Capítulo veintiuno #2
Hacía unas semanas, me habría alejado de aquella mujer por completo, incapaz de confiar en nadie. Pero ahora estaba en otro momento. Había aprendido mucho sobre mí misma últimamente.
Además, Emme tenía razón.
—Apollo es una joya —no podía negar lo que sentía por él—. Apollo y yo... o sea... nosotros... —bueno, quizá todavía no era capaz de decirlo en voz alta, pero estaba cerca—. Me gusta mucho Apollo.
—¡Bien! —Emme aplaudió con entusiasmo—. Porque quiero a Apollo como al hermano que es para mí, y no me gustaría ver que le hacen daño.
Di un paso atrás y la miré fijamente. ¿Había detectado una amenaza no tan sutil en el destello de sus ojos?
—Perdona si parezco una mamá osa, pero lo digo en serio —su mirada se endureció—. Te querré como a una hermana si eres buena con él, pero te haré pedazos si le rompes el corazón.
Pasó junto a mí en dirección al camino de la casa, luego se detuvo, se giró y me dedicó una dulce sonrisa que no pegaba en absoluto con el acero de sus palabras.
—¿Vienes?
***
Apollo
Apliqué un poco de gel en el vientre de Lexi y bajé la sonda. Menos mal que había añadido un Doppler fetal portátil a mi botiquín antes de salir de Denver. No era el tipo de aparato que solía llevar en mis misiones, pero intuí que podría venirme bien.
Deslicé la sonda sobre el vientre de Lexi, de treinta y cuatro semanas, buscando el latido del bebé. Nada por este lado. Pasé al otro.
Alta y esbelta, Lexi estaba tumbada en el sofá seccional de cuero que presidía la sala de juegos del sótano, con la camiseta de tirantes subida por encima del vientre y los dedos llenos de anillos jugueteando con los collares de cuero.
—No se movió en absoluto durante las últimas dos horas del vuelo —dijo, con aquellos extraordinarios ojos aguamarina clavados en mí—. ¿Y si está estresado? ¿O peor? —La voz le subió un tono—. ¿Qué vamos a hacer entonces?
—Tranquila, Lexi —levanté la sonda y le dediqué una sonrisa tranquilizadora—. Es normal que los bebés pasen por períodos de inactividad en esta etapa. ¿Qué tal si respiras hondo y me dejas escuchar bien?
—Eres muy amable conmigo —se mordió el labio—. Pero tengo que callarme, ¿verdad?
Amplié la sonrisa.
—Me ayudaría, sí.
—Vale —respiró hondo—. Me callo, lo prometo.
Bajé la sonda de nuevo y, escuchando con atención, la fui moviendo por el vientre, jugando al escondite con un bebé que ni siquiera había nacido todavía.
La obstetricia no era ni de lejos mi especialidad. El cuidado prenatal no era mi fuerte. Mi carrera médica se centraba en la medicina de combate y la atención de emergencias. Pero había hecho la rotación obligatoria de obstetricia en la facultad, y como médico de urgencias, dominaba lo básico.
Mientras buscaba el latido del bebé, observé a mi cuñada.
Era una famosa modelo que había encontrado su hogar y su auténtico ser en los brazos de mi hermano Max.
A su vez, Lexi le había dado a Max una razón para vivir cuando él había perdido el rumbo.
Por eso, y por devolverle a Max las ganas de vivir, siempre le estaría agradecido.
¿Y este bebé? Era la suma del sueño de Lexi y las esperanzas de Max.
Le eché un vistazo a Lexi. La mirada exótica que había adornado millones de portadas de revistas seguía brillante y alerta.
La lujosa melena de cabello negro azabache, rapada a un lado, no había perdido nada de su brillo.
Su piel cobriza se veía tersa, saludable, sin signos de hinchazón.
Si a eso le sumaba que sus constantes vitales eran perfectas, no tenía motivos para preocuparme.
Pero como futura madre primeriza, Lexi se preocupaba por la salud de su bebé. Max estaba en una misión peligrosa y ella también se preocupaba por él. Su ansiedad estaba por las nubes.
No pasaba nada. Estaba acostumbrado. Gran parte de ser médico consistía en tranquilizar a la gente.
—Espera... —murmuré y activé el altavoz—. Ya está.
Swish, swish, swish.
—Oh, Apollo —con los ojos anegados en lágrimas, Lexi me atrapó en un abrazo feroz que me dejó sin aire—. ¡El pequeño Max está bien! ¡Gracias, gracias, gracias!
—De nada —le devolví el abrazo y le besé la coronilla.
Al levantar la vista, vi a Blue junto a Emme cerca de la puerta, ambas sonriendo por la buena noticia.
—Veo que ya conoces a Emme —dije—. Blue, te presento a Lexi. Lexi, te presento a Blue.
Blue le dedicó una sonrisa a Lexi, pero esta se bajó la camiseta de un tirón y la fulminó con la mirada.
—Tú y yo tenemos que dejar las cosas claras desde ya —Lexi se levantó del sofá, irguiéndose en toda su altura de supermodelo—. ¿Lo que le hiciste a mi Max? Nada bien. Nada bien en absoluto.
Uh-oh.
Seguí la mirada furiosa de Lexi hasta Blue. Esta tragó saliva con dificultad.
—Vamos, Lexi —dejé el Doppler a un lado y me levanté—. Dale un respiro a Blue.
—Ni hablar —Lexi me lanzó una mirada de reojo y avanzó, acariciándose el pronunciado vientre mientras se plantaba frente a Blue—. Cuando Max intentó hablar contigo sobre Leo, lo cortaste en seco. Le echaste en cara que hubiera sobrevivido a Leo. Fuiste cruel con mi marido.
—Lexi, cariño, no hagamos esto ahora —Emme se interpuso entre las dos.
—Oh, sí, vamos a hacerlo, ahora mismo —Lexi pasó junto a Emme y se encaró con Blue—. No tienes ni idea de cómo le afectó a Max la muerte de Leo.
Emme se volvió hacia Blue.
—Lexi no pretende ser mala. Es que tiene el ánimo un poco revuelto, eso es todo...
—Sí pretendo ser mala —Lexi miró a Blue a los ojos—. Tan mala como tú fuiste con Max.
—¿Qué tal si subimos, Blue? —me coloqué a su lado—. Podemos resolver esto más tarde.
—No —Blue se zafó de mi agarre y sostuvo la mirada furiosa de mi cuñada—. Lexi tiene cosas que decirme. Déjala.
Oh, mierda.
Estas dos no habían empezado con buen pie.