió desde debajo de la plataforma.
—Te llevas una estrella por tus habilidades de carterista y un emoji triste por el resto.
—No quiero tus estrellas ni tus emojis —esta vez sí gruñí—. Me sacas de quicio, ¿lo sabes?
—Sí, lo recuerdo.
Era el hombre más terco, testarudo y cabezota del universo. Pero allí tumbado boca abajo sobre el duro hormigón, con solo la parte inferior de su cuerpo visible para mí, también estaba arriesgando su vida por mí. Le estaba tremendamente agradecida, pero mi miedo por él superaba mi gratitud.
—Kass —suavicé el tono—. Puedo cuidarme sola.
—Perdona mi franqueza —dijo entre tintineos y golpes metálicos—, pero estás aquí, así que quizás no tanto.
Mierda. No se equivocaba en eso.
—Vale, he tenido una mala racha últimamente, pero en general, mi plan es mejor que el tuyo.
—¿Por qué?
—En él, tú sobrevives.
—Pero tú sigues prisionera aquí.
No estaba escuchando ni una palabra de lo que decía, como de costumbre.
—¿Qué tal si te retiras y me esperas fuera del campamento? —propuse—. Me vendría bien que alguien me sacara de este vertedero.
—Lo siento —murmuró debajo de mí—. Inaceptable.
—Kass, te lo estoy pidiendo... no, te lo estoy ordenando... que te vayas, ahora.
—Vaya, vaya —en mi cabeza, podía ver la sonrisa burlona en su rostro—. ¿Vengo hasta aquí y lo primero que quieres es echarme a patadas?
—Idiota alfa loco con un complejo de héroe permanente —luché con todas mis fuerzas para no gritarle—. ¡Lárgate. De una. Puta. Vez!
—No me voy sin ti —mantuvo su posición—. Punto.
Apreté los dientes. Cuando Kass añadía un «punto» al final de sus frases, sus intenciones eran inamovibles. Quería abofetearlo para hacerlo entrar en razón.
Cinco minutos juntos y ya estábamos peleando. No debería sorprenderme. Éramos una discusión andante, un desastre con patas. ¿Situación de vida o muerte? No hay problema. Añadamos darnos de cabezazos a la mezcla y veamos qué pasa.
—Kass, hablo en serio.
—Yo también.
Era como hablar con una pared. Cerré los puños de frustración. El movimiento hizo que un dolor lacerante me atravesara la palma.
Mierda, mierda, mierda.
Gemí con una nueva oleada de dolor, luchando por no moverme, gritar ni llorar. Cerré los ojos y todo mi cuerpo se tensó. Aun así, un sollozo escapó de mis labios y una estúpida lágrima rodó por mi mejilla.
—¿Tee?
Cuando abrí los ojos, Kass estaba arrodillado a mi lado. Sus ojos brillaban como diamantes y su mano grande me acunaba la mejilla con una ternura que me calmó.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Bien —luché por no derrumbarme.
—Aguanta por mí. ¿Puedes hacer eso? —me acarició la mejilla con el pulgar y estudió mi rostro—. Voy a sacarte de aquí. Te lo prometo, Tee Titán. ¿Me escuchas?
Tee Titán.
Era el apodo que Kass me había puesto. Se le ocurrió el día que nos besamos por primera vez. Había sido Tee Titán desde entonces.
Un recuerdo flotó hasta la superficie de mi mente. Era mi primera semana en un nuevo instituto y había odiado que mis padres me obligaran a otra mudanza más, lejos de todos mis amigos.
El tercer día de orientación, me senté junto a un tipo llamado Jax Battleson y descubrí que él y sus hermanos también eran nuevos en el instituto. Jax y yo conectamos enseguida. A pesar de sus bromas malas, me reí a carcajadas durante una hora entera.
Y así, sin más, Jax y yo éramos mejores amigos.
A la hora del almuerzo, me presentó a sus hermanos.
Ya había oído hablar de ellos. Con mi habitual habilidad social, ya me había hecho amiga de toda la gente que importaba en el nuevo instituto.
El jugoso rumor era que los hermanos Battleson acababan de salir del reformatorio.
Las lenguas viperinas del instituto estaban desatadas.
Los hermanos eran gánsteres, delincuentes, criminales.
Incluso habían matado gente.