Capítulo veintinueve
Apollo
Das una. Te llevas una. Era el intercambio primordial de la vida. Lo había aprendido por las malas. En ese instante turbio entre mi vida y mi muerte, vi el cuerpo de Margret sacudirse hacia un lado y desplomarse hacia delante.
Adiós, Margret.
Había sido la líder de este grupo. Sin ella, reinaría el caos. Y ese era el último tanto que había podido apuntar a favor de Blue antes de largarme.
Valía cada puta bala que me alcanzara.
Plin, plin, plin.
Los cabrones se desataron.
Fragmentos de piedra caliza explotaron en el aire. Ráfagas de disparos impactaban a mi alrededor. Apoyé la frente contra el saliente rocoso, con las rodillas pegadas al pecho, agarré las granadas a mis pies y las apreté en las palmas de las manos.
Mi cabeza resonaba con el estruendo de la potencia de fuego superior dirigida hacia mí. Mientras toda la fuerza de los mercenarios se abalanzaba sobre mí, me tocaba hacer la cuenta atrás.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno—
Rat-at-ta-ta, rat-at-ta-ta.
El estruendo de un par de armas automáticas estalló a mi espalda y no paró. Solo que las balas no se incrustaron en mí. Pasaron volando en la periferia de mi visión, atronando en mi oído izquierdo, desde algún lugar a mis siete u ocho.
¿Qué cojones?
Miré por encima del hombro y me quedé boquiabierto.
En el recodo detrás de mí, Jax y Max estaban agachados contra paredes opuestas.
Vestidos con equipo de combate completo, mantenían un fuego continuo, con ráfagas de disparos que zumbaban en el aire.
Los gritos de los hombres y el golpe sordo de los cuerpos al caer anunciaban un cambio en el equilibrio de poder.
Ante mis ojos atónitos, Jax y Max segaron todo lo que se movía al otro lado de la reja.
Era jodidamente alucinante.
Un silencio tenso siguió al sonido de botas en retirada. Me enderecé, y no pude reunir la energía para sentirme avergonzado por mis piernas temblorosas. Mi mirada fue de las granadas en mis manos a mis hermanos.
Había estado a un segundo de tirar de las anillas.
¿Cómo cojones estaban aquí?
—Puedes guardar esas trituradoras de carne cuando quieras —dijo Jax con una sonrisa burlona, su corpachón pegado a la pared mientras avanzaba hacia mi posición—. Solo ver al Doctor Who con las manos llenas de muerte me da ganas de cagarme encima.
—Joder —conseguí cerrar la boca—. Estáis aquí. ¡Habéis venido!
Max me lanzó su mirada de «no me vengas con esas».
—Parece que te estabas preparando para pillar el Uber de la parca hacia el infierno. ¿Esperabas que dejáramos que esa zorra te metiera en una bolsa para cadáveres?
Me dejé caer al suelo y coloqué las granadas en la bolsa. Las manos me temblaban como álamos al viento. Tuve que obligar a mis dedos rígidos y doloridos a soltar las malditas cosas.
Y eso que hablamos de expectativas destrozadas.
Me sacudí la conmoción de no estar muerto y reinicié mi cerebro cortocircuitado.
Mi mirada fue de Jax a Max. Esta vez, pude articular la palabra.
—¿Cómo?
—Me puse en contacto con Trev —Max soltó un informe de situación rápido—. Él y Marisol nos pusieron al tanto. Tus comunicaciones estaban caídas y eso no nos gustó. Localizamos a Jax. Troy y yo lo recogimos en el heli y vinimos cagando leches.
—Max y yo aterrizamos a favor del viento, vinimos a pie desde el sur y rastreamos tu señal —continuó Jax—. Aguantaste el tiempo suficiente para que llegáramos a este desastre.
Un millón de preguntas inundaron mi cabeza.
—¿Dónde está Troy?
Bum. Bum. Bum.
La tierra tembló y el techo de la cueva escupió algunas estalactitas que se desmoronaban y un chorrito de polvo. El sonido constante de las ametralladoras del Black Hawk disparando fue música para mis oídos.
—Ahí está —anunció Jax con una sonrisa—. Nuestra propia versión de la muerte llega en la noche está hundiendo algunos barcos, eso espero.
—¿Y Kass?
—Salió pitando a Denver para lidiar con el desastre de una OPA hostil.
—¿Y Marisol?
—Ella y un equipo aterrizaron hace unos tres minutos y se reunieron con los chicos. Aseguraron la pista y ya debe de estar tratando a Rosario y a los demás.
Increíble. Tenía el mejor equipo de apoyo del mundo.
—¿Dónde está Emme? —preguntó Jax—. ¿Dónde escondiste a los niños, a Lexi y a Blue?
—Pues verás —agarré mi arma—. Con un poco de suerte, ya están en el mar.
—¿En el mar? —Max frunció el ceño—. Ese no es lugar para una mujer embarazada.
—No me digas, genio —dije—. ¿Tienes comunicaciones?
—Tengo comunicaciones —dijo Max.
Sacó uno de repuesto del chaleco y me lo lanzó.
Me lo sujeté al cinturón, me puse los auriculares y activé las comunicaciones.
—Rogue, aquí Mage, cambio —hablé por el micrófono—. ¿Me copias?
—Mage, aquí Rogue —la voz de Troy crepitó por las comunicaciones—. Me alegra oírte. Te copio. Cambio.
—Rogue, cambia a modo de búsqueda y rescate. Repito. Búsqueda y rescate. Localiza una Yamaha 242X roja de diecinueve pies, indicativo Wave Surfer. Rumbo, norte-noreste. Origen, playa de la casa principal. Destino, Port Elizabeth. Necesitamos confirmar número de ocupantes. Ya.
—Recibido —dijo Troy—. Cambiando rumbo, dirección norte-noreste. Cambio.
—Los niños están en ese barco —añadí—. Emme también. Necesitamos tenerla a cubierto antes del amanecer.
—Entendido, Mage —dijo Troy—. Ya se nos ocurrirá algo. En marcha. Rogue, corto.
Los tres intercambiamos miradas preocupadas. Todavía quedaba mucho en juego.
—Por lo que veo, tenemos algo de limpieza que hacer —dijo Max.
Jax encajó un cargador nuevo.
—Apúntame para limpiar la escoria de esta isla.
—Es hora de acabar con los planes de Zero Tango —dije, y compartí una sonrisa feroz con mis hermanos.