Capítulo Veinte #3
—Oh, lo siento —me encogí de hombros mirando al estirado de Charles—. Supongo que puedes sacar a la chica de Nebraska, pero no puedes sacar Nebraska de la chica.
Charles mantuvo su actitud pétrea, pero la sonrisa de Jeffrey se ensanchó aún más.
—Si le gustan los petit fours, los tendrá cuando quiera —prometió—. Ahora, si me disculpan, bajaré a preparar la cena.
Me despedí de Jeffrey con la mano mientras se iba. Apollo le dedicó una sonrisa y luego fulminó a Charles con una mirada que hizo retorcerse al mayordomo.
—El chef es un hombre inteligente —comentó Apollo con naturalidad—. Ese es el tipo de servicio por el que pago.
Charles se puso colorado, pero se recuperó enseguida.
—Sus vestidores están por aquí.
—Ooh, ¿has oído eso?
Seguí a Charles, pero me volví para sonreír a Apollo por encima del hombro.
—Tenemos vestidores.
—Toma ya, ¡qué finolis! —se rio.
Charles nos condujo al vestidor, también enorme, y abrió las puertas de cristal para mostrarme varias prendas colgadas y dos pilas de ropa doblada en los estantes.
—Tal como se pidió —dijo—, hemos equipado su vestidor con todo lo necesario.
—Necesario, ya lo creo.
Silbé mientras rebuscaba entre una colección de bañadores, ropa tropical, accesorios, maquillaje y productos de aseo nuevos que incluían varias cajas de tinte en diferentes tonos de azul.
Sonreí a Apollo. Él me devolvió la sonrisa. Estaba casi segura de que aquello era cosa suya, y me encantaba que le gustara mi pelo. Porque estaba dispuesta a hacer cambios importantes en mi vida, pero mi pelo azul iba a quedarse para siempre.
Me recorrió un escalofrío de emoción al ver los maillots y dos pares de zapatillas de ballet en los estantes. Un par de puntas de satén nuevas descansaba junto a otro par igualmente nuevo de zapatillas de lona.
Cogí una de las zapatillas y pasé los dedos por las suelas de cuero, limpias e intactas. Eran la metáfora perfecta de mi nueva vida.
Pensaba estrenarlas cuanto antes.
—La cena se servirá a las ocho —anunció Charles—. ¿Será todo?
Apollo abrió la boca, pero le supliqué:
—Por favor, déjame decirlo a mí. Por favooooor.
Apollo inclinó la cabeza entre risas.
—Adelante, pues.
—Gracias, Charles —dije con mi falso acento inglés, e hice una reverencia exagerada—. Eso será todo.
***
Blue
Después de terminar el calentamiento, doblé las rodillas y profundicé el plié para estirar los muslos y obligar a mis músculos y articulaciones a ceder. Al ritmo de la música que sonaba en mis auriculares, levanté la pierna hacia delante, estiré las puntas y apoyé el tobillo en la barra.
Puede que estuviera algo oxidada, pero las zapatillas de lona se amoldaban a la fuerza de mi pie bueno y mis músculos recordaban la vieja rutina. Levanté la mano por encima de la cabeza, me doblé por la cintura y me incliné sobre la pierna, con la cara a escasos centímetros de la rodilla.
Era muy consciente del lujo que suponía un entrenamiento largo y extenuante. Hacía un año entero que no podía dedicarme a mi oficio. Los músculos me dolían en todos los sitios adecuados. Las endorfinas me inundaron el cuerpo, una oleada de bienestar que me llenó el pecho de aire fresco.
Cuando me incorporé, el espejo reflejó los ojos brillantes de una mujer que empezaba a sanar.
No existía ninguna poción mágica para mí, pero las últimas dos semanas me habían regalado un respiro muy necesario, una bendición que estaba aprendiendo a aceptar.
Apollo y yo habíamos caído en una rutina encantadora. Nos despertábamos juntos en nuestra lujosa suite de playa, tomábamos café en la terraza y luego salíamos a caminar y a darnos un baño.
A media mañana, cuando el sol empezaba a apretar, Apollo solía instalarse en la biblioteca para reunirse con sus hermanos y atender a sus pacientes por telemedicina.
Estaba muy ocupado.
Como director médico de Battle Brothers, también supervisaba la salud de todos los operativos de BB: revisaba los exámenes médicos obligatorios previos y posteriores a las misiones y autorizaba la participación individual en cada operación.
Como en Denver iban tres horas por detrás de la isla, el horario le venía de perlas.
Todos los días, mientras Apollo trabajaba, yo hablaba con Robby. Seguía feliz en su nuevo hogar y siempre estaba deseando pasar a la siguiente actividad divertida. La hermana era un rollo ahora que tenía sitios adonde ir y gente que ver. Cada vez que pensaba en él, sonreía.
Después de mi dosis diaria de Robby, me tumbaba junto a la piscina o en la playa con la tableta. Leía, escuchaba música, veía películas, me relajaba... cosas que no había podido hacer en años.
¿Lo mejor de todo? Después de vivir aterrorizada durante doce meses seguidos, ya no tenía miedo.
Steven y su equipo patrullaban los muros, la costa y los jardines. A menudo, los chicos se quedaban un rato si me apetecía charlar y tener compañía. Eran un grupo muy majo. Ya conocía todos sus nombres: Rosario, Jackson, Ho, Lewis, Kowalski y Patel.
¿Sinceramente? Había empezado a considerarlos mis chicos.
Adoraba a mis chicos.
Rodeada de lujo, nunca me faltaba una bebida al alcance de la mano.
El divertido y vivaz Jeffrey me mimaba sin cesar, satisfaciendo mi recién descubierto apetito por los petit fours, las frutas tropicales y la cocina caribeña.
El formal Charles era incapaz de dejar de lado su esnobismo, o no quería hacerlo, pero le reconocía el mérito de asegurarse de que tuviera todo lo que quería o necesitaba.