Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintisiete #2
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Capítulo veintisiete #2

—Por favor, Blue. Es mi familia. Cuida de ellos. Y de ti misma. Necesito que hagas esto por mí. ¿Por favor?

—De acuerdo —tomó aire y me clavó la mirada—. Pero sé listo. No te hagas el héroe. Mantente vivo. ¿Me oyes?

—Tú haz lo mismo —dije—. Ahora vete.

Las primeras ráfagas de fuego enemigo retumbaron en la cueva, un tanteo para localizar mi posición, pero solo dieron en la roca.

—Vete —repetí, esta vez con urgencia.

Se inclinó y me plantó un beso rápido en los labios.

—Te quiero.

Las palabras me golpearon como un infarto. Parpadeé, aturdido, mientras ella se levantaba y se alejaba hacia la casa. Como un idiota, mantuve la vista fija en ella hasta que la oscuridad se la tragó.

Te quiero.

Su voz suave reverberó en la cueva, en mi cabeza, en mi corazón. Inspiré hondo. Nunca me había dicho esas palabras. Eran palabras sencillas, tan manidas, pronunciadas tantas veces sin significado alguno. Desde luego, para mí nunca habían significado nada.

Pero hoy, sí lo hicieron.

El eco de su promesa me hinchó el corazón. Cuando el primer tango dobló la esquina y abrió fuego contra mi posición, me di cuenta de que yo tampoco le había dicho nunca esas palabras.

Y ahora, quizá no tendría la oportunidad.

***

Blue

Un dolor palpitante se asentó en mi pecho mientras corría para alcanzar a los demás.

Dejar a Apollo atrás había sido una de las cosas más difíciles que había hecho en mi vida.

Había visto bien a los mercenarios que iban hacia él, y ahora la cueva reverberaba con el estruendo de los disparos, una cacofonía ensordecedora de muerte.

Las probabilidades de que Apollo sobreviviera a los mercenarios eran pésimas.

¿Cuánto tiempo podría resistir?

Estaba dispuesto a arriesgar su vida para darnos una oportunidad. Yo tenía que estar dispuesta a hacer lo mismo. Me había pedido que cuidara de su familia. Y lo haría, aunque el corazón se me hiciera pedazos con cada paso que daba alejándome de él.

Al fondo de la cueva, me encontré con Lexi y Emme junto a la puerta secreta. Emme sujetaba a Maya en brazos y le tapaba los oídos a la pequeña. Joram y Lulu se acurrucaban juntos mientras Lexi forcejeaba con la estantería que bloqueaba la puerta. Con un gruñido, logró apartarla.

—Yo iré delante —grité por encima del estruendo de la batalla.

Con el arma en alto, me colé en el congelador y, con los demás detrás, avancé hacia el cuarto de servicio.

—Quedaos aquí.

Me moví en silencio, salí al sótano y comprobé que no hubiera moros en la costa. Recorrí el espacio con la mirada, corrí hasta la habitación de Emme, cogí su equipo de protección UV del armario y volví al cuarto de servicio.

Le lancé la prenda.

—Por si acaso esto se alarga.

—Gracias.

Se apresuró a ponerse la prenda negra de una sola pieza que la cubría de la cabeza a los pies, la única protección que tendría contra el sol, siempre y cuando siguiéramos vivas cuando amaneciera.

Un sonido en el piso de arriba captó mi atención. Me llevé el dedo a los labios y todos guardaron silencio. Pasos. Silenciosos, cautelosos. Fuera. Junto a la puerta principal. Hice un gesto para que todos me siguieran.

Habíamos cruzado la mitad de la sala de juegos, avanzando de puntillas hacia la puerta trasera, cuando Lexi susurró:

—Oh, oh.

Me volví y la encontré apoyada en la pared, sujetándose el vientre.

—¿Qué pasa?

—Creo que...

Un borboteo suave resonó en el sótano. Las mallas de Lexi se oscurecieron a medida que una mancha húmeda empapaba la tela entre sus piernas.

—Oh, mierda.

Lexi miró hacia abajo, al líquido que se acumulaba alrededor de sus zapatillas.

—¡Mira! —Joram señaló los pies de Lexi—. ¡La tía se ha hecho pis encima!

