Capítulo Treinta
Blue
Ahuecando las manos, recogí agua de lluvia fresca que goteaba del techo y volví corriendo junto a Lexi.
—Vamos, cariño, bebe.
Acerqué las manos a sus labios.
Frunció la boca y tragó el agua. Le había vertido agua de lluvia sobre la cara y los labios hasta que recuperó la consciencia. Ahora permanecía lánguida contra la pared, sudando, sangrando demasiado para mi gusto y apenas con fuerzas para gemir.
—Contracción.
Cerró los ojos y hundió los dientes en el labio.
Apoyé la mano en su vientre y sentí el útero contraerse bajo mi palma.
—Va a ser buena.
Busqué la mirada exhausta de Lexi.
—Necesitamos un buen empujón.
Reluciente de sudor, su pecho se elevó mientras tomaba aire. Estaba débil y agotada, pero su mirada se llenó de determinación.
—¿Lista?
Con una mueca de dolor por su agonía, coloqué las manos entre sus piernas.
—Ahora.
Con un gruñido se apoyó en las manos, se inclinó hacia delante y empujó con todas sus fuerzas.
La cabecita surgió entre sus pliegues, salió unos centímetros y luego... retrocedió.
Bum, bum, bum.
Un trío de explosiones sacudió el suelo y el corazón se me subió a la garganta. Los disparos se intensificaron a nuestro alrededor.
Concéntrate en Lexi. La guerra de afuera tendrá que esperar.
—¡Otra vez! —grité por encima del estruendo—. ¡Fuerte! ¡Una última vez!
Lexi empujó hacia abajo y gritó, un alarido que me habría helado la sangre si no la tuviera ya helada.
Y de repente la cabeza oscura del bebé surgió, esta vez seguida de un cuerpecito que se deslizó envuelto en baba y sangre hasta mis manos.
—Oh, Dios mío —jadeé, luchando por sujetar al resbaladizo recién llegado—. ¡Lexi, está aquí! ¡Lo lograste!
El bebé abrió la boca y protestó por su llegada a este mundo con un llanto fuerte y potente que resonó en el molino y en mi alma.
—Shh, bebé —murmuré, acunando a la criaturita contra mi pecho—. Shh.
La diminuta criatura gimoteó contra mi pecho, aún caliente del vientre de su madre. Se movía entre mis brazos como si bailara una danza delicada.
Contemplé un rostro diminuto y perfecto, una cabecita coronada de cabello oscuro.
Por un momento, el mundo entero se desvaneció y solo quedamos nosotros. Él parecía tan sorprendido de verme como yo de conocerlo. Me miró parpadeando y me enamoré.
—Bienvenido al mundo, pequeño Max —le susurré al oído.
Agarré el borde de mi blusa y le limpié la baba de los ojos, la nariz y la boca. Estaba pálido, velloso y azulado, pero tenía los ojos claros y los labios ya se le estaban volviendo de un rosa brillante.
—¿Está vivo? —jadeó Lexi, con la voz temblorosa por los escalofríos que la sacudían de pies a cabeza—. ¿Está bien?
—Está muy vivo —sorbí por la nariz, vagamente consciente de las lágrimas calientes que me rodaban por la cara—. Es perfecto. ¿Estás lista para conocer a tu hijo?
—Oh, sí —Lexi sonrió radiante—. ¡Sí!
—Es hermoso —me acerqué a Lexi y lo pasé con cuidado a los brazos de su madre—. También es muy resbaladizo.
—Oh, Blue —Lexi abrazó al bebé contra su pecho, sollozando mientras le plantaba un dulce beso en la coronilla—. Tienes razón. ¡Es perfecto!
Me quité el chaleco antibalas por la cabeza, me quedé en camiseta de tirantes y envolví al bebé con mi blusa para mantenerlo caliente.
—Algo más está pasando ahí abajo —murmuró Lexi, mirándose.
Oh, Dios. ¿Y ahora qué?
—Debe ser la placenta —dijo Lexi—. Tienes que cortar el cordón umbilical.
Tragué saliva, pero Lexi tenía razón. Necesitaba hacer esto. La ayuda podría tardar un rato aún, y si en algún momento teníamos que correr, Lexi no podría hacerlo y la vida del bebé estaría en riesgo.
Dios, ojalá Apollo estuviera aquí. Se me revolvió el estómago. ¿Seguía vivo siquiera?
Rezando porque lo estuviera, me moví hacia atrás, me arrodillé entre las piernas de Lexi y ayudé a expulsar la placenta. Cuando terminamos con eso, miré alrededor en busca de algo para cortar el cordón umbilical.
Vi las viejas tijeras junto al martillo. Estaban oxidadas, pero no tenía otra opción.
Hice una mueca al acercar las hojas al cordón, pero absortos el uno en el otro, ni Lexi ni el bebé parecieron sentir nada cuando apreté. Até el extremo lo mejor que pude y, algo mareada, recé a Dios de nuevo, esperando que aquello hubiera terminado.
