Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo dos
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Capítulo dos

Tee

Bajo la sombra de su casco de combate, los ojos cerúleos de Kass destellaron como bengalas plateadas. La furia le tensó los anchos hombros y le rezumaba por los poros, pero su astuta máscara de operador se mantuvo firme.

Conocía esa máscara de sobra.

Oculto bajo capas de pintura de camuflaje oscura, su rostro cuadrado no reflejaba sorpresa, ni urgencia, ni miedo.

El único indicio de que me había oído era cómo se le afilaba la mirada brillante y calculadora, lo que me dio esperanzas de que tal vez, si se iba ahora, podría ponerse a salvo antes de que fuera demasiado tarde.

—Por favor, Kass —susurré—. Tienes que irte.

Cerré los ojos y obligué a mi cuerpo a dejar de temblar.

No tenía ni idea de lo sensible que era el panel de activación bajo la tabla.

Después de tantas horas inmóvil, me dolía el cuello, tenía los hombros rígidos como ladrillos y las piernas entumecidas.

El dolor me recorría el brazo cada vez que movía sin querer la mano atravesada.

Mi trabajo me había metido en situaciones bastante turbias antes, pero nunca había estado en tantos problemas. Que Kass estuviera aquí solo aumentaba mi terror. Un movimiento en falso y Kass podría acabar capturado o volando por los aires, igual que yo.

No podía permitir que eso sucediera.

Había trabajado demasiado duro para construir un futuro viable con Kass. Él no sabía nada de mis esfuerzos. Probablemente había estado demasiado cegado por la rabia para darse cuenta. No era el momento de explicar nada de eso, pero no estaba lista para renunciar a mis locos sueños.

No quería que terminara así.

—Kass, tienes que salir de aquí —dije, luchando por no sonar histérica—. Hay todo un escuadrón de asesinos rondando.

—¿Cuántos? —exigió saber mientras rebuscaba en su mochila.

—Veamos... —empecé a contar rostros en mi cabeza.

Hice un esfuerzo por despejar la niebla mental. Como me habían drogado varias veces, un dolor de cabeza permanente se había instalado en mi cráneo. También estaba débil, hambrienta y deshidratada. Además, la rabia me hervía en el pecho cada vez que recordaba la traición que me había traído aquí.

Había estado buscando información cuando mi contacto principal me traicionó. Mi informante, nombre en clave Arturo, era un astuto comerciante del mercado negro que venía muy recomendado por fuentes de inteligencia fiables.

Dos meses antes, lo había contratado para averiguar la identidad del misterioso enemigo que libraba una guerra contra Kass y sus hermanos.

Unas semanas después, Arturo me envió un mensaje diciendo que tenía la información que necesitaba.

Quedé con él en un bar de Puerto La Cruz.

Lo que yo no sabía era que ya me había traicionado.

En un momento estaba sentada en un bar rústico de la playa, ansiosa por recibir la información vital por la que había pagado a Arturo. Al siguiente, tenía en la mano una carta del enemigo al que los Battleson habían bautizado como Zero Tango, y el mundo me daba vueltas.

Arturo me había drogado. Mientras viviera, nunca olvidaría la sonrisa burlona en el rostro de aquella víbora cuando perdí el conocimiento. El traidor me vendió al mismo bastardo que le había pagado para que identificara.

Incluso mientras me desvanecía, estaba furiosa conmigo misma. Era buena en lo que hacía. Entendía los riesgos y peligros. Había tomado todas las precauciones posibles. Y aun así, había caído en la trampa.

Cuando volví en mí, estaba en manos de una milicia privada en algún punto remoto de la selva. Mis captores me trasladaban de un lugar a otro con frecuencia, pero siempre iba con los ojos vendados o encapuchada.

Para llevar la cuenta del tiempo que llevaba prisionera, había hecho muescas en el cinturón para marcar el paso de los días.

Según mis cálculos, llevaba cautiva tres semanas, tal vez cuatro.

Había intentado escapar dos veces, pero mis intentos fallidos me habían enseñado que mis secuestradores eran todos del mismo molde: bien armados y brutales.

Pero eso no significaba que hubiera dejado de intentarlo.

Solo una razón podía explicar por qué seguía viva: Zero Tango quería mantenerme así... por ahora. Había preparado una trampa para Kass. Yo era el cebo.

Una semana antes, Arturo había llegado al campamento. Ahora trabajaba a tiempo completo para Zero Tango. Por orden de este, Arturo llamó a mi padre e intentó obligarme a suplicarle ayuda.

Me había negado a decir una palabra, así que recurrió a otro método. Para regocijo enfermizo de sus matones, se me escapó un grito cuando me disparó con un táser de uso militar.

Cincuenta mil voltios se impusieron. Así que sí, había hecho algo de ruido y Arturo había compartido ese momento tan especial con mi padre, sin duda para aterrorizarlo y conseguir que llamara a Kass y pusiera en marcha el último plan de Zero Tango.

El táser había sido difícil de soportar. El dolor había sido increíblemente intenso. Y luego, esa mañana, las cosas habían empeorado.

Como aún no se había producido ningún intento de rescate, Arturo había ordenado a sus hombres que me colocaran en esa tabla trucada. Para acelerar las cosas, se había ofrecido voluntario, con un martillo y el clavo más largo que había visto en mi vida en las manos.

