Capítulo veintiocho
Blue
A Lexi le vino otra contracción. Esta fue muy fuerte. Ahogando los gritos, se mordió el puño, cerró los ojos y se hizo un ovillo.
Tenía que ponerla a salvo ya. Pero ¿dónde?
Solo se me ocurría un sitio. No era ideal, pero estaba cerca.
El problema era que, entre los ecos de un tiroteo feroz, el número de mercenarios que llegaban a la casa principal no paraba de crecer. Desde nuestro escondite, detrás de un frondoso macizo de orejas de elefante, conté unos quince matones de negro con pasamontañas, todos armados hasta los dientes.
La mayoría de los mercenarios tenían prisa por bajar, pero un pequeño contingente se quedó atrás patrullando la terraza de la piscina y los jardines.
—Vamos, Lexi —la sostuve contra mí—. Tenemos que escondernos.
Gimió, pero había que reconocerlo: para ser una modelo de portada mundialmente famosa, era una tía dura. Apoyándose en mí, se levantó y echó a andar.
Avanzamos a trompicones, esquivando las luces decorativas que iluminaban los jardines, hasta las ruinas de la antigua plantación de azúcar. Tuvimos que parar varias veces porque las contracciones le venían cada vez más seguidas. Como pudimos, llegamos al viejo molino.
Igual que Joram antes que yo, logré encontrar la entrada entre las enredaderas. Arranqué las ramas más rebeldes, ayudé a Lexi a pasar a gatas y la seguí al interior. Después de recolocar la vegetación para ocultar la abertura, me di la vuelta y examiné nuestro escondite.
Un hilo de luz de los focos exteriores se colaba por una ventana alta, proyectando sombras en el interior del molino.
En una esquina se pudría un montón de madera.
Sobre unas vigas había una lona, unas tijeras viejas y un martillo oxidado, sin duda restos de cuando cambiaron el techo.
El agua de lluvia se colaba por el tejado de paja y formaba charcos en el suelo.
Apreté los dientes. Tenía muy poco con qué apañarme.
Sacudí la lona de plástico y la extendí sobre el suelo de piedra, en el rincón más seco que encontré. Luego acompañé a Lexi hasta allí, la acomodé con la espalda contra la pared y me arrodillé a su lado.
—¿Cómo vamos?
—¿Qué clase de pregunta es esa? —me espetó—.
¿No es obvio? Estoy fatal, fatal. Me duele todo.
Es demasiado pronto y sin embargo este bebé quiere nacer ya.
Estamos en medio de la puta nada. Rodeadas de asesinos.
He esperado este bebé toda mi vida. Y ahora...
—se le quebró la voz—. Ay, Blue, ¿y si se muere?
—No se va a morir —le apreté la mano, notando cómo crecía el pánico en ella mientras el terror me martilleaba las costillas—. Tu bebé es fuerte, como su mamá y su papá. Respira hondo. Eso es. Vamos minuto a minuto, ¿vale?
—Vale —gimió con la respiración entrecortada mientras el cuerpo se le tensaba con la siguiente contracción.
Se le contrajo todo el cuerpo y soltó un gemido prolongado de agonía que resonó en el molino vacío. Dios mío. Si alguno de esos mercenarios la oía, estábamos perdidas.
—Si pudieras gritar un poco menos, te lo agradecería —parecía absurdo decirle eso a una mujer en pleno parto, pero los gritos y los disparos resonaban a nuestro alrededor mientras la batalla se extendía hacia los jardines.
—Necesito un hospital —jadeó Lexi—. Quiero una sala de partos limpia y una epidural. Y a Max. Necesito a Max. No puedo hacer esto sola.
—No estás sola —le froté la espalda, los hombros—. Estoy aquí. Emme mandará ayuda. Ya verás.
—Pasará mucho tiempo antes de que Emme llegue a un lugar seguro —gruñó Lexi con los dientes apretados—. Y aún más para que llegue la ayuda.
Lexi tenía razón, pero no lo dije.
—Es que... —gimió cuando la siguiente contracción la sacudió—. ¡No puedo esperar tanto!
—A lo mejor sí —me agarré a un clavo ardiendo—. Al fin y al cabo, si aguantaste tacones de quince centímetros durante horas, puedes con esto.
—Esto es peor, mucho peor —su cara se contrajo en una mueca de desesperación—. Es como un tren bala arrasando por dentro, desgarrándome.
Contuve una maldición y forcé una sonrisa.
—Bien.
—¿Bien? —me miró atónita, con la cara bañada en sudor y lágrimas.
—Sí, bien —dije con toda la seguridad que pude—. Se supone que dar a luz duele como el demonio, ¿no? Así que diría que todo va como tiene que ir.
—Oooh, mierda —se encogió y esperó a que pasara la contracción—. Max, ¿dónde coño estás? ¡Esto no es justo!
—Tienes razón, no es justo —improvisé sobre la marcha—. Las mujeres hemos llevado la peor parte desde el principio de los tiempos. Pero piénsalo: nosotras traemos vida al mundo. ¿No es increíble?
—Y una mierda —gruñó Lexi—. Esto es una puta mierda. Joder, joder, joder.
—Vale, vale. Lo pillo. Perdona —la filosofía no estaba sirviendo de nada.
—¡Dios mío! —gritó con los ojos desorbitados mientras el vientre se le contraía y todo el cuerpo se le ponía rígido—. Tengo que empujar. ¡Ya viene!
Se me subió la bilis a la garganta. No podía atender un parto aquí y ahora. ¡No tenía ni idea de cómo hacerlo!
Tragué saliva.
—¿Puedes intentar aguantar?
—¿Aguantar? —me gruñó—. No, no puedo aguantar. No es que pueda darle al pause. A ver si tú aguantas una bola de bolos bajando a toda hostia por tu canal del parto.
