Capítulo veintiuno
Apollo
Apoyé el estetoscopio en el pecho de Rosario y le escuché los pulmones. Respiración limpia. Sin congestión. Presión arterial normal. El pulso estaba un poco acelerado, pero podía tratarse del síndrome de bata blanca.
Además de la fiebre, Rosario refirió dolor de cabeza y náuseas, pero en general parecía estar de buen ánimo y no se quejaba demasiado.
Me tomé mi tiempo para revisar su historial médico. Le pregunté si había bebido o comido algo distinto de lo que Jeffrey cocinaba para el resto. Dijo que no. Como todos comíamos lo mismo, no creía que fuera algo que hubiera ingerido ni un virus estomacal. Le busqué picaduras de insectos. Nada.
—Quiero que tomes dos de estas cada cuatro horas —le entregué un frasco de paracetamol de mi botiquín—. Bebe mucha agua y descansa.
—No puedo quedarme en cama todo el día —protestó Rosario—. El equipo me necesita.
—Podemos cubrirte un par de días —dijo Steven, que estaba detrás de mí—. Seguirás las órdenes del doctor.
Rosario suspiró.
—Sí, señor.
—Pasaré mañana por la mañana a ver cómo estás —dije—. Tienes mi número. Llámame cuando sea si los síntomas empeoran.
Rosario me dedicó una amplia sonrisa.
—Gracias, doctor.
Salí de la habitación de Rosario y entré en la sala de estar, que tenía amplias vistas a la playa sur y la pista de aterrizaje. Mientras le daba vueltas a los síntomas de Rosario, me quité la pantalla facial y tiré la mascarilla y los guantes a la papelera.
—¿Qué le pasa, doctor? —preguntó Steven mientras cerraba la puerta de la habitación de Rosario y se acercaba a mí.
—Sus síntomas son inespecíficos —deslicé los viales con el nombre de Rosario en la rejilla de aluminio de mi nevera de transporte biológico—.
A estas alturas, podría ser cualquier cosa.
Lo más probable es que sea algún virus tropical y que se le pase pronto.
Pero por si acaso, le he tomado muestras de sangre, saliva y orina.
—No tenemos laboratorio en la isla —señaló Steven.
—No hay problema —dije—. Voy a enviarlas a Estados Unidos en el avión que trae a nuestros invitados esta noche. Con un poco de suerte, tendremos los resultados pronto y podremos descartar cualquier cosa grave.
—Rosario es un tío duro —dijo Steven—. Para entonces ya estará bien.
—Seguramente tengas razón —dije—, pero me gusta ser minucioso.
—Por eso tienes tan buena fama entre los chicos —Steven se permitió una rara sonrisa antes de ponerse serio—. No me gusta ir con uno menos.
—A mí tampoco —dije—. Pero quiero mantener a Rosario aislado hasta que tengamos los resultados.
Quiero que uses guantes y mascarilla cuando entres a verlo.
Solo tú y yo podemos entrar en su habitación.
Prefiero pecar de precavido, por si resulta ser algo contagioso. ¿Alguien más ha presentado síntomas?
—La verdad es que no —dijo Steven—. Jackson se quejó de dolor de cabeza ayer y todos hemos estado sudando a mares, pero seguramente sea por el calor que hace aquí.
—Probablemente —asentí—. Pero quiero tomar muestras de sangre a todo el equipo. Ya que no tenemos laboratorio aquí, aprovecho para analizar a todos los de la isla y envío las muestras junto con las de Rosario.
Era excesivo, pero qué demonios.
—Menudo proyecto —dijo Steven.
—Y que lo digas, si queremos acabar antes de que aterrice el avión —dije—. Llama a los chicos.
Luego volvería a la casa principal a tomar muestras de todos. Incluiría las mías también y las enviaría directamente a Marisol. Como era la directora del laboratorio de su universidad, podría agilizar los resultados.
Sí, quizá era pasarse, pero más vale prevenir que curar. Con el plan claro, preparé mi kit de extracción de sangre y me puse manos a la obra.
***
Blue
Pasé el resto de la tarde asegurándome de que el sótano quedara a salvo del sol.
El lujoso semisótano de nuestra casa en la isla incluía una bodega, una sala de juegos y dormitorios y baños adicionales.
Con las persianas anticiclónicas cerradas y las gruesas cortinas echadas, ofrecía protección total contra la luz solar y un alojamiento perfecto para Emme y sus hijos.
La asistenta, Irma, tenía la semana siguiente libre, así que después de hacer las camas y preparar las habitaciones, cogió el ferry a tierra firme junto con el jardinero.
Jeffrey, Charles y yo terminamos los preparativos llenando la cocineta de abajo con comida y bebidas para Emme y los niños, y también el minibar de la suite de arriba destinada a Lexi y Lulu.
Apollo volvió un momento para contarme lo de Rosario y para tomarnos muestras de sangre a mí y a los demás de la casa principal. Todos nos sentíamos bien, pero Apollo insistió. Luego se marchó otra vez a ver a Rosario.
Había sido un torbellino de actividad frenética, y cuando por fin terminamos, era tarde. Mandé a Jeffrey y Charles a acostarse a la villa del personal, que estaba cerca, y subí. No tenía intención de quedarme dormida, pero lo hice, aunque solo una o dos horas.