A puñetazos y patadas, había intentado rechazarlos. Puede que hubiera dado uno o dos buenos golpes en el proceso, pero al final eran demasiados. Me inmovilizaron. Entonces uno de los brutos sacó el móvil y grabó el momento en que Arturo me clavó ese clavo en la carne.

Había gritado de nuevo. No fue mi mejor momento, pero ¿metal contra carne? No había color.

Después de eso, Arturo se había marchado para buscar cobertura y poder compartir el vídeo con mi padre, y de paso hacer algunos negocios, había dicho, el muy cerdo.

Me dejó con su manada de matones. Pero incluso con dolor, atrapada en esa celda apestosa y clavada a esa tabla trucada, había llevado la cuenta de los rostros a mi alrededor.

—Creo que hay unos doce hombres en este campamento —le dije a Kass—. ¿Tal vez trece?

—Catorce —Kass me sorprendió con su certeza matemática mientras se tumbaba en el suelo para evaluar la trampa letal—. No nos molestarán en un buen rato, pero aun así, tenemos que darnos prisa.

Catorce.

Kass se había enfrentado a catorce matones fuertemente armados, acostumbrados a matar a sangre fría. Era asombroso, un tributo a sus habilidades en operaciones encubiertas. En cuanto a darse prisa, no podía estar más de acuerdo. Lo mejor que podía hacer ahora era irse.

—¿Quiénes son estos cabrones? —la voz de Kass llegó amortiguada desde debajo de la tabla.

—No lo sé.

—Entonces, ¿cómo sabes que vienen a por mí y no a por ti?

Era muy propio de Kass dar en el clavo con sus preguntas. Su mente era un misil teledirigido.

—Estaba buscando a Zero Tango —dije—. Pero mi fuente me traicionó, y mientras tanto, Zero Tango dio conmigo.

Se incorporó apoyándose en los codos y me miró desconcertado.

—¿Cómo demonios sabes lo de Zero Tango?

—Les sigo la pista... quiero decir, a todos vosotros —me apresuré a aclarar, no fuera a pensar que lo estaba acosando o algo así. Que era exactamente lo que hacía. Acosarlo. Más o menos. Durante todos los años desde que rompimos.

Ay, mierda. Pasa página, Tee.

Frunció más el ceño.

—¿Qué quieres decir con que les seguías la pista?

—¿En serio? —arqueé las cejas—. ¿Vamos a tener esta conversación ahora?

—Tú habla, yo trabajo —su rostro desapareció de mi campo de visión otra vez—. Así que habla.

Ignorando las gotas de sudor que me resbalaban por la cara, me humedecí los labios agrietados e intenté no pensar en la bomba que seguía su cuenta atrás debajo de mí.

—Les sigo la pista a los chicos —admití, porque no había forma de evitarlo.

—Sí, lo sé —murmuró Kass desde debajo de la tabla—. Malditos traidores.

—No es así —dije en defensa de los chicos—. Somos amigos. Cuando me enteré de los ataques contra tus hermanos, analicé los datos. Seguí cada pista. Estaba a punto de descubrir la identidad de Zero Tango cuando me capturaron.

—Dios, mujer —el rostro de Kass apareció de nuevo, con la mirada ardiente como un lanzallamas—. ¿Por qué demonios harías algo tan peligroso? ¿Y qué coño has estado haciendo con tu vida? Seguro que no en el puto Cuerpo de Paz. ¿Y cómo demonios conseguiste acceso a información de ese calibre?

Ignoré las dos primeras preguntas, que, por supuesto, no podía responder.

—Seguí mis pistas para protegeros... a todos vosotros.

—No tenías que hacer eso —espetó—. Lo teníamos controlado.

—¿Ah, sí? —le devolví la mirada fulminante—. Porque Jax, Max y Troy se metieron en un buen lío, y Emme, Lexi y Marisol tampoco lo tuvieron fácil.

—Maldita sea —masculló Kass, y desapareció bajo la tabla otra vez—. Y ya que estás, quizá quieras añadir a Apollo y Blue a tu lista.

Se me cayó el alma a los pies.

—¿Qué pasó?

—Creo que también los atacaron, pero no estoy seguro —su voz llegó amortiguada desde algún lugar debajo de mí—. Tuve que cortar la comunicación para llegar hasta aquí.

—¿Qué quieres decir con que tuviste que cortar la comunicación? —exigí—. ¿Tus hermanos no saben dónde estás ni qué estás haciendo?

—No lo saben.

—¡Kass! —si pudiera, habría estrangulado al idiota—. ¿Y si necesitas refuerzos para salir de aquí?

—No los necesitaré —dijo el idiota engreído—. Tuve que largarme sin Jax y los demás para llegar aquí rápido.

—No puedes abandonar así a tus hermanos —me estremecí ante la sola idea—. Te rastrearán con el localizador intradérmico que lleváis implantado.

—Lo dudo.

Ay, no.

—Por favor, no me digas que desactivaste el microchip.

—Vale —murmuró—. No te lo diré.

—¡Eres un imbécil arrogante, temerario e imprudente! —jadeé—. ¿Abandonaste a tus hermanos y desactivaste tu chip solo para venir a por mí?

—Ellos habrían hecho lo mismo.

—No, a menos que todos se volvieran imbéciles después de que me fuera —escupí entre dientes.

Asomó la cabeza solo para poner los ojos en blanco.

—Liberty Rose, ya tenemos explosivos en esta habitación. Haz el favor de controlar tu genio.

—No me vengas con esas —espeté.