—Lo siento —murmuré—. Fue una petición estúpida.
Respira, Blue. Inhalé por la nariz y exhalé por la boca, haciéndole señas a Lexi para que hiciera lo mismo. Mantén la calma. No la cagues más de lo que ya está.
Lexi apretó los dientes y dejó escapar un gemido que sonó más a rugido.
—No puedo hacer esto.
Sus ojos verde azulados se clavaron en mí, relucientes de agonía.
—¡No puedo!
—Sí, puedes —dije con toda la calma que pude reunir—. Nosotras podemos hacerlo.
—¿Aquí?
La desesperación había grabado surcos profundos en un rostro que no tenía arrugas antes de hoy.
—¿Ahora?
—Aquí, ahora.
No había otra opción.
—¿Puedes levantar las caderas, solo un poco?
Con el cuerpo temblando y contrayéndose, los sollozos y gritos atrapados tras los labios apretados, Lexi se inclinó hacia un lado y luego hacia el otro mientras yo le bajaba los leggings y la ropa interior.
Ignorando el miedo que me martilleaba en el pecho, orienté el cuerpo de Lexi hacia la ventana alta.
—Déjame echar un vistazo.
Le separé las piernas y me incliné, entornando los ojos en la penumbra, sin saber qué buscaba.
—No puedo creer que esto me esté pasando —gimió Lexi—. Me están castigando.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Por qué?
—Por ser mala contigo —respondió entre jadeos—. Por tratarte tan mal.
Solté un bufido.
—No sabes lo que es horrible. Comparada con mi hermano Ray, eres tan amable como la Madre Teresa. Además, pensaba conquistarte, no sé, en los próximos dos mil años o así.
Logró esbozar una sonrisa entre muecas de dolor.
—Lo siento —dijo con voz ronca—. Estaba enfadada.
—Lo sé —murmuré mientras tanteaba—. Arreglaré las cosas con Max. Siento que lo primero que sintieras al verme fuera rabia.
—En realidad no —murmuró, jadeando de nuevo.
Alcé la vista hacia ella.
—¿No?
—Cuando te vi por primera vez... pensé... Tu pelo...
Jadeó y luego se relajó cuando pasó la contracción.
—Tengo que conseguir ese tono de azul tan brutal para mi colección de tintes.
Se me escapó una carcajada. Ella también se rio, bueno, hasta que sus risitas se convirtieron en un gemido y volví a ser la comadrona accidental.
La mano me tropezó con algo pequeño y más o menos redondo. Entorné los ojos y se me abrió la boca. Me quedé paralizada hasta la última molécula.
—¿Lexi? —murmuré—. Puedo sentir la cabeza del bebé. Está... justo ahí.
—Oh, Dios mío —jadeó—. Oh, Max. ¡Necesito a Max!
Lexi necesitaba a Max, pero yo necesitaba a Apollo. Al fin y al cabo, él era médico. Él sabría qué hacer. Yo, en cambio, no tenía ni puta idea.
Gritos y voces resonaban por todas partes, demasiado cerca. Me sequé el sudor de la cara y me obligué a tragar. Luego, con la garganta reseca, solté las palabras que me parecían imposibles.
—Intentemos empujar con la próxima contracción. ¿Acabamos con esto de una vez?
—Lo intentaré —susurró Lexi, con el bonito rostro contraído en una mueca de dolor.
—Vamos, Lexi. Tú puedes.
No sé cuánto tiempo estuvo Lexi empujando, pero me pareció una eternidad. La animé, la calmé y la guié en cada pujo. Fuera, la lluvia amainó, pero no podía decir lo mismo de los disparos.
—No sé si puedo seguir —jadeó Lexi al cabo de un rato.
Cuando la contracción remitió, se desplomó contra la pared con los párpados caídos.
—Estoy... tan... cansada.
—No cierres los ojos, Lexi.
Intenté contener el pánico en mi voz.
—Te necesito despierta y empujando. ¿Recuerdas?
Intenté sonar animada.
—¡El bebé ya viene!
—No —murmuró con la cabeza ladeándose—. Está atascado.
—No digas eso. Por favor, Dios mío, que eso no sea verdad. —Estas cosas llevan su tiempo.
—Por favor, Blue.
Me cogió la mano y tiró de ella.
—Dile a Max que lo intenté. Dile que lo siento. Dile que le quiero.
—Oh, no. No.
Le enmarqué el rostro con las manos.
—Mírame. ¡Mírame!
Lexi parpadeó varias veces, pero le costaba enfocar su mirada vidriosa en mí.
—No le voy a decir a Max nada de esa mierda —dije—. Tú se lo vas a decir a Max tú misma. ¿Me oyes, Lexi? Tú se lo vas a decir cuando tú le presentes a su hijo. ¿De acuerdo?
Pero Lexi no respondió. En lugar de eso, los ojos se le pusieron en blanco y se desplomó en mis brazos.
—¿Lexi?
La sacudí con suavidad.
—Lexi, despierta.
¡Dios mío! ¿Se había desmayado? ¿Estaba...?
—Lexi, cariño.
La voz se me quebró mientras luchaba por contener los sollozos.
—¡Despierta!
Cuida de mi familia. Era lo único que Apollo me había pedido.
Estaba a punto de fallarle.
***
Apollo
Entrecerré el ojo en la mira, percibí un movimiento en la oscuridad y apreté el gatillo.
Plink, plunk, plunk.
Dos impactos y el golpe sordo de un cuerpo cayendo sobre una de mis víctimas anteriores.
Música para mis oídos. La pila seguía creciendo.
Nada mal para un médico de combate que normalmente estaba agachado sobre algún herido o tragando polvo junto a un paciente, colocando una vía mientras esquivaba disparos enemigos.