Cuando me desperté, bostecé, me estiré en la cama y miré el reloj con los ojos entornados. Era pasada la medianoche. Nuestros invitados llegarían pronto.
Me levanté, me puse unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, y fui hasta la biblioteca. Apollo no estaba. Seguramente había ido a la pista a esperar el avión.
Salí a la terraza de la piscina e inspiré hondo, llenándome del aroma de la hierba limón y el jazmín que perfumaban la noche. El calor del día, retenido en los adoquines, me calentaba las plantas de los pies mientras paseaba junto a las ruinas iluminadas y bajaba hacia la playa.
Al final del sendero, los dedos de los pies se me hundieron en un suave lecho de arena. Una brisa ligera rizaba el mar, empujando pequeñas olas coronadas de espuma que lamían la orilla.
El aire húmedo me cubrió los labios con la sal del océano, un beso de la propia isla. Las estrellas en lo alto brillaban con tanta intensidad que sentí que podía alargar el brazo, arrancarlas del cielo y guardarlas como luciérnagas en un tarro de cristal.
Un chapoteo captó mi atención. Entrecerré los ojos escudriñando la oscuridad y los fijé en el oleaje plácido. Vislumbré algo liso y blanco moviéndose en el agua. Ayer había visto un grupo de delfines jugueteando en la cala. Sonriendo, crucé la playa a toda prisa. ¿Habían vuelto los delfines?
Me adentré en el agua poco profunda y me detuve en seco. Una forma escurridiza surcaba el mar, nadando hacia la orilla. No era un delfín. Ni un pez. La luz de las estrellas iluminó una mancha de rojo que flotaba en el agua. Y entonces, del mar emergió... ¿una hermosa sirena?
—Ah, hola —dijo, ajustándose el top con bordes ondulados.
Lo único que pude hacer fue quedarme mirándola boquiabierta.
Una melena de largo cabello rojo se apartaba de su rostro y caía lacia sobre sus hombros, con las puntas flotando como un abanico en el agua. Las pecas salpicaban su piel clara, y un par de enormes ojos grises, expresivos, hacían eco de la sonrisa que se ensanchaba en su rostro.
—Debes de ser Blue —dijo la sirena con voz suave y encantadora, echándose el cabello cobrizo sobre el hombro y escurriéndolo—. Soy Emme.
¿Emme?
¡Claro! Debí de perderme la llegada del avión mientras echaba la siesta.
Lo primero que salió de mi boca fue:
—¿Cómo sabes quién soy?
—Tienes que ser Blue —se enrolló un mechón de pelo en el dedo y luego señaló mi cabeza—. Es imposible que seas otra persona.
—Ah, claro, perdona —solté una risita avergonzada—. Sí, soy Blue. ¿Cuándo llegaste?
—Hace una hora más o menos —se quedó flotando en el agua, moviendo los brazos en amplios arcos que dibujaban semicírculos en el oleaje—.
Fue un viaje largo. En cuanto aterrizamos, acosté a los niños y dejé a Lexi vigilándolos mientras salía disparada hacia el mar.
Quería saciarme del océano antes de que saliera el sol.
La noche es mi momento, ¿sabes lo que quiero decir?
—Apollo mencionó algo de eso.
—Me dijo que preparaste el sótano para nosotros —dijo—. Gracias.
—De nada.
Se incorporó del agua, dejando ver unas piernas largas y un cuerpo atlético que el bañador rojo realzaba. Empapada, su piel clara relucía bajo las estrellas. Era incluso más pálida que yo, y eso ya era decir mucho.
Recogió una toalla de la arena y se acercó a mi lado, secándose sobre la marcha.
—Así que... —me observó de cerca—. Tú eras la chica de Leo.
Luché contra el viejo dolor que me oprimía el pecho.
—Érase una vez.
—Siento tu pérdida —me estudió con su mirada gris hechizante—. Nunca conocí a Leo, pero sus hermanos lo adoraban. Era una persona muy especial.
—Lo era —murmuré, sintiéndome un poco cohibida y desconcertada por su franqueza.
—Apollo lleva tiempo buscándote —se secó el pelo con la toalla, salpicando gotitas por todas partes, perlas frescas que besaron y refrescaron mi piel—. Me alegro de que te encontrara. Todos estos meses has sido todo un misterio para nosotros.
—No soy exactamente lo que esperabais, ¿eh? —con el rostro encendido, me encogí de hombros—. He dado una impresión terrible.
—Venga ya —se echó la toalla sobre el hombro—. Me han contado que lo pasaste fatal estos dos últimos años, y no tuviste ni un respiro antes de conocer a la Manada Alfa. Los chicos son un grupo impresionante de cerebros y músculos, pero a veces pueden ser unos despistados.
Era mucho que asimilar, pero lo dijo con tanta honestidad, amabilidad y un toque de humor brillando en esos ojos grises, que no pude evitar sonreír.
—Supongo que ahora me estoy tomando ese respiro.
—Creo que tu verdadero respiro llegó cuando Apollo se enamoró de ti —me dejó pasmada su manera de abordar los temas difíciles sin rodeos—. Jax dice que está loco por ti. Apollo es una joya. No existe mejor persona en este planeta.
Miré a aquella mujer, que lo soltaba todo sin filtros, con la boca entreabierta.
—¿Siempre eres tan directa?
—Perdona —sonrió aún más—. Aquí funcionamos así, con franqueza. Ya te acostumbrarás. Puede que hasta te guste.