Oh, no. Ahora no. Se me cayó el alma a los pies. Emme y yo intercambiamos miradas alarmadas. A Lexi se le acababa de romper la bolsa, el inicio oficial del parto.

—¿Puedes caminar? —pregunté.

—Puedo intentarlo —murmuró, justo antes de doblarse en dos. Bajo la camiseta de tirantes, la tripa se le tensó formando una bola compacta—. ¡Joder!

Miré a Emme y levanté los ojos hacia el piso de arriba.

—Tenemos que darnos prisa.

—Sí —asintió Emme en un susurro—. Lulu, ¿puedes coger a Maya?

Lulu cogió a Maya, impresionantemente serena para una niña que debía de saber que estábamos en apuros. Emme se metió bajo el brazo de Lexi y la instó a avanzar.

Abrí la puerta trasera y miré a un lado y a otro. Al ver el camino despejado, hice un gesto para que los demás me siguieran hacia los intrincados jardines. Nos refugiamos tras las exuberantes plantas y bordeamos la terraza de la piscina.

Divisé a un par de guerreros de camuflaje que registraban la casa principal mientras bajaban las escaleras. Cuando desaparecieron, mercenarios vestidos de negro inundaron la casa.

Apollo, por favor, cúbrete las espaldas. Estaba a punto de recibir fuego por ambos flancos.

Lexi gimió, se tambaleó y soltó el arma al desplomarse de rodillas.

—Lexi, cariño.

Emme se agachó a su lado y yo también.

Con los ojos cerrados y los puños apretados, Lexi sentía tanto dolor que no podía hablar. Tuvimos que esperar a que la contracción remitiera. Cuando por fin lo hizo, dejó a Lexi jadeando en el suelo.

—Las contracciones están demasiado juntas —susurró Emme—. Este bebé viene rápido.

Como si quisiera confirmarlo, otra contracción sacudió a Lexi. Se retorció y gimió, con el rostro contraído en una mueca. Maya se echó a llorar y Emme tuvo que calmarla antes de que sus gemidos nos delataran. Joram y Lulu miraban a Lexi con los ojos como platos.

—Calla, Lexi —susurré, frotándole la espalda sin dejar de vigilar a los mercenarios.

—No puedo caminar —gimió Lexi entre dientes—. Tenéis que iros.

—No pienso dejarte atrás —susurró Emme, cogiéndole la mano.

—Sí, lo harás.

Tomé una decisión.

—Tú y los niños tenéis que iros.

—¿Qué? —Emme se quedó boquiabierta—. ¡No!

—Piénsalo —susurré, dividiendo mi atención entre ella y los mercenarios que registraban la casa—. Los niños son nuestra prioridad, no tenemos comunicaciones y alguien tiene que ir a buscar ayuda.

—¡Entonces ve tú!

—Tienes que ser tú.

Mis ojos se posaron en la pequeña en brazos de Lulu.

—Eres la única que tiene alguna posibilidad de mantener callada a Maya. Lo que significa que tú tienes que correr hacia el embarcadero. Coge a los niños, sube a la barca y alejaos de aquí.

Emme empezó a protestar.

—Pero Lexi...

—Yo me quedaré con Lexi —dije—. Nos esconderemos, nos atrincheraremos y esperaremos hasta que envíes ayuda. Pero tienes que irte, Emme.

—Tiene razón —jadeó Lexi al final de otra contracción—. No puedo llegar hasta la playa. —Resopló varias veces seguidas antes de poder continuar—. Ve tú. Llévate a los niños. No hay otra forma.

Emme nos miró alternativamente a Lexi y a mí.

—¿Te quedarás con ella?

—Lo juro.

Cogí el arma de Lexi y se la di a Emme.

—Así tendrás unas balas de más.

—Aguanta.

Emme cogió la mano de Lexi y se la apretó.

—¿Me oyes?

—Ve —jadeó Lexi, con el rostro contraído de dolor.

—Sé fuerte.

Emme se secó una lágrima.

—Os quiero. A las dos.

Me sorprendió con un abrazo antes de volverse hacia los niños y coger a Maya de brazos de Lulu.

—Vamos, niños —dijo—. Vamos a correr. Seguidme.

Los frondosos jardines engulleron a Emme y a los niños hasta hacerlos desaparecer de mi vista.

Recé por volver a verlos.