Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintitrés #2
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Capítulo veintitrés #2

No podía imaginar un universo en el que el guerrero orgulloso, fuerte y capaz que había ido a la guerra y se había enfrentado a Ray, Margret y Giant fuera otra cosa que poderoso. Y sin embargo…

—¿Sufriste acoso escolar?

—Sí.

Hizo una mueca al admitirlo.

—Crecer en los barrios de protección oficial no era lugar para un niño negro empollón al que le encantaban las matemáticas y las ciencias. Se suponía que debía ser duro y seguir con los negocios familiares, no ir a la universidad ni hacer esas cosas.

Me daba un poco de miedo preguntar, pero lo hice de todos modos.

—¿Los negocios familiares?

—Mi padre era estafador a tiempo completo y proxeneta a tiempo parcial.

Apartó la mirada.

—No estaba mucho por casa, pero cuando estaba, vendía a mi madre. Ella era adicta al sexo y las drogas. Su cerebro se quemó muy pronto, pero decía que yo era débil, estúpido e inútil desde el día en que nací.

Su mirada vidriosa me indicó que estaba reviviendo su pasado, sumido en recuerdos tristes y dolorosos.

Todo este tiempo había estado consumida por mis propias tragedias.

Pero ahora que llevaba bastantes sesiones de terapia encima y me sentía mejor, me invadió una sensación de culpa.

Desde la primera vez que estuvimos juntos, había sabido que Apollo guardaba secretos que le dolían.

Simplemente no me había dado cuenta de lo profundos y oscuros que eran.

Peor aún, tenía la sensación de que apenas estaba rozando la superficie de las partes más difíciles.

Me aclaré la garganta.

—Eso fue algo muy cruel viniendo de una madre cariñosa.

—Madre cariñosa no fue nunca.

El tono acerbo en la voz de Apollo me revolvió el estómago.

—Y quién sabe. Quizá tenía razón. De niño era débil. Lloraba mucho. No tenía agallas para robar cosas para ella ni para abrirme paso entre los traficantes y los clientes que frecuentaban la casa. Era inútil. Ella y mi padre me llamaban mariquita todo el tiempo.

—Ningún padre en su sano juicio le diría esas cosas a su hijo.

La tristeza grabada en su rostro me enfureció.

—Me parece que tus padres estaban mal de la cabeza. O quizá eran un par de imbéciles egoístas.

—Ambas cosas, creo, mirando atrás.

—murmuró.

—Pero los niños no saben eso cuando son pequeños. Aceptan los desprecios y las palizas como parte de la vida cotidiana. Yo lo hice.

—¿Te pegaban?

Grazné, luchando contra el impulso de ir a buscar a esos supuestos padres y cantarles las cuarenta.

—Tuviste suerte de salir vivo de esa casa.

—Y que lo digas.

Suspiró.

—Pero no tuve suerte. Tuve a Jax.

Los labios de Apollo esbozaron una sonrisa fugaz.

—Jax era mayor que yo y tenía la actitud, el temperamento y las habilidades para sobrevivir en el campo de batalla que era mi casa. Jax nació siendo un hijo de puta duro. Él cuidó de mí.

—¿Cómo?

—pregunté.

—Estuvo a mi lado.

—dijo Apollo.

—Golpeaba a los matones en la escuela y en casa. Me quitaba a mi madre y a mi padre de encima cuando podía. Robaba libros para mí. Me compraba comida. Me mantenía alejado de los problemas. Me liberaba cuando mi madre me encerraba en el armario.

—Ella… eh… ¿te encerraba en un armario?

—chillé.

—Sí, era su forma favorita de endurecerme.

Un escalofrío visible lo recorrió, y a mí también, al imaginar el terror que debió de experimentar de niño.

—Mi vida se desmoronó cuando Jax fue al reformatorio.

Me quedé boquiabierta.

—¿Jax fue al reformatorio?

—Te lo juro, no fue culpa de Jax.

—se apresuró a explicar Apollo.

—Y al final, resultó ser algo bueno. Conocimos al resto de mis hermanos en el centro, incluido Leo.

—¿Leo?

Tuve que hacer un esfuerzo para cerrar la boca.

—¿En el reformatorio?

—Sí.

La sonrisa de Apollo se ensanchó.

—Fue Leo quien nos organizó como equipo y convenció a Maria y Scott Battleson de que nos adoptaran a los seis. Conseguimos nuevos nombres y una nueva vida. Desde entonces hemos estado juntos.

—Espera.

Me froté la frente fruncida.

—¿Tú también fuiste al reformatorio?

—Sí, yo.

Me miró con desdén.

—Ya no parezco el señor Perfecto, ¿verdad?

—Pero… ¿por qué?

—¿No es obvio?

—dijo.

—Quería estar con Jax.

—A ver si lo entiendo bien.

—dije, sin poder creerlo.

—¿Te metiste en problemas a propósito porque querías estar en el reformatorio con Jax?

—Suena estúpido, lo sé. Solo alguien que hubiera estado en mi pellejo podría entender por qué las cosas sucedieron como sucedieron.

—O…

Hice una pausa para reunir valor.

—Podrías intentar explicármelo.

—Sí, podría.

Pero apretó los labios y tensó la mandíbula.

—¿Apollo?

—me aventuré.

—¿Por qué fue Jax al reformatorio?

Me miró a los ojos y contuvo la respiración.

—Cuando Jax tenía trece años, mató a alguien.

—¿A quién?

—A mi padre.

Intenté tragar, pero tenía la boca seca. —¿Por qué Jax mató a tu padre?

—Porque era un monstruo —dijo Apollo en un tono tan plano que se me cayó el alma a los pies.

—¿Y tú? —pregunté con voz vacilante—. ¿Por qué fuiste a un reformatorio?

—Tenía once años cuando me encerraron por intento de asesinato.

—Tú... eh... —traté de sobreponerme a la conmoción—. ¿Tú intentaste matar a alguien?

—Sí.

No tuve más remedio que preguntar. —¿A quién?

Me miró fijamente un momento, luego apartó la vista. —A mi madre.