Tardé unos momentos en limpiar a Lexi. Usé sus leggings para eso. Ya le había vuelto el color a las mejillas. Tras hacer lo mejor que pude, me limpié las manos en la lona, me desplomé junto a Lexi y contemplé al bebé y a la madre.
—Lo hiciste genial, Lexi.
—Nosotras lo hicimos genial —levantó la mirada llorosa hacia mí, extendió la mano y apretó la mía, sellando aquel nuevo y extraordinario vínculo entre nosotras—. Gracias, Blue.
Un crujido repentino y un chasquido me hicieron agarrar el arma y ponerme de pie de un salto.
Con un desgarro brutal, las enredaderas que cubrían la entrada al molino se separaron de la pared.
Las luces del jardín se filtraron a través de las hojas ralas e iluminaron una figura oscura que arrancaba las últimas enredaderas.
La mirada de Lexi voló hacia mí.
—¿Blue?
No tuve tiempo de responder. Un hombre corpulento vestido de negro atravesó la abertura y se plantó con firmeza. En una mano sostenía una pistola de gran calibre que apuntaba directamente a mi cabeza. Levantó la otra mano, agarró el pasamontañas y se lo arrancó de un tirón.
Habría jadeado si no se me hubiera escapado todo el aire de golpe. Habría gritado si me hubiera quedado una pizca de oxígeno en los pulmones. Pero en esas circunstancias, lo único que pude hacer fue aferrarme a mi arma y bloquear las rodillas para no desplomarme ante el horror que me invadía.
Los ojos azules. La cabeza calva. La mueca de suficiencia. Al reconocerlo, el terror estalló en mi cabeza como un alarido. Mi hermano estaba ante mí, una aparición del infierno.
El destello peligroso en su mirada anunciaba que Ray Weber había recorrido todo ese camino por una sola razón.
Para matarme.
***
Apollo
—Atentos —avisé, con la granada en una mano—. ¡Fuego en el agujero!
Saqué la anilla, lancé el explosivo por el pasillo y me agaché contra la pared. Con un plink apagado, la granada rebotó contra las rejas. Apreté la cara contra la piedra caliza, cerré los ojos y me tapé los oídos.
La explosión sacudió la cueva y me golpeó con su onda expansiva. Los huesos me vibraron, los dientes me castañetearon en las encías y los tímpanos se me taponaron. Contuve la respiración y esperé mientras una nube de humo y tierra salía disparada hacia la boca de la cueva.
Cuando cesó la explosión y la cueva dejó de escupir tierra, me puse de pie y asomé la cabeza por la esquina.
Había dado en el blanco. La cueva se había derrumbado en su punto más estrecho y el techo se había hundido, sepultando las rejas.
Ya no nos flanquearían por la retaguardia.
Con los oídos aún zumbándome, troté hacia la parte delantera de la cueva y me reuní con Jax y Max. Me esperaban a ambos lados de la entrada, con sus M4 en ristre, ahora silenciosos.
Un vistazo rápido a los cuerpos que cubrían el suelo confirmó que Jax y Max habían acabado con el enemigo en nuestro flanco frontal.
Avanzamos en tándem, salimos de la cueva hacia la noche y barrimos el terreno que teníamos delante.
Un olor acre me irritó la nariz. Columnas de humo se elevaban de los restos de un par de lanchas rápidas que ardían junto al muelle. Los mercenarios que se habían quedado a vigilar el transporte yacían esparcidos por el suelo, abatidos por el Black Hawk de Troy.
Jax sonrió con suficiencia.
—Tendremos que enviarle una nota de agradecimiento a Rogue.
—Ni hablar —dijo Max—. A ese no hace falta hincharle más el ego.
En la madrugada, nos dirigimos cuesta arriba. La lluvia había cesado, pero el suelo estaba embarrado. Ahora solo teníamos que cruzar la isla a pie, sorprender a los mercenarios en el otro extremo del campo de batalla y acabar con esto.
El comunicador crepitó en mi oído.
—Mage, aquí Rogue. Cambio.
—Aquí Mage —dije—. Adelante, Rogue. Cambio.
—Tengo visual de Wave Surfer y contacto por radio —informó Rogue—. Tenemos un problema. Cambio.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Cuál es el problema? Cambio.
—Odio decírtelo —dijo Troy—. El recuento no cuadra.
Joder. Intercambié una mirada alarmada con Max y Jax.
—¿Qué pasa?
—Tenemos dos desaparecidos. Repito, nos faltan dos. Cambio.
—¿Quién falta?
—Lexi no está a bordo —informó Troy.
Max soltó una sarta de maldiciones, giró sobre sus talones y echó a correr cuesta arriba a toda velocidad.
—Mierda. —Jax me miró.
—Ve, yo iré justo detrás de ti. —Luché contra una oleada de pavor y pulsé el comunicador—. ¿Quién es el segundo desaparecido? Cambio.
—Blue —dijo Troy—. Emme informa que no llegó